Telón
>> 15 nov 2010
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Yo me acuso.
Escribo con vergüenza, esperando clicar "publicar entrada" y que la tierra se abra bajo mis pinreles. Pero no puedo ocultarlo más.
Me gustan los bomberos.
Llevo años callando, sintiéndome una lesbiana única, marcada por un destino horrible y solitario. Lo supe bien pronto, en mi primera adolescencia (emocionalmente, estoy en la segunda).
Mi casa era un palomar en la planta dieciséis de un edificio pasable en una barriada obrera de Remoria. La vecindad era variopinta, aunque perfectamente olvidable.
Salvo él.
Mi vida se reducía a sobrevivir las horas en casa, a ir al instituto, a mirar culpable a mis tentadoras compañeras de clase, a adorar con desasosegante anhelo a las profesoras jovencitas que no me juzgaban invisible bajo las camisas tres tallas más grandes y mi gesto arisco, a leer a escondidas poetas varones homosexuales (ellas llegarían aaaaños más tarde), a escribir enaltecida poemas patéticos -en fondo y forma- en papel galgo parchemin con tinta azul celeste y, en fin, a sacar al perro al parque durante horas para conseguir de vez en cuando una conversación inocente con alguna atractiva propietaria de can. Si a esto le añadimos las preceptivas misas los domingos, las odiosas tareas domésticas (comprar el pan, poner la mesa, limpiar el baño, cortarle las uñas de los pies a mi madre...) y las visitas ocasionales a pubs oscuros, acojinados y llenos de humo -que me hacían sentir adultísima-, tenemos gran parte del cuadro de mi excitante adolescencia.
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Esa era yo, hasta que coincidí con él.
El ascensor bajaba lento y ruidoso cuando, ññññiiiiiic, se detuvo en la planta 14. No me gustan los ascensores, pero mis pantorrillas no daban para bajar y subir dieciséis pisos cada día, así que lo toleraba, pero las paradas imprevistas me ponían nerviosa, y esta era imprevistísima. Jamás me había detenido antes en el 14. Por eso, cuando entró él, lo recibió una Leren aferrada a la barandilla del fondo, ovillada y temblona, que solo pudo responder con un jadeante susurro al alegre "¡Buenos días!" de la musculosa y viril masa humana que entró en la cabina.
Piso 13:
- ¿Estás bien?
Trago saliva.
Piso 12:
- Sí...
- ¿Seguro?
Piso 11:
- Es que no me gustan los ascensores.
- Anda, chiquilla, ¿qué te va a pasar aquí, conmigo?
Es zalamero, el tipo. No parece tan bruto, a pesar de esas piernas de coloso, esos pectorales impresionantes, esos bíceps de acero, esos ojos, ¡leches!, esos ojos tan bonitos. Es un hombre, pero me cae inmediatamente bien.
Piso 10:
(Hum, qué uniforme más chulo, con su cuerda y su hacha; me está dando un punto como paleolítico, je).
Piso 9:
- ¿Estás mejor?
- ...
- ¿Cómo te llamas, niña?
- Leren.
Piso 8:
- Yo soy Manolo. Me acabo de mudar.
- ...
- Vivo solito, ¿sabes?
- Ah.
Piso 7:
- ¿Qué vas, al colegio?
- Al instituto.
Piso 6:
- ¿Al instituto? Vaya...
Se queda un rato callado, pensativo.
Piso 5:
- Ya estás muy grande, ¿no?
Me mira con interés. Me aparta suavemente un rizo de la frente. El ascensor parece más pequeño. Hace calor.
Piso 4:
- ¿Qué edad tienes?
- ¿Yo?
Suelta una carcajada de macho que se me cuela no sé dónde.
Piso 3:
-¿No ves que estamos solos?
- ...
Piso 2:
- ¿Nosotros?
- Pero, niña...
Y se vuelve a reír.
- Sí, tú, ¿cuántos años tienes?
Piso 1:
- 16.
Se calla. Se aleja de mí y masculla entre dientes "mierda, menor". Pero no tengo tiempo de reaccionar, porque ya se abre la puerta y se aleja sin decir ni adiós, sin mirar atrás, sin apagar este fuego que ha encendido.
Bombero pirómano. Negligente. Cabrón.
Coincidimos muchas veces a lo largo de los años, pero ya nunca pasó de decirme hola y adiós. Cuando se montaba en el ascensor, me daba la espalda, con lo que mis ojos solo podían contemplar esos hombros platónicos, esos glúteos de impresión, esa cuerda...
Han pasado años, pero aún ahora, a pesar de que soy lesbiana perdida, veo un bombero y algo en mí comienza a fluir. Debe de ser un gen hetero que Manolo activó en el ascensor y que todavía hoy me mueve a una extraña sumisión. Adelgazo la voz, muevo provocativa las caderas, sonrío pícara, me hago la dulce... Me muero por soltarme los caracolillos, por ser la loba del macho alfa, por darle cachorros.
Me muero por ser la hembra que no soy.
¡Fuego!
No era uno, eran tres. Tres bomberos hoy en el bar Curro. Cuando he podido recuperar la compostura, he huido del martirio. Soy un rescoldo, una brasa lesbiana candente. Necesito agua, mangueras, lo que sea.
No quiero esta veleidad hetero. Quiero ser Leren, una lesbiana fiable, militante, pata negra. Una lesbiana como dios manda.
Y, por caridad, que se presenten más tías a las oposiciones para bomberas.
La terraza del bar Curro es un locus amoenus de barrio humilde que atrae a fauna de todo tipo. En las polvorientas mesas al aire libre, abuelos, parados, bomberos, macarras y lesbianas aburridas dormitamos al cálido sol de marzo. Los gorriones gorjean juguetones, celebrando la primavera. El azahar estalla al fin en los naranjos. La brisa nos acaricia. Se está bien.
Se estaba.
Entre las brumas de la cerveza con la que me he dopado, oigo sonidos curiosos. Hum. Arañazos sobre la acera, gemidos, jadeos, bufidos... Miro y no veo nada. Ya no son sonidos curiosos, son ruidos raros. Plañidos. Gimoteos. Bramidos. No, no, son... son gruñidos, gruñidos perrunos cada vez más fuertes. ¿Qué estará pasando?
De detrás de un árbol, de repente, surge el canela trasero de un perrito, meneándose como arrebatado. Y no está solo. La cosa canina poseída tira y tira hasta que al final del bicho, atrapada entre sus dientes, asoma la cola de su partenaire, una bola peluda blanquinegra.
La orgía sonora ha despertado a todos los parroquianos. Los que no tienen una buena perspectiva aguzan la vista y tuercen el cuello desafiando leyes anatómicas y artrosis, olvidados de edad y dolores gracias al espectáculo. Jodidos animales. Jodida primavera.
- Por dios, qué vergüenza, con los chiquillos aquí...
- Anda, mujer, qué vergüenza ni que na. ¡Mira, mira! ¡Mira lo que le hace! ¡Si parece mi Manolo cuando quiere baile! Qué gracioso, mujer, los animalitos...
Yo no le veo maldita la gracia. Me contengo para no mirar y me recuerdo que yo no estoy a la altura de esta masa voyeur de barrio, faltaría más. Me concentro en recordar la última vez que me salió a pagarle a Hacienda y en medio minuto he conseguido olvidarme un poco de los perros. Habrán terminado muy pronto y dentro de nada estarán penando por su comportamiento, conectados de mala y dolorosa manera. Se lo merecen, por la exhibición de sexo que me están obligando a sufrir.
- Uis, pues no paran. Ya llevan por lo menos media hora, ¿no?
- Tres cuartos.
- Mamá, ¿qué les pasa a esos perros?
- Nada, Raúl, que son muy amigos.
(No sé por qué no le dije eso a mi madre cuando nos pilló a a Menchu y a mí sin bragas a los quince. A los quince minutos de empezar).
- Mamá, ¿por qué se lamen tanto?
- Hijo, es que se están limpiando.
- ¿Limpiando, mamá?
- Que te calles.
No sé por qué no acaban de una vez. Lo veo egoísta, insolidario. Estoy segura de que esos perros saben que hace casi siete años que no conozco mujer. ¿No podrían haber ido a otro barrio a hacer esas cosas? ¿O al otro barrio, mejor?
Y siguen. Ya me extraña. ¿Los chuchos toman viagra? Hace hora y media que esto empezó y siguen los jadeítos, los gemiditos, los gruñiditos complacidos. Un masoquismo extraño me tiene aquí parada, esperando el desenlace. Pero no, he de irme. Ya he sufrido bastante. Ahora ya sé que hasta el último perro sarnoso de mi barrio tiene una vida sexual más intensa que la mía.
Al fin me levanto y, silboteando inocentemente, me dirigo a mi keli por un caminito que me acerca a esos dos.
¿Esos?
¡Esas!
Mierda, mierda, mierda. ¡Son dos perras! A medida que me acerco veo lo sofisticado del erotismo de las guarras perras, y comprendo el origen de tanto gemidito y lo dilatado de la orgía. Sigo andando, cada vez más indignada. Cambian de postura, enloquecidas de lujuria, en un retozo que no parece que vaya a tener un pronto fin. Juraría que entre sus grititos histéricos (¿graznan las perras lesbianas?) sonríen, babosas.
O quizás es paranoia mía.
No sé si sonríen o no, pero sé que van a dejar de hacer eso. Al pasar junto a la pareja, me coloco detrás del árbol que me esconde de la vista de los parroquianos y encajo dos patadas estratégicas.
Me gusta el silencio.
Viernes, día de Venus, la diosa del amor. Quizás por eso me encontré ayer este comentario de Anonimotriz al pie de una de mis entradas. No me resisto a reproducirlo:
Atesoro el poso del café que legitima mi ocupación de una mesa en el bar Curro. Giro y giro el vaso casi deshidratado. Llevo postergando mi marcha del bareto refugio desde hace casi dos horas. No tengo prisa. No tengo ni un miserable asunto al que atender. No tengo nada que hacer, nada que decir. Nadie me espera. No espero nada.
Mi vida está vacía, pero aquí lo noto menos. Y en El Corte Inglés tampoco el vacío es tan patente, así que sigo haciendo tiempo: aún queda media hora para la apertura. Rebajas, qué sedante bendición. Como mi sueldo es tan escaso como mi vida sexual, he de pensar las compras, recorrer cada comercio, comparar, descartar, volver, decidir. Con suerte, se me habrá ido buena parte del día y así la vuelta a mi casa y a mi cama vacía será menos dura.
Cada noche me dopo con tres dormicastinas 500 mg.; en las farmacias de la zona ya no cuela que mañana traigo la receta del orfidal, que Don Rufino se ha despistado y no me la ha hecho, así que tomo sucedáneos que me dejan laxa y lela, pero que me dan una tregua y me permiten dormirme a pesar de los insolidarios aullidos de Tatiana, la vecina del 6ºC, que tiene orgasmos con una facilidad y recurrencia insultantes. Adormecida, me digo que es todo falso, que aprendió de Meg Ryan y que los finge, pero sé que no, sé que no. Y la dormicastina afloja mis músculos y mi ira, y ya voy dejando la idea de abrirme paso hasta su piso con una bazuca de bolsillo para afearle su conducta (leches, su chico no grita, ¿por qué ella hace esos alardes?) y decirle que no tiene inteligencia emocional, que sea empática, que el mundo está así por gente como ella, y hablar y hablar y llorar en su hombro, mientras ella intenta cubrir su desnudez con un deshabillé mal colocado que -cabrón- no tapa nada. Y cuando creo que me entiende, cuando imagino que va a abrazarme y a decir ea-ea, mientras él, el elemento extraño, se retira y ya solo estamos las dos, a través de mi conciencia se va colando un olor que me incomoda y que de repente reconozco. ¿No podrían haber abierto la ventana al ver estallar la pared de su cuarto y reconocer la figura de una visita -moi- en la penumbra? Lo educado, dado el olor a zorromacho y zorrahembra y a fluidos de un íntimo bestial, habría sido disculparse y ventilar el dormitorio. Pero no, ya no hay educación ni vergüenza.Y mientras me duermo me doy cuenta de que no tengo una bazuca y de que la dormicastina me ha vuelto a salvar de la trena, conteniendo otra vez mis ansias de aniquilación de todo especimen involucrado en actividad sexual que no sea conmigo y...
Y mientras giro y giro mi café en el bar Curro, anticipando otra noche de horror y sedantes, ella entra.
No sé cómo consigue abrirse paso entre la cazurra humanidad que atiborra el local. La entrada, en especial, es una barrera de cuerpos corpulentos, peludos, olorosos, sucios; sería más fácil pedir paso a una horda de simios enfurecidos. Pero ella la atraviesa sin hacer un gesto, casi como si se deslizara, como si su cuerpo altísimo, esbelto, enfundado en cuero negro, hendiera aire y masa autralopiteca sin rozarlos. No la he visto esperar paso, tocar a nadie, ser tocada.
Se ha sentado en la mesa más alejada de la puerta, en la más cercana a la barra. Está allí, a la vista de todos, y no entiendo cómo no se ha hecho el silencio, cómo un parroquiano que paga su desayuno y con su abrigo roza la silla de la encuerada no cae fulminado por el rayo de la diosa. ¿Es que no la ven? No, es que somos solo mortales y, por una broma divina, me ha sido concedido a mí, únicamente a mí, a la casta Leren, ver a la Diosa.
No veo si come. He olvidado todo: noches, CorteInglés, miseria, castidad, café. Estoy segura de que no es mortal. La línea de su pierna izquierda flexionada, para apoyar descuidada y perfectamente el peso de su cuerpo, la longitud inconcebible de sus piernas, ay. ¿Come? Intento contestarme, pero creo que ha formulado algún conjuro: solo la veo a ella. Me esfuerzo en recordar la superficie de su mesa, pero está todo difuso. Imagino que ha transformado el café y los churros de Curro en néctar y ambrosía, pero no lo sé, solo veo cuero negro y piernas y una delgadez que en una mortal sería anorexia y que en ella resalta su increíble femineidad, su cualidad de diosa hecha mujer en un bar de barrio.
Nadie la mira, solo yo. Ella no parece ver a nadie. No he conseguido ver ni una vez su mirada. Su larguísima melena negra cae lacia. Toda en ella es vertical y negro. Y, sin embargo, no hay nada ominoso en su aparición. Me siento tranquila con su presencia, agradecida.
Y, de repente, se ha ido. Se ha marchado como vino: se ha deslizado y ya no está. En el primer momento, me siento desolada. No volverá, lo sé. Pero pasan los minutos y voy aceptando. He sido bendecida: he visto a una diosa en cuero.
Mi vaso está seco. Aún sobrecogida por la epifanía en leather, me pongo tambaleante en pie para pagar y marchar. Me dirijo hacia la mesa que Ella habitó, intentando tomar posesión de mis sentidos y discernir al fin si han sido churros o ambrosía, biofrutas o carajillo. Para lamer, sí, lo que ella haya dejado tras de sí.
Pero, mierda, ya se me ha adelantado el tuerto Pipirrana, que ocupa orondo la mesa de la diosa. ¿Qué quieres?, me espeta su aliento cazallero, y comprendo que ya la he perdido del todo. Ella está en el Olimpo. Yo, en el bar Curro.
Me voy a las rebajas: tengo las bragas caducadas.
Han callado las conversaciones, los cigarrillos se han detenido a medio camino de la boca, se ha evaporado el vapor del tubo calientaleche, las páginas de los periódicos han quedado entornadas, las cucharillas, en fin, no giran ya en los arañados vasos del bar Curro. He entrado y he detenido la vida.
Recuperados del estupor inicial, los parroquianos simulan normalidad. Un delicado pasillo se abre a mi paso y me conduce a una mesa apartada que se ha desocupado apresuradamente en el atiborrado antro. ¿Milagro?
Asco, más bien.
Ayer lo supe. Lo supe y aullé durante horas.
Sobreviví a una noche terrible. Al alba, ignoré la ducha y el cepillo de dientes, quemé dos libros de Bucay y restregué sus cenizas por mis grasientos cabellos, rasgué mi más oscura bata de boatiné y bajé pestilente a mi bar de guardia, arrastrándome dolorosa por las calles.
Ahora, en esta mesa que ampara lo que queda de mí, se desgarra mi alma con el pensamiento de la inesperada traición. Estoy sola, sin compañía para la eternidad. Condenada.
Me vuelven sus palabras, tantos años repetidas: "siempre estaremos juntas en esto". ¿Siempre? ¡Maldita sea, si ella solo llevaba dos años de castidad forzosa! ¿Qué es eso en la medida temporal del universo? ¿Cómo ha podido? ¿Cómo ha abandonado el barco, dejándome sola con mi pena? ¿Cómo se ha podido tirar a la alegre divorciada que conoció hace dos meses en el chat de Chueca? ¡Cabrona! Me aseguró que no tenía ninguna posibilidad, que eran solo amigas, que no se gustaban, que seguro que yo, con mis dones (nunca le pedí que especificara), ligaría antes que ella, con sus verrugas peludas.
Y me lo dice por sms. Zorra Maripili.
Ha follado. Ha follado y yo estoy sola ahora. No conozco ninguna otra casta de larga duración. No hay redención para mí. No hay amor, no hay amistad, no hay esperanzas. No hay nada.
No puedo soportar el silencio de Curro's. Cada servilleta del suelo, cada churro pisado me mira con desprecio. Ellos, al menos, tocaron unas manos, unos labios.
Me levanto y el mismo pasillo mágico me lleva hasta la puerta. Puedo ver las miradas de pena y alivio de la miserable clientela, que se sabe por encima de mi desgracia. La humanidad me expulsa de su seno.
Algún día volveré. Me ducharé, me pondré una alegre camisetita de algodón y unos vaquerillos wonderass y arrasaré.
Algún día, sí. En otra vida.
El infierno soy yo.
Estoy malita. Ya llevo tres días en casa con gripe X, o lo que sea que me ha provocado el puto masaje. Al principio se estaba bien: mis compañeros trabajantes me parecían unos pringaos y por las mañanas me sentía la reina del mambo (por las tardes, con la subida de la fiebre, me he estado transmutando en una Margarita Gautier light).
A medida que me voy recuperando, esto va dejando de gustarme. Bajo a desayunar al bar Curro con miedo. Antes de salir, asomo la nariz para ver si hay alguien de Pontegood, la mutua sanitaria de mi trabajo, acechando. He guardado varios pañuelos usados, por si vienen a una inspección. Cada poco, abro la puerta del congelador y practico unos minutos de respiración holotrópica, para mantenerme. Cuando consigo voz de Tom Waits resfriao, salgo.
En el bar Curro, desayuno con cara de circunstancias. He visto a mi fan bi-h (y ella a mí...), pero no hago el más mínimo floreo visual, por si la mutua. Tampoco pido el carajillo y la doble con torreznos: no pega con mi estado. Disimulo con una manzanilla y media tostada de mollete amariconao. Me siento triste.
Paso las páginas del periódico con marcada falta de energía. Separo un poco las mandíbulas para que mi cara parezca más consumida (lo macilento me lo curré ante el espejo con una crema blanqueadora). Dejo sobre la mesa la tarjeta sanitaria, a la vista. Pago lenta, me marcho lenta.
En el ambulatorio, mi último club social, el ambiente es animadísimo. Otra vez aquí, ay. El día tiene toda la pinta de ir a ser una mierda. Solo ha habido un amago de redención cuando una veinteañera en la cola ha mirado para los asientos (sí, estoy mayor, me he sentado) y ha detenido un momento su mirada en mí. Halagador. Es gay, indudablemente, con esa pinta moderna-andrógina-fashion-casual que gasta. Y es atractiva: melenaza oscura y tipillo (1,80) femenino y desgarbado. Hacen lesbianas de lo más aparente hoy día. Pena que las hagan tan jóvenes. Me dejan como frígida; me sale ponerles la merienda.
Me dan cita para mediodía, así que de vuelta a casa. Me lo tomo con calma. Al menos, cuando vuelva luego a la consulta de mi médica, no tendré que volver a pasar por lo de:
- ¿Está embarazada?’
- No.
-¿Está segura?
- De lo más.
- ¿Qué anticonceptivos usa?
-No uso.
Silencio incrédulo y mirada expectante
- Es que no tengo relaciones desde hace...—breve parada, suspiro hondo, confesión— siete años.
Silencio espantado y profunda mirada de pena.
Omito mi lesbiandad. No la veo lista.
Firma la baja sin rechistar. Me insiste en que no vuelva hasta que me encuentre bien (¿?). Le pido cita para el ginecólogo y se apresura a dármela; debo de estar en algún grupo de riesgo. Quizá pueda solicitar una pensión no contributiva, como casta crónica mayor de 40 años. O un taller de habilidades socio-sexuales para “paradas” de larga duración. Me voy triste, muy triste.
Dios, si existes, mándame una señal. O quítame ya esta gripe rara, que mi amiga Martina me ha dicho que mañana hay una reunión de pibas lesboecologistas fraternales de lo más molón, donde hasta la más desahuciada (léase, yo) podría ver la luz.
Ah, he decidido hacerme vegetariana. Por convicción, claro.
Al bar Curro no se va de pesca. El café está bueno, atienden rápido y no se meten en tus asuntos, lo que está muy bien para una lesbiana que no puede alardear de haber dejado al marido y los churumbeles en casita para poder leer a gusto el periódico en un bareto de barrio.
El bar Curro no suele deparar alegrías inesperadas. No es un lugar en el que descubrir la vida o descubrírsela a otros. No se ven poetas pergeñando versos, ni filósofos ordenando el mundo, ni adolescentes floreciendo, ni ná. Si alguien tiene un boli en la mano, dite que está haciendo una quiniela. No sé cuántos trankimazines me han ahorrado a lo largo de estos años su calma chicha y su aire viciado. Sus servilletas tiradas por el suelo me confirman que al menos en el bar Curro la vida sigue como siempre: guarra, hecha un asco.
Ese es mi Curro, mi fiable bar Curro.
Entro de buena mañana, agilipollada y arisca, no vaya a ser que me hablen. Me apropio de una mesa esquinada y dispongo café, tostada, agua, periódico y servilletero. Carajo, se me han olvidado los antibióticos. Bah, mejor: así no rompo mi imagen de mujer sana y no tengo que ponerme a explicar qué me pasa (no, no es blenorragia; ya me curé). Instalada, miro alrededor. Ahí está, de nuevo. En diagonal, una pareja ya desayunada contempla a los otros. Y ella me contempla a mí. No es la primera vez que la veo, pero ya ha abandonado la mirada casual. Se le ve el interés. No, no es fea. Es madura (¿de dónde salen tantas?), tiene el pelo corto y mira viendo. Si no tuviera siempre a ese hombre a su lado, diría que es lesbiana. La asigné a la categoría bi-h hace tiempo, esa conformada por lesbianas atrapadas en relaciones hetero que te miran como si vieran la libertad paseándose en vaqueros.
Somos por los otros. Una mujer deseable e inalcanzable me convertiría en una paria rijosa de barrio. Esta bi-h atrapada y deseante borra mi castidad y me transforma en objeto sexual redentor. Hummm.
Cuando mi mirada se cruza con la suya, la vacío. Su necesidad es mayor que la mía. Siempre habrá quien quiera comerse las cortezas de tus altramuces, me digo, y me marcho ufana del bar, tentada de dejarle el desayuno pagado por el favor.
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