Timorata y maldita
>> 24 jun 2010
Hoy he visto a la mujer que podría haber roto el hechizo.
Y he mirado para abajo.
Hoy he visto a la mujer que podría haber roto el hechizo.
Y he mirado para abajo.
Soy dos.
Como muchas, llevo una doble vida epistolar. En el blog, en facebook y en twitter uso una dirección de correo que publicito sin tapujos. Y para mi penosa vida personal uso otra que solo conocen mis amigos. Ups, ¿he dicho 'penosa'? Vaya, estoy integrando la publicidad.
A mi dirección lerenda me llegan las habituales notificaciones de mis redes sociales. Extrañamente, apenas aterriza por allí ningún correo basura guarrón, a pesar de los temas que trato aquí. Casi parecería que gmail filtra bien. Pero si es así, por todos los diablos, ¿por qué en mi dirección personalísima se me cuelan a diario ofertas para alargarme el pene que no tengo?
Son promesas tentadoras las que hacen, lo reconozco. A veces lo son tanto que he salido corriendo a desnudarme frente al espejo a ver si me encuentro un miembro xy en alguna carnosa esquina, para alargármelo varias pulgadas a un precio irrisorio. Pero, ay, enseguida viene la decepción, el desconcierto y el enfado. No tengo pito. ¿Por qué no me ofrecen entonces un alargamiento de clítoris? No es que recuerde demasiado bien para qué sirve el que tengo, pero sé que existe y resiste ahí, olvidado y anhelante, esperando algún tipo de tratamiento. Él es el consumidor, maldita sea. Contestadme, empresas publicitarias, ¿qué mierda de spam maldirigido estoy recibiendo en mi correo privado, eh? ¿A qué pobre hombre envidioso del clítoris le estáis enviando mis ofertas de "ensanche/alargue/duplique/extreme su botón del amor"?
Creativos, agencias, es cruel e inhumano lo que hacéis.
Y mientras, mi buzón lerendo acogiendo avisos discretos, tan neutros y corteses que hasta las más fachas ancianitas los encontrarían encantadores.
Y mi clítoris sin alargar. Penoso.
- Leren, a ti lo que te pasa es que piensas demasiado, hablas demasiado, escribes demasiado...
- Es que follo poco.
- No follas nada.
- Pues eso, tengo todo libre.
- ¿Que te cabe tó?
- Si, eso, que me cabe y me sobra. Pero yo lo decía más lírico, cabrona.
Hace años amé.
Enamorarse en la adolescencia es peligroso. Dos adolescentes lesbianas que se enamoran lo hacen con una intensidad tal que arrasa con su cordura. La pasión se rebela, asume riesgos, desafía prohibiciones. Pero, ¿y qué importa eso cuando se tiene el mundo?
- ¿Sí?
Odio torcer esquinas y encajar puñaladas.
La calle es estrecha y no hay vuelta atrás. No voy a poder evitar que nos crucemos.
Aún no me has visto. ¿Por qué no lo paseas en un carrito? ¿O en una de esas mochilas que los cobijan junto a pecho o espalda? No quiero verlo, no quiero, pero lo llevas amorosa en brazos, tu verdad desnuda y abrigada. Caminas con cuidado y gracia, con ese andar de bailarina que es ahora el de una mujer hecha, plena, y que aun desde tus nuevas caderas se desliza como si el aire, de entre todas, te acariciara solo a ti. Admiro cada uno de tus pasos. Vuelvo a tener dieciocho y a quedar subyugada.
No me ves, no ves nada. Tu pequeña carga es tu mundo, y lo miras con tan intenso amor que quisiera arrebatártelo y aniquilarlo, negar que existe, que esto ha pasado. Pero echo a correr, asustada de tanto dolor y odio. Y es mi carrera la que hace que levantes la vista y me encuentres y tus ojos me devuelvan horror y vergüenza. Separas los labios y sé que tu boca dirá sin aire mi nombre, pero no me vuelvo, porque no me vas a llamar para que me detenga. Solo vas a abrazar con más fuerza a tu cría y a componer, ya en posesión de ti, una mirada entre reto y disculpa.
Así que corro y corro hasta llegar a casa, coger la escalera, subir al altillo y encontrar la bolsa de mi esperanza muerta. Subo a la azotea y espero que se haga de noche con la compañía de una botella helada de vodka caramelizado, nata y canela. Poco a poco, el dolor se va haciendo más suave y lloro sin quejidos.
Espero a las doce. No es el solsticio de verano, no es nada, pero necesito el rito y con las lejanas campanadas de la vetusta catedral de Remoria voy sacando papeles de la bolsa y echándolos al cubo de cinc que me garantiza una hoguera controlada. Arden primero los minúsculos patucos blancos y tras ellos ya puedo lanzar al fuego el libro de familia que nos regalaron las amigas en nuestro séptimo aniversario. Sigo con el informe de idoneidad que firmé en solitario, porque tú dudabas; la solicitud de adopción internacional, también solitaria; la copia de la escritura, que nos hizo sentir muy mayores, muy unidas, muy familia; y por fin el contrato de nuestro primer alquiler, el de aquel húmedo zulo que nos encandiló. Llego ahora a las cartas que nos cruzamos durante aquella beca que nos separó unos meses, los únicos de nuestra década; vierto las muchas notas que conservé y que me dejabas en cualquier espacio de nuestra casa (cama, cajón, espejo, nevera...), avivando mi amor día a día con tu siempre lírica elección de palabras. Y así quemo hasta el primer libro que me regalaste y que restauraba cada tanto con papel celo, porque no había encuadernador que pudiera mantener unidas las páginas de esos poemas que me sé de memoria, y la de tu dedicatoria, que creí amante mandamiento. En la estela de las promesas, sigo con tus cartas adolescentes. Ya en la primera me juraste amor sempiterno (¿recuerdas cuando aprendimos aquella palabra juntas?). Te afirmabas con una letra que estaba por hacer, como nosotras.
Ni lo considerábamos. Ser dos era embriagador. No cabía nadie más. Éramos la única pareja lesbiana sin siquiera un gato de entre nuestras amigas, que nos miraban con una sonrisa maternal y decían que jamás dos mujeres se habían amado tanto. Nosotras nos sentíamos únicas, tocadas por un amor que no le era dado más que a las elegidas.
Una noche de primavera soñé con un bebé. Era perfecto, con una suave pelusilla oscura en su cabecita y unos limpísimos ojos azules, ni tuyos ni míos. Te conté mi sueño, algo turbada. Se te han agitado las hormonas, Leren, me dijiste sonriendo. Pero pasaban los días y no dejaba de verlo. Volví a soñar con él varias noches. Sus ojos cada vez eran más brillantes. Tengamos un niño, te decía. Me bastas tú, contestabas.
A escondidas fui reuniendo ropitas, normativas, informes y solicitudes. Tú leías Bella del Señor y mirabas condescendiente a nuestras amigas con niños. Yo callaba y ya no me sentía tan especial. Tenía unos ojos azules clavados. Me voy, te dije. No me dejes, contestaste.
Me fui.
Jamás amaré a otra, me solías repetir. Creo que has cumplido. Debe de ser a un otro a quien quieres ahora. Pero no lo amas, ¿verdad? Porque veo tu pasión por ese bebé y ya sé que hay alguien a quien amas más de lo que hayas amado o amarás nunca. Alguien que ha salido de tu útero. Tu útero que no fue mío, tu útero que me cerraste.
Maldigo el tiempo y maldigo el amor. Bien, ya pasó: mi mayor miedo se ha cumplido. Llevaba años esperando tropezarme contigo empujando un carrito. Pero tú, siempre especial, me has concedido una escena aún más dolorosa: tus brazos acunando a un bebé de ojos aguamarina.
Ex mujer, nueva madre, me faltas y me sobras.
Tomo el cubo de zinc, lleno ya de cenizas, y aprieto mis yemas contra el metal ardiente. Aguanto hasta que el dolor me traspasa. Olvido tu útero fecundo, mi vida yerma, y solo soy dedos muertos, dolor presente. Bajo a casa mareada y consigo abrir -en un suplicio que me lancina y bendigo- otra botella de vodka. Paso de nata y canela.
En mi ventana abierta se posa una paloma blanca, inmaculada. Intento echarla agitando mis brazos, pero se vuelve hacia el interior y me mira con sus ojillos negros. Me aterra el símbolo que no entiendo y que se aferra tenaz al alféizar, ajeno a mis grotescos intentos de espantarlo. Caminando de espaldas, llego a la cocina, cojo la fregona y vuelvo al salón. La paloma me mira, extiende las alas y, sin prisa, se echa a volar.
Estoy sola.
Hola, Leren, útero seco y tricorne.
Adiós, adiós, mamá.
PS: Podías haber tenido el detalle de no pasearte por mi barrio con tu rorro envuelto en una toquilla arcoiris. Pero qué digo, tú nunca caíste en esas minucias.
Antes de enamorarme por primera vez ya había oído aquello de que el primer amor es para siempre.
Para siempre.
Qué poco me importaron aquellas palabras entonces. Como cualquier niña buena de finales de los sesenta, me limitaba a respirar sin llamar la atención y a escuchar lo justo para cumplir órdenes diligentemente. Aquella máxima, en aquel momento, no parecía ni orden ni importante. Pero se grabó y se cumplió. Vaya que sí.
Aún no he encontrado el delete.
Era muy joven cuando me enamoré por primera vez. No comprendo cómo pudo pasar, no entonces, no allí. Acudía cada mañana a las ocho, charlando alegre con mis compañeras a lo largo del camino. Al llegar, bajábamos del autobús en silencio mientras los perros nos ladraban furiosos. Ahora no entiendo para qué los tenían allí, atados. De pequeña no me hacía preguntas. Me limitaba, como todas, a pasar lo más lejos posible de las fieras. Año tras año, nos seguían gruñendo; año tras año, nos seguían dando pavor. Como ellas.
Cuando la verja chirriaba sobre sus goznes ya habíamos entrado en el estado hipnótico requerido para sobrevivir. La vida quedaba fuera. A la entrada, ningún lema advertía sobre el interior, pero habrían podido tomar prestados el eickeano “El trabajo os hará libres” o quizás mejor el dantesco “¡Oh vosotros, los que entráis, abandonad toda esperanza!”.
Y sin embargo, allí, en el infierno, conocí por primera vez el amor.
He confesado en este lugar debilidades que me avergüenzan y he pagado un precio terrible por ello. Aún estoy respondiendo correos de lectoras que me afean mi debilidad por los bomberos, acusándome de ser una falsa lesbiana. ¿Qué decir? A veces yo misma me acuso. Otras me exculpo, acogiéndome al socorrido “quién esté libre de pecado, que tire la primera piedra” y, alabado sea el señor, no me ha llegado ninguna. Será el antispam.
Pero ya divago. Quizás es que no quiero recordar. Quizás busco el exorcismo y lo temo. Pero no he de callar. Confesaré y que salga el sol por do quiera.
Yo, la casta Leren, me enamoré en mi colegio de franquistas monjas. Adoraba su cabello rubio, sus rodillas sin postillas, el donaire con que llevaba su babi inmaculado. Cada día, sin falta, corría hacia mí para compartir su bocadillo de nocilla y yo colocaba mis labios donde...
Donde él los había colocado.
Se llamaba Pablo. Teníamos cuatro años y me enamoré locamente. De un niño, sí.
Fueron ellas, las monjas, las culpables, creando la tentación, permitiendo que la guardería del colegio fuera mixta. Pero al cumplir los seis, ay, llegó la enseñanza segregada y con ella nuestra separación. Qué desgarro y qué hambre sentí tras su partida. No sabía si me dolía más el corazón o el estómago. Mis ojos lloraban, mi boca gemía, mis tripas rugían, pero tanto desconsuelo en una inocente infanta no halló eco. Los perros y las monjas siguieron gruñendo, la verja chirriando, mas yo nunca volví a ver a Pablo.
Tampoco he vuelto a comer nocilla. Demasiado pesar.
Pasaron los años. Completé mi educación rodeada de alumnas y monjas. Mujeres, mujeres, mujeres. La naturaleza, en fin, siguió su curso. Comenzaron a gustarme las de mi propio sexo. Qué caramba, comenzaron y terminaron gustándome mucho, muchísimo. Incluso amé a alguna y alguna me amó. Pero no he olvidado a Pablo.
A pesar del tiempo, Pablito, aún te recuerdo. A veces pensé en contratar a un detective pero no tenía un duro, ni valor. Ahora, en la era internete, he fantaseado con encontrarte un día en facebook, pero no sé cómo. Ninguno de los pablos que veo en la página de fans de nuestro ex colegio tiene tus cabellos angelicales (de hecho, todos están calvos) y ninguno muestra las rodillas en sus fotos de perfil ni su afición por la nocilla entre sus membresías de grupo. Ya he abandonado la esperanza de que tú hayas atesorado mi recuerdo como yo el tuyo. Sí, mejor así, por siempre olvidada. Me da miedo entrar en FB algún día y encontrarme en mi muro que un tal Pablo (ideología política: derechas, creencias religiosas: ogrus dei, casado con: Piluca) solicita mi amistad con este mensaje privado: “¿Tú eres la Leren que en su hambruna atacaba mi bocadillo cada recreo?”.
Porque lo cierto, Pablo, es que tú tenías vocación de médico sin fronteras y por ello me alimentabas a diario, me curabas mis marimachas postillas, besabas mi frente calenturienta... pero no me amabas. Nunca me amaste, Pablo, imbécil, primer amor mío de los cojones. Y heme aquí con lo de los bomberos y con lo tuyo, sin saber si soy una lesbiana congénita, o solo otro producto sáfico made in monjas. Si alguna vez tuve o tendré una pizca de libre albedrío.
Pablo, delete, delete, delete.
Porque si te consigo borrar a ti, Pablo, algo me dice que aquella orden que creí máxima se borrará al fin, y tras de ti irán otros nombres.
De mujer, Pablo. Borraré ya solo nombres de mujer.
Uno, otro, otro.
Delete, delete, delete.
Es aún noche cerrada. Me ha despertado el terror.
- Buenos días.
- ¿Lerendi Mendi?
- Sí, soy yo.
Como si no me conociera ya. Vengo todas las semanas desde hace cinco meses.
- ¿Su cita es a las 11.40?
- Sí.
Me pregunto a qué vendrán hoy estas preguntas ociosas. Las últimas veces me tenía la baja preparada y la cuestión estaba lista con un par de buenos días y hasta el jueves.
- ¿Cómo se encuentra, Lerendi?
¿Más mareo de perdiz? Hacía mucho que no me preguntaba. Pero, en fin, si hoy toca interpretar, vamos a ello.
- Fatal, ya sabe. No se me van los ahogos y hay veces en que apenas puedo respirar. Temo asfixiarme. Por la noche, tengo que dormir con siete almohadas porque me aterra que se me hundan los pulmones y no despertarme más.
- ¿Sigue con las pesadillas?
- Sí, con todas. Y van a peor. Me despierto llorando y dando gritos. Los vecinos me han denunciado porque no les dejo dormir. No tienen caridad, con lo que estoy pasando...
- Ajá. ¿Y las náuseas?
- Tremendas. Es ver comida y ponerme a vomitar. No soporto oler ningún alimento. Pero me obligo a tomar algún bocadito para seguir viva, aunque mi existencia, ya sabe usted, Dra. Nofemia, es un infierno.
- ¿Bocadito? ¿Qué tipo de bocadito?
- Pshá, zanahorias cocidas, esparraguitos a la plancha, pepinillos en vinagre...
- Qué curioso.
No me gusta el tono con que lo dice.
- ¿Curioso por qué?
- Porque su IMC ha pasado del 27 al 31%, su colesterol se ha plantado en 825 y los triglicéridos se han aupado –disculpe la elección de palabras, pero no hay tecnicismo que describa la progresión de sus niveles- a 640. Estoy pensando en presentar su caso en el próximo Congreso Orgiástico de Médicos de Atención Primaria. Pepinillos, dice... Un caso único, sí.
- Es que estoy muy enferma...
- Ya.
- Me pesan las piernas, me duelen las articulaciones, me zumban los oídos, se me nubla la vista...
- Pero puede conducir.
Se me ha helado la sangre en las venas.
- Hace meses que no conduzco.
- Claro, todos los que ha estado de baja.
- Es que no puedo conducir...
- Eso no es lo que piensa el inspector médico, Lerendi.
- ¿Quién?
- El inspector. Ya sabe, cuando alguien tiene una baja laboral de larga duración, se revisa su caso cada cierto tiempo.
No quiero pensar a dónde lleva esto. ¿Por qué no me da la baja de una puñetera vez y me deja marchar ya?
- Pero yo tengo una terrible depresión. ¡No puedo coger el taxi!
- Lerendi, no cabe duda de que usted no se encuentra del todo bien, al menos en el plano afectivosexual. Y tampoco a nivel de estética, si me permite decírselo, como responsable que soy de su salud.
En mi interior, me cagüen toda su parentela. A mí no me gusta su gramática y sin embargo me callo como una muda.
- ¿Me da la baja? Es que me estoy mareando...
- Lo siento, Leren, no puedo. Tiene que pasar por un tribunal médico. Ya han fijado la fecha.
La boca se me seca. Mi lengua raspa.
- ¿Por qué?
- Bueno, no es decisión mía. Yo le he estado dando la baja por un trastorno ansioso-depresivo, pero el inspector no se muestra muy empático.
- ¿Y eso?
- Para empezar, ha habido una denuncia. Alguien la vio en el Burri King hace unos días y según consta en su escrito “Esa tía comía como una mala bestia. Y además podía correr”. Esa denuncia es lo que ha llamado la atención del inspector sobre su caso.
- Me pregunto quién ha podido...
- No puedo darle ese dato. La persona que la ha denunciado ha solicitado permanecer anónima.
- Qué cobarde, qué mezquino, qué falsario, qué...
- No gaste saliva, Lerendi: yo no juzgo. Vamos a lo que hay. El inspector que supervisa su baja tiene acceso absoluto a su historial médico, donde consta todo sobre usted. Insisto, todo. Y resulta que el Dr. Maligni pertenece al Foro de Hijos de Adán y Eva, cuya visión de la familia, como sabrá, es algo tradicional.
- ¿Algo? Haztepís son fanáticos de izquierda a su lado. ¿Y mi baja está en manos de ese?
- Así es.
- Dios santo, ¿qué puedo hacer? ¿Cómo me preparo para pasar esa revisión?
- No sé si debería decirle esto, pero hay información en internet para burlar a un tribunal médico. No es que su caso no esté fundamentado, entiéndame.
- Ya, ya. Usted siempre ha sido una doctora muy rigurosa y toda una profesional.
Sin querer, se me van los ojos a su escote. No sé si se da cuenta del efecto que su bata abierta provoca en sus pacientes. Debe de ser su particular termómetro. A mí ya me ha notado la fiebre, seguro, pero no me pone en evidencia. Solo mantiene una suave sonrisa, que interrumpe para soltar unas palabras terribles.
- El Dr. Maligni no se cree que su depresión se deba a una castidad de larga duración.
- ¿Que no?
- Para nada. Cuando intentaba defender su caso, me interrumpió con una risa sarcástica, diciéndome “¿Una lesbiana casta? Dra. Nofemia, no me haga reír. Esa gentuza solo piensa en fornicar. No hay homosexual que no sea promiscuo. Son unos hijos de Satanás, de Sodoma y de Gomorra”.
- ¿Tres padres?
- Creo que era metafórico. Por cierto, no usó la palabra ‘lesbiana’, pero no quiero herir su dignidad.
- Vaya, tampoco usaría ‘fornicar’.
- No, esa sí que la usó. Y le noté una leve erección al decirla. Lerendi, por dios, le comento esto porque es usted una paciente de confianza y sé que no hablará de esta cuestión con nadie.
- Con nadie, ni una palabrita.
De nuevo, me alucina su inocencia. Menos mal que nunca le he dicho que escribo un blog como terapia.
- La revisión es este jueves a las 13.15, aquí, en la consulta 12 de la primera planta.
- ¿Cómo he de prepararme? ¿Traigo los análisis, las radiografías, mi diario de pesadillas...?
- Venga con las bragas limpias.
- ¿¿Perdón??
- El inspector ha dicho que si usted está deprimida por la castidad, que eso lo arregla él con un par de polvos de campeonato. Estoy citando sus palabras, perdóneme, pero quiero que sea usted consciente de su situación. Se lo ha tomado como una misión personal. Cree que si usted prueba un buen macho se le quitará toda la tontería y se hará una tía en condiciones, una ferviente prosélita. Ha citado a todos sus estudiantes de la facultad para que asistan a su conversión y ha programado la grabación del acto terapéutico para los alumnos online. No sé si los profilácticos los pone él, por cierto.
- Doctora.
- ¿Sí?
Con apenas un hilillo de voz y el alma en los pies, claudico.
- Doctora Nofemia, deme el alta. Ahora.
Me tiende el alta, que ya tenía preparada. Se levanta y se me acerca. Me planta un beso en la mejilla y me acompaña a la puerta, sin decir una palabra. Su mirada está cargada de compasión.
Con una última ojeada a su escote, devastada, salgo de allí.
He corrido a casa. He lanzado mi ropa de trabajo a una bolsa de basura y la he llevado a la tintorería. No puedo soportar la idea de lavarla y plancharla yo misma.
Chari, la tintorera, me recibe con una sonrisa.
- Hola, Leren, cuánto tiempo. ¿Qué me traes?
- Los avíos para el curro.
- ¿Ya estás de alta? Qué bien, chica.
- Me cago en tu puta madre.
Le arranco la ropa de las manos, escupo en el escaparate y me marcho de allí. Me dirijo al contenedor de aceites usados y me aseguro de hundir la bolsa hasta el fondo. Algo más serena, encamino mis penosos pasos hacia el Burri King. Si ya me han hecho el outing, no tengo nada más que perder. Con un menú que asciende a 26,50 euros, me siento en una apartada mesa. Ea, a celebrar. Va por ti, mi comprensiva y escotada Dra. Nofemia.
Mañana será otro día. Laborable.
Debe de llevar un rato mirándome.
Aunque Remoria es una ciudad pequeña, hace siete años que no nos cruzamos. Y quince que nos separamos. Ha habido otras muchas desde la ruptura, pero en mi vida solo hay una a la que he llamado mi mujer: ella.
Estaba ocupada en mis cosas cuando he notado algo. He levantado la mirada y allí está, hermosa como siempre, con esa belleza que casi me dolía mirar y que el tiempo ha decantado hasta una soberbia madurez. La adoraba entonces, y sigue fascinándome a través de los años. Y a través del cristal que me devuelve su imagen amada ahora.
Me ve verla y se inclina ligeramente hacia atrás. No hace nada, solo me mira con una expresión extraña. No sé qué hacer: me he quedado paralizada. No puedo moverme, no puedo llamarla. Nos separan apenas dos metros y un cristal, pero es un océano insalvable el que hay entre la mujer que aún tiene mi corazón y yo.
No podemos dejar de mirarnos.
Pasan los segundos y consigo levantarme a decirle, a explicarle, pero ya es tarde. A través del ventanal del Burri King veo cómo se aleja corriendo, mientras yo suelto a la desesperada la triple baconburguer con queso que tengo en la mano izquierda y el megahotdog con doble de cebolla que tengo en la derecha. En mi atolondrada carrera, desperdigo las patatas con salsa de alioli que se me han quedado en la pechera y derramo los restos de mi cerveza XXL con pajita. Tropiezo con un carrito de trillizos a la salida y una bruja veinteañera teñida de naranja me devuelve un empujón. Nada me importa, solo que si no la alcanzo ella se irá y no la veré en otros siete años.
Pero llego a la esquina y ha desaparecido. Ya se ha ido de mi vida otra vez ella, la mujer perfecta. Aquí se queda esta piltrafa anhelante, pillada y llena de manchas, que quiere llamar a gritos a la amada perdida y que solo puede jadear, agotada por el esfuerzo, el sobrepeso y la vergüenza, "es que me sentía vacía...".
La he visto y -Garzón me perdone- he olvidado qué hago aquí.
Estoy entre amigos, gente humana y comprometida que me cree presente, pero no. Mis pensamientos han girado en su órbita. Estoy, pero con ella.
Nos separan varios metros, pero puedo verla con cierto detalle. Sus anchos hombros, sus brazos fibrosos no niegan lo delicado de su belleza, la esbeltez de una figura que me ha atrapado a primera vista. Hay una combinación magnética de fuerza y gracilidad en ella. Camuflada entre la multitud, me permito abandonarme a una contemplación que se va deslizando por segundos hacia la fascinación. No puedo dejar de mirarla. Nada ni nadie más me importa.
Antes de que me prendiera, había estado observado a los que me rodean. A las, para ser exacta. Es imposible no advertir que la concentración de lesbianas va mucho más allá de lo estadísticamente neutro. Reivindicamos aquí la memoria de las víctimas del franquismo, pedimos reparación y justicia. Al fin. Hay algo muy humano, muy conmovedor en esto. Es decente.
Pasan los minutos. Como una más, escucho, aplaudo, coreo. Y entonces se me cuela un sentimiento mixto: siento envidia de estas víctimas. Tienen nombre, personas vivas que los reivindican, que exigen, que los recuerdan y homenajean. Reconocimiento. Y aquí estamos tantas mujeres lesbianas, las que entregamos el corazón y la piel a otra causa humana más -otra causa nuestra más-, y que seguimos por siempre anónimas e invisibles, una legión de solidarias obreras, la sal de la tierra, la entrega callada y resignada. Por cada onza recibida, fanegas entregadas.
Nunca es suficiente.
Me pregunto si alguna vez nos llegará el turno. No es que quiera la categoría de víctima (¿alguien la quiere, de verdad?), sino el reconocimiento de tanto sufrimiento, tanto injusticia, tanto olvido. No hemos estado en campos de concentración, no se ha rapado nuestro pelo, no se nos ha violado, no se nos ha despreciado, ignorado, dominado, negado. Nada, nunca nos ha pasado nada. Nada nos sigue pasando. Somos para todos y, sin embargo, no somos de nadie.
Esto me digo, pensando si algún día futuro alguien nos dará voz, aprecio, reconocimiento: un lugar entre la gente. Si nuestra historia dejará de ser, también, un crimen sostenido de lesa humanidad.
Y ese sueño, esa esperanza, me llena de repente el pecho de calidez, en una inesperada comunión con las víctimas que aquí recordamos, con sus deudos, con nosotras, con la humanidad. Me ha dado un ataque de sororidad y fraternidad, me digo irónica, porque el sueño no dura. Muertas, enterradas, olvidadas. Quién habla de ellas. Quién hablará de nosotras cuando hayamos muerto.
Qué eslabón soy. De qué cadena.
Poco a poco, salgo de mí. Como la buena lesbiana que soy, me entrego de nuevo a mi misión de hoy aquí. Estas también son mis víctimas. Este es mi sitio. Me diluyo y abniego.
Pero la veo y me olvido. Se me impone el presente, la vida, el deseo. Porque no quiero más que mirarla. Con todos mis sentidos, sentirla.
No está sola, pero me da igual. Nos hemos encontrado hoy, en medio de esta energía que nos une y desborda, que nos acerca y eleva. Me seduce su gesto contenido y me pregunto qué emoción es la que está dominando. Quizás, como yo, es nieta de exiliados, o puede que de fusilados o de represaliados. No importa: ahora, aquí, todos somos hermanos, uno.
No lo pienso más. Me alejo de mis amigos y echo a andar hacia ella. Cuando quedan unos pasos me ve y me mira intrigada. Su gesto cambia. Sorpresa, alarma...
Repulsión.
- Vete a la mierda, roja machorra asquerosa.
Ni siquiera ha tenido que gritar para que sus palabras me atraviesen como una lanza. Nadie más la ha oído, porque ha esperado a que llegue a su altura y le tienda la octavilla que hemos hecho en la asociación y que nos ha quedado preciosa, con el lema contra la impunidad de los crímenes del franquismo resaltando en el fondo arcoiris.
Y entonces yo también veo: su ropa, su pulserita... tantas marcas ideológicas que he ignorado y que debían haberme señalado la que era, lo que hace hoy aquí.
Y me avergüenzo de mí misma y de mi mierda de gaydar.
No me despido de mis amigos. Me alejo de allí, dejando mis octavillas sobre la tapa de una sucia papelera.
- Abuela.
Silencio.
- ¡Abuela!
Nada, ni mu. Meneo la ouija (güija, para los cachondos de la RAE) y siento una brisa extraña que acaricia mi piel.
Me gusta este tablero. Está hecho a medida, adosado a una pequeña mesa que se ajusta perfectamente al espacio libre entre el váter y el lavabo. Para fabricarlo, Romualdo, el carpintero, vino a casa, me sentó en posición, midió, serró, lijó y ensambló. Es un tipo serio: tardó dos meses en hacer la entrega porque quería documentarse bien sobre los distintos tipos de tablas ouija y la materia prima adecuada para cada uso.
- Pero si lo voy a usar en el váter, Romualdo...
- Pero no es lo mismo si la habitación está orientada al norte que al sur, si lo vas a usar para convocar espíritus malignos o si va a ser para charlar con tu abuela Pura. Hay que hacer las cosas bien, no vayamos a tener un problemón kármico luego.
- Va a ser sobre todo para cotillear con mi abuela, Romu.
Y Romualdo se decidió por el pino carrasco. Sin tratar.
Ecce mulier, sentadita, a la espera. Sí, lo sé, el baño no es el mejor de los lugares para invocar a una venerable antepasada, pero las estreñidas tenemos que optimizar el tiempo, y aquí, entre estas cuatro estrechas paredes, con todo al alcance de mi mano, me siento segura, más conmigo misma que nunca. Hay algo verdaderamente espiritual en mi wc.
- ¡Abuela!
- ¿Queeeeeeé?
Odio esta manía que tiene de contestar alargando las vocales. Con el trabajito que cuesta menear el dedo y la copa para seguirla, ella se adorna con palabras extensas. La última vez le colgué cuando en vez de un simple 'sí' (le había preguntado si saldría de la castidad antes de mi muerte), ella me contestó con un 'afirmativo'.
- Abuela, hazme caso, esto es serio. Necesito saber por qué tenías unas bragas impermeables en el altillo.
- Me pillas fatal. Están echando ahora Amar en Tiempos Revueltos.
- Con que me digas Amar ya te entiendo, abuela.
Me contesta con un vientecillo helado que me congela las nalgas. Creo que no le ha gustado que le interrumpa el folletín.
- Abuela, ¿qué pasó? Puedes confiar en mí, no se lo contaré a nadie.
- Villanueva del Trabuco, 1920. El lechero llevaba muy mal su viudedad y yo era una buena vecina, samaritana, caritativa.
- Sáltate los adjetivos, abuela, que se me está esguinzando el dedo. Al grano.
- Leren, un respeto. No fue un grano, fueron ladillas. Tuve que ir a la casa de socorro a escondidas de tu abuelo. Allí me atendió un medicucho torpe y garrulo como él solo. Tenía dedos como longanizas, de gordos y negros que eran.
- No se llamaría por casualidad...
- Brocado, era el Dr. Brocado. Pero como era tan bestia, en el pueblo lo llamaban Dr. Abocados.
- Dios mío, no puede ser...
- Cuando se marchó a la capital, se cambió el nombre para evitar las burlas y se hizo llamar Dr. Broca. Como puso consulta de ginecólogo, te puedes imaginar el pitorreo.
- ¡Es su abuelo! ¡Es el abuelo de mi Dra. Broca! ¡Es una maldición familiar! ¡Nos persiguen!
- Cálmate, Leren. Esa saga aún ha de jugar un papel importante en nuestra vida.
- ¿A ti también te arrancaron los vellos púbicos a tiras, abueli?
- Sí.
Qué raro, esta vez no se extiende en la respuesta. La herida debió de ser terrible; las cicatrices no deben de haberse cerrado. Metafóricamente, claro, porque las muertas no tienen chichi.
De repente, advierto un silencio sobrenatural. Afuera ha callado el sonido del tráfico, la gente, el runrún de la vida urbana. Solo mis atormentadas tripas me confirman que no me he quedado sorda.
La voz de mi abuela -ouijada- me llega imponente desde el más allá.
- Leren, hoy vas a saber algo de ti que te ha estado atormentado durante años.
El dedo se me ha quedado rígido. No me atrevo a seguir. Hago acopio de valor y susurro:
- ¿Papi?
- Sí, Leren, hoy vas a conocer el misterio de tu nacimiento.
- Mamá nunca me lo quiso decir.
- Si es que no lo sabe ni ella. Salió a mí, ya ves, y claro, con tanta caridad, no está segura de si fue su marido, el Pencas; si fue quizás Beni el cabrero (lo que explicaría ese peculiar olor tuyo); Lucas, el guardia civil bajito (lo que explicaría tu mala leche); o quizás don Pancracio, el cura.
- ¡No, el cura no! ¡No quiero ser hija de cura!
- Leren, no temas. Todo está bien.
El rollito sereno de mi abuela me pone aún más desatada.
- Abuela, dímelo tú. ¡No me hagas sufrir más!
- Leren, la verdad está en tu interior. Busca en ti. Busca en ti.
Y se va, con un apagado y encendido del plafón que en morse equivale a 'abur'.
Las palabras de mi abuela me han dejado descompuesta, pero de una manera que no es la que necesito ahora. Resignada, alargo la mano hacia el armarito de aluminio y saco un micralax. He de prepararme para mi visita final a la Dra. Broca.
Entro en la consulta de la peligrosa ginecóloga dominando el estrés postraumático.
- Buenas tardes.
- Buenas tardes, señora Mendi.
- Vaya, otra vez pasamos al tratamiento. Dígame, Dra. Loca, uis, perdón, Broca. A saber en qué estaba yo pensando.
- No la culpo. Aquello fue un desagradable incidente. En mis dilatados años de...
- No me hable de dilatación, doctora, se lo ruego.
- Sí, disculpe. Esto... ¿cómo está su pubis? Quisiera echarle un vistazo, a ver cómo está evolucionando.
- Acérquese y la denuncio.
- Señora Mendi, por dios, no se me ponga así.
- Deme el informe y dejémonos de monsergas, Broca.
- Pues no sé cómo comunicarle nuestros hallazgos...
Su tono me deja fría. Los riñones se me hacen de hierro. El tiempo se detiene.
- ¿Qué ocurre? ¿Qué han encontrado?
- Algunas mujeres presentan malformaciones uterinas congénitas que...
- ¿Yoooo? ¿Malformada?
- Bueno, no se lo tome así. El caso es que existe una malformación congénita, más o menos habitual, y que suele pasar indetectada en muchos casos, denominada útero bicorne.
- ¿Bicorne, útero bicorne? ¿Eso es cachondeíto o qué? ¿Es que no se ha divertido usted ya bastante conmigo, Dra. Broca?
- Nada más lejos de mi intención, doña Lerendi, créame. Ese es su nombre. El útero bicorne es un útero con dos cuernos y forma de corazón.
- Ah, visto así, hasta suena mono...
- Así es, señora Lerendi- sonríe aliviada la inocente ginecóloga, que es igual de hábil pillando ironías que explorando vaginas ajenas.
- Ya, ¿y yo tengo eso?
Carraspea. Se pone tensa. Me pone tensa.
- No exactamente. Digamos que su caso se sale de lo común. De hecho, yo no había visto nada igual en mi vida.
Menos mal que esta vez no habla de dilatada experiencia.
- Suéltelo ya. ¿Qué tengo?
- Sra. Mendi, no sé cómo decírselo. Tiene usted un útero tricorne.
La revelación me deja sin palabras.
Cuarenta y pico años después, tengo padre.
Todo por el potorro.
Yo me acuso.
Escribo con vergüenza, esperando clicar "publicar entrada" y que la tierra se abra bajo mis pinreles. Pero no puedo ocultarlo más.
Me gustan los bomberos.
Llevo años callando, sintiéndome una lesbiana única, marcada por un destino horrible y solitario. Lo supe bien pronto, en mi primera adolescencia (emocionalmente, estoy en la segunda).
Mi casa era un palomar en la planta dieciséis de un edificio pasable en una barriada obrera de Remoria. La vecindad era variopinta, aunque perfectamente olvidable.
Salvo él.
Mi vida se reducía a sobrevivir las horas en casa, a ir al instituto, a mirar culpable a mis tentadoras compañeras de clase, a adorar con desasosegante anhelo a las profesoras jovencitas que no me juzgaban invisible bajo las camisas tres tallas más grandes y mi gesto arisco, a leer a escondidas poetas varones homosexuales (ellas llegarían aaaaños más tarde), a escribir enaltecida poemas patéticos -en fondo y forma- en papel galgo parchemin con tinta azul celeste y, en fin, a sacar al perro al parque durante horas para conseguir de vez en cuando una conversación inocente con alguna atractiva propietaria de can. Si a esto le añadimos las preceptivas misas los domingos, las odiosas tareas domésticas (comprar el pan, poner la mesa, limpiar el baño, cortarle las uñas de los pies a mi madre...) y las visitas ocasionales a pubs oscuros, acojinados y llenos de humo -que me hacían sentir adultísima-, tenemos gran parte del cuadro de mi excitante adolescencia.
[Los detalles íntimos íntimos íntimos solo están disponibles para la premium membership].
Esa era yo, hasta que coincidí con él.
El ascensor bajaba lento y ruidoso cuando, ññññiiiiiic, se detuvo en la planta 14. No me gustan los ascensores, pero mis pantorrillas no daban para bajar y subir dieciséis pisos cada día, así que lo toleraba, pero las paradas imprevistas me ponían nerviosa, y esta era imprevistísima. Jamás me había detenido antes en el 14. Por eso, cuando entró él, lo recibió una Leren aferrada a la barandilla del fondo, ovillada y temblona, que solo pudo responder con un jadeante susurro al alegre "¡Buenos días!" de la musculosa y viril masa humana que entró en la cabina.
Piso 13:
- ¿Estás bien?
Trago saliva.
Piso 12:
- Sí...
- ¿Seguro?
Piso 11:
- Es que no me gustan los ascensores.
- Anda, chiquilla, ¿qué te va a pasar aquí, conmigo?
Es zalamero, el tipo. No parece tan bruto, a pesar de esas piernas de coloso, esos pectorales impresionantes, esos bíceps de acero, esos ojos, ¡leches!, esos ojos tan bonitos. Es un hombre, pero me cae inmediatamente bien.
Piso 10:
(Hum, qué uniforme más chulo, con su cuerda y su hacha; me está dando un punto como paleolítico, je).
Piso 9:
- ¿Estás mejor?
- ...
- ¿Cómo te llamas, niña?
- Leren.
Piso 8:
- Yo soy Manolo. Me acabo de mudar.
- ...
- Vivo solito, ¿sabes?
- Ah.
Piso 7:
- ¿Qué vas, al colegio?
- Al instituto.
Piso 6:
- ¿Al instituto? Vaya...
Se queda un rato callado, pensativo.
Piso 5:
- Ya estás muy grande, ¿no?
Me mira con interés. Me aparta suavemente un rizo de la frente. El ascensor parece más pequeño. Hace calor.
Piso 4:
- ¿Qué edad tienes?
- ¿Yo?
Suelta una carcajada de macho que se me cuela no sé dónde.
Piso 3:
-¿No ves que estamos solos?
- ...
Piso 2:
- ¿Nosotros?
- Pero, niña...
Y se vuelve a reír.
- Sí, tú, ¿cuántos años tienes?
Piso 1:
- 16.
Se calla. Se aleja de mí y masculla entre dientes "mierda, menor". Pero no tengo tiempo de reaccionar, porque ya se abre la puerta y se aleja sin decir ni adiós, sin mirar atrás, sin apagar este fuego que ha encendido.
Bombero pirómano. Negligente. Cabrón.
Coincidimos muchas veces a lo largo de los años, pero ya nunca pasó de decirme hola y adiós. Cuando se montaba en el ascensor, me daba la espalda, con lo que mis ojos solo podían contemplar esos hombros platónicos, esos glúteos de impresión, esa cuerda...
Han pasado años, pero aún ahora, a pesar de que soy lesbiana perdida, veo un bombero y algo en mí comienza a fluir. Debe de ser un gen hetero que Manolo activó en el ascensor y que todavía hoy me mueve a una extraña sumisión. Adelgazo la voz, muevo provocativa las caderas, sonrío pícara, me hago la dulce... Me muero por soltarme los caracolillos, por ser la loba del macho alfa, por darle cachorros.
Me muero por ser la hembra que no soy.
¡Fuego!
No era uno, eran tres. Tres bomberos hoy en el bar Curro. Cuando he podido recuperar la compostura, he huido del martirio. Soy un rescoldo, una brasa lesbiana candente. Necesito agua, mangueras, lo que sea.
No quiero esta veleidad hetero. Quiero ser Leren, una lesbiana fiable, militante, pata negra. Una lesbiana como dios manda.
Y, por caridad, que se presenten más tías a las oposiciones para bomberas.
Estoy semidesnuda.
Quieta.
La espero.
Mis piernas están abiertas para ella; mi rosada y suave vulva expuesta.
El corazón me late en la garganta. Siento que se me va a salir del pecho. Respiro entrecortada.
Mis manos en mis muslos, mis sentidos en mi sexo. Tiemblo.
Ella me mira y yo le sonrío, algo tímida, nerviosa. Me devuelve la sonrisa. Es una mujer serena, muy segura. Estoy en sus manos. Me dejo llevar.
"Así, así, eso, ponte así...", su voz es grave. Sus palabras me hacen estremecer. Respiro cada vez más agitada. Estoy esperándola, anticipando el momento en que entre en mí. No puedo apartar mis ojos de los suyos. Pero ella ya no me mira. Tiene sus fascinantes ojos de gata fijos en mi vagina. Ahora la siento. Sus manos son huesadas, fuertes y a la vez delicadas. Sus expertos dedos me rozan..., separa mis labios...
Y entra en mí.
- ¡Me cago en tó! ¡Sáqueme eso!
- ¿Señora Mendi?
- Pero, ¿que me ha metido, virgen santa?
- ¿Qué va a ser? El pato, bueno, el espéculo.
- ¿El pato? ¡Eso es un buitre por lo menos!
- Anda, aguante un poquito, que ya acabo.
- ¡Sáquemelo! ¡Yaaaa! ¡Que duele un montón, leches!
- Qué exageradita... Ea, ya está fuera.
- ¿Exageradita? Deje, deje que se lo meta yo a usted, ¿quiere? Joder, nunca me había dolido tanto.
- A ver, señora Mendi, ¿cuánto hace que no tiene relaciones?
- Hummm... siete años. Y llámeme Leren, por dios, que son ya lustros viéndome espatarrada.
- Vale... ¿Y cuánto hace que no viene a revisión?
- Pues, unos siete años, je. Es que he estado muy liada y eso.
- Claro, todo tiene consecuencias. Sin relaciones, sin revisiones... Leren, ha desarrollado un nuevo himen, un himen complaciente sobrevenido.
- ¿Yo, un himen? ¿Complaciente, además?
- Sí. Es un proceso que se da de forma natural en las lesbianas castas de larga duración. De la falta de uso, la vagina se desconcierta y experimenta una involución a estadíos anteriores. La suerte es que la suya se ha decantado por un himen complaciente, que deja pasar el flujo menstrual (y otras cosas...), sin grandes problemas.
- El buitre no...
- No, lo sé, ese espéculo es ahora demasiado en su situación actual. Antes, Leren, le cabía de todo, y ahora está como virginal. Quién la ha visto y quién la ve... Venga, no se preocupe, iré con cuidado.
- ¡No! ¡No venga! ¡No vaya!
- Ea, ea, si le voy a encajar un especulito SSX de nada. Respire...
Y la tía intenta entrar otra vez, con la mala fortuna de que sus guantes se derriten al contacto con mi vulva (debe de ser el extremo calor que irradia) y las gotitas de látex se enredan en mi... -¿cómo llamarla?- jungla vellida. La diligente Dra. Broca se apresura a retirar las gotas (que ya se han adherido a mis tristes pelínganos como si fueran superglue) y, en su fervor, me arranca grandes tiras de vello y piel.
Aúllo.
Cuando me recupero de la anestesia general administrada de urgencia por cinco enfermeros y tres auxiliares, la galena matasexos me deja ir sin más exploraciones. Me ha destrozado por dentro y por fuera. Algo turbada, se disculpa y me regala el buitre de recuerdo. Estoy tan perjudicada que ni protesto.
Algo es algo: jamás me tendré que volver a depilar. Al menos algunas zonas.
Me marcho del ambulatorio pensando en los seres humanos y sus vocaciones. Y concluyo que hay que ser cabrón para hacerse ginecólogo. Y para ser ginecóloga, sabiendo lo que se siente, hay que ser una verdadera sádica irredenta.
Cojeando lastimera, consigo llegar a casa. Hago acopio de valor y entro en la cocina. Quito el imán del frigorífico y tacho y retacho ginecóloga-penetración de mi lista de remedios extremos. La vuelvo a colocar en la puerta del congelador, de donde saco la bolsa de cubitos de hielo. Con cuidado, me la ajusto sobre el malherido pubis con unas bragas impermeables que heredé de mi abuela (el señor la tenga en su gloria).
De repente, me ataca la zozobra: no quiero ni pensar a qué ginecólogo fue ella para tener que haberse comprado unas bragas así. Me invade el pavor.
Mañana saco la ouija. Tengo que saber su apellido: esto tiene pinta de saga.
© Blogger template Simple n' Sweet by Ourblogtemplates.com 2009
Back to TOP