Pabellón psiquiátrico núm. 13
>> 6 oct 2010
- Parece que van a dar de alta pronto a Lerendi.
La de esta noche va ser una guardia divertida.
Sabe que volverá.
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- Parece que van a dar de alta pronto a Lerendi.
Tiene unas manos perfectas. Oh, qué bien las usa.
Hace años amé.
Enamorarse en la adolescencia es peligroso. Dos adolescentes lesbianas que se enamoran lo hacen con una intensidad tal que arrasa con su cordura. La pasión se rebela, asume riesgos, desafía prohibiciones. Pero, ¿y qué importa eso cuando se tiene el mundo?
Antes de enamorarme por primera vez ya había oído aquello de que el primer amor es para siempre.
Para siempre.
Qué poco me importaron aquellas palabras entonces. Como cualquier niña buena de finales de los sesenta, me limitaba a respirar sin llamar la atención y a escuchar lo justo para cumplir órdenes diligentemente. Aquella máxima, en aquel momento, no parecía ni orden ni importante. Pero se grabó y se cumplió. Vaya que sí.
Aún no he encontrado el delete.
Era muy joven cuando me enamoré por primera vez. No comprendo cómo pudo pasar, no entonces, no allí. Acudía cada mañana a las ocho, charlando alegre con mis compañeras a lo largo del camino. Al llegar, bajábamos del autobús en silencio mientras los perros nos ladraban furiosos. Ahora no entiendo para qué los tenían allí, atados. De pequeña no me hacía preguntas. Me limitaba, como todas, a pasar lo más lejos posible de las fieras. Año tras año, nos seguían gruñendo; año tras año, nos seguían dando pavor. Como ellas.
Cuando la verja chirriaba sobre sus goznes ya habíamos entrado en el estado hipnótico requerido para sobrevivir. La vida quedaba fuera. A la entrada, ningún lema advertía sobre el interior, pero habrían podido tomar prestados el eickeano “El trabajo os hará libres” o quizás mejor el dantesco “¡Oh vosotros, los que entráis, abandonad toda esperanza!”.
Y sin embargo, allí, en el infierno, conocí por primera vez el amor.
He confesado en este lugar debilidades que me avergüenzan y he pagado un precio terrible por ello. Aún estoy respondiendo correos de lectoras que me afean mi debilidad por los bomberos, acusándome de ser una falsa lesbiana. ¿Qué decir? A veces yo misma me acuso. Otras me exculpo, acogiéndome al socorrido “quién esté libre de pecado, que tire la primera piedra” y, alabado sea el señor, no me ha llegado ninguna. Será el antispam.
Pero ya divago. Quizás es que no quiero recordar. Quizás busco el exorcismo y lo temo. Pero no he de callar. Confesaré y que salga el sol por do quiera.
Yo, la casta Leren, me enamoré en mi colegio de franquistas monjas. Adoraba su cabello rubio, sus rodillas sin postillas, el donaire con que llevaba su babi inmaculado. Cada día, sin falta, corría hacia mí para compartir su bocadillo de nocilla y yo colocaba mis labios donde...
Donde él los había colocado.
Se llamaba Pablo. Teníamos cuatro años y me enamoré locamente. De un niño, sí.
Fueron ellas, las monjas, las culpables, creando la tentación, permitiendo que la guardería del colegio fuera mixta. Pero al cumplir los seis, ay, llegó la enseñanza segregada y con ella nuestra separación. Qué desgarro y qué hambre sentí tras su partida. No sabía si me dolía más el corazón o el estómago. Mis ojos lloraban, mi boca gemía, mis tripas rugían, pero tanto desconsuelo en una inocente infanta no halló eco. Los perros y las monjas siguieron gruñendo, la verja chirriando, mas yo nunca volví a ver a Pablo.
Tampoco he vuelto a comer nocilla. Demasiado pesar.
Pasaron los años. Completé mi educación rodeada de alumnas y monjas. Mujeres, mujeres, mujeres. La naturaleza, en fin, siguió su curso. Comenzaron a gustarme las de mi propio sexo. Qué caramba, comenzaron y terminaron gustándome mucho, muchísimo. Incluso amé a alguna y alguna me amó. Pero no he olvidado a Pablo.
A pesar del tiempo, Pablito, aún te recuerdo. A veces pensé en contratar a un detective pero no tenía un duro, ni valor. Ahora, en la era internete, he fantaseado con encontrarte un día en facebook, pero no sé cómo. Ninguno de los pablos que veo en la página de fans de nuestro ex colegio tiene tus cabellos angelicales (de hecho, todos están calvos) y ninguno muestra las rodillas en sus fotos de perfil ni su afición por la nocilla entre sus membresías de grupo. Ya he abandonado la esperanza de que tú hayas atesorado mi recuerdo como yo el tuyo. Sí, mejor así, por siempre olvidada. Me da miedo entrar en FB algún día y encontrarme en mi muro que un tal Pablo (ideología política: derechas, creencias religiosas: ogrus dei, casado con: Piluca) solicita mi amistad con este mensaje privado: “¿Tú eres la Leren que en su hambruna atacaba mi bocadillo cada recreo?”.
Porque lo cierto, Pablo, es que tú tenías vocación de médico sin fronteras y por ello me alimentabas a diario, me curabas mis marimachas postillas, besabas mi frente calenturienta... pero no me amabas. Nunca me amaste, Pablo, imbécil, primer amor mío de los cojones. Y heme aquí con lo de los bomberos y con lo tuyo, sin saber si soy una lesbiana congénita, o solo otro producto sáfico made in monjas. Si alguna vez tuve o tendré una pizca de libre albedrío.
Pablo, delete, delete, delete.
Porque si te consigo borrar a ti, Pablo, algo me dice que aquella orden que creí máxima se borrará al fin, y tras de ti irán otros nombres.
De mujer, Pablo. Borraré ya solo nombres de mujer.
Uno, otro, otro.
Delete, delete, delete.
Me queda bien el color naranja.
Avanzo.
Hum, preferiría que el mono fuera algo más ajustado en la cintura, y las esposas más sueltas. Arrastrar las cadenas de los pies con mis zapatillas de meditación tampoco es cómodo pero, tras un par de delicados tropiezos, me las arreglo para caminar con soltura.
"¡El Pueblo contra Lerendi Mendi!", truena una voz, y ya no distingo las palabras que emite alguien que no es dios, pero se le parece. Estoy en trance, más allá del temor, más allá del bien y del mal. Más allá, vamos. (Juana de Arco, aprende).
Respiro hondo, serena. Tengo mi defensa legal preparada. La ley es mi pastora, nada me falta. Sí, me abalancé sobre Megan Foxy. Sí, robé su contacto. Sí, le robé un beso (ha presentado cargos por 47 besos, pero solo fue un continuum, un beso feng-shui de tres minutos que buscaba el equilibrio espacial: no dejar zona alguna desatendida).
Es mi momento. ¿Tengo algo que alegar en mi defensa?, inquiere sub-dios ¡Pues claro! Pienso en el horror insuperable de mis más de 2500 días y noches de castidad y grito, tragiquísima:
- ¡Delito famélico! ¡Delito famélico, señor juez!
(Aprende, Nuria Espert).
Pero, ay, el orondo juez Straighton no entiende de tragedias. No entiende nada y de nada. Su rostro es severo.
- Señor juez, lo he leído en El Rincón del Vago (una fuente muy solvente en mi país): "En el hurto famélico no hay delito, porque el que estaba por morir por hambre hurta porque hay una necesidad extrema de sobrevivir. La violación de un derecho ajeno no es delito porque se justifica que con esa violación se salva otro bien más importante: la vida del ladrón". Yo, señoría, estaba en peligro de muerte.
Su rostro se endurece. Más. No empatiza. Su hambre solo es una. Insisto, plañidera, humilde. No las tengo todas conmigo.
- He robado, señor juez, pero ha sido por hambre.
"Tenía necesidad. Estaba en riesgo de extinción...", salgo lloriqueando en mis primeros pasos hacia la prisión de Butchland, donde he de cumplir una condena de 47 años en el corredor de la muerte de asco.
Mi mono naranja apesta. Me han despojado de mi moleskine y de mi vibrador de bolsillo (era de comercio justo, joder) y me han dado unas compresas ladypena y una biblia de los gedeones, algo manchada. No quiero pensar.
Llegamos bien entrada la noche. En los oscuros y estrechos pasillos distingo apenas a varias reclusas amenazantes, que se agarran a las rejas y ululan a mi paso. "¡Carne fresca!", aullan algunas. Son muy grandes, muy fuertes, muy velludas. Muy... famélicas.
Nos tienen entretenidos.
Estos de Castos Anónimos (ya contaré un día cómo me metí aquí) han montado un tinglado curioso con el pretexto del desarrollo personal. Nos obligan a permanecer apuntados a al menos un taller de la asociación, así que he decidido probar con el de "Expresa a tu creadora interior".
No las tengo todas conmigo, ay. Necesito poder aguantar, porque se me están agotando las opciones después de ser expulsada de "Expresa tus emociones" (la expresión de mi ira no pareció gustarles), "Exprésate con el baile" (insistí en que bailar de lejos no es bailar, pero ni caso) y "Exprésate a través de la cocina" (me indignó que prohibieran el marisco sin argumentos serios).
Pedí organizar yo un taller, "Expresa tus deseos", pero no les ha parecido oportuno, así que me he tenido que meter en esto del rollito creativo, decidida a permanecer esta vez. Y tengo esperanzas: he conseguido no enfrentarme -aún- al tipo que lleva el taller, aunque varias cosas de él me cabrean:
a) Es un tío. Me joden los tíos en posición de poder (leches, ¡soy lesbiana!)
b) Es un salido (vale, como todos aquí, pero me cae mal, ea).
c) Y lo peor: ¿qué es eso de "expresa a tu creadora interior"? ¿Hablo yo a través de ella? ¿Habla ella y me callo yo? ¿Hablamos las dos? ¿Hablo con ella? Estoy confusa, y la culpa la tiene la gramática de este pollo.
Pero ohm.
Mañana es la tercera sesión.
He sobrevivido a la primera, que se nos fue casi enterita en recordar las normas básicas para las reuniones de C.A.: no intercambiar teléfonos, no tocarnos (ni a los demás ni a nosotros), no tener pensamientos lúbricos (o, si se tuvieran, no mostrarlos), no susurrar, no jadear, etc. Así dicho, bastarían cinco minutos para recordar las reglas, pero es decir "no jadear" y la tensión sexual de la sala se eleva hasta lo insoportable, con lo que tenemos que parar inmediatamente y comenzar una sesión de relajación profunda para poder empezar la tarea. Generalmente, con veinte minutos y varias bolsas de hielo podemos continuar, con alguna baja.
He sobrevivido también a la segunda sesión, y eso tiene mucho mérito. No es solo tener que alabar las creaciones de mis compañeros; no entraré en detalles porque realmente sufro al recordar. No es eso, no. Es él.
No sé cómo han puesto a este tipo de monitor en este taller. No parece pintor, ni escritor, ni músico, ni performador de na... sino segurata, sargento o funcionario de prisiones (quemado). Y no son solo su cabeza rapada y sus pantalones de camuflaje. Pero no quiero ser prejuiciosa; debe de ser un diamante en brutísimo.
Ya solo me quedan dos días para entregar mi poema. A ver qué cuernos me invento. Si tan solo no nos hubiera gritado "marchando a escribir una creación lírica, ¡ar!", con lo que me rebela la autoridad...
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