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Pabellón psiquiátrico núm. 13

>> 6 oct 2010

- Parece que van a dar de alta pronto a Lerendi.

- ¡Anda! ¿Ya está recuperada? Qué tía, todo el mundo habla de ella.
- Bueno, no sé si está recuperada o si sus médicos no pueden más. Pero lleva aquí bastante más de un mes y ya está bien, ¿no? Que no sabe más que dar por culo, la pobre.
- Eso es lo que quisiera ella.
Gómez se ríe de su propio comentario. Es una auxiliar de enfermería de corta estatura y mente, pero de brazos fornidos y escrúpulos escasos. Agarra por detrás a Saldaña, su compañera de turno y correrías, y se refriega contra ella mientras susurra “¡Más, más..!”, entre risas y jadeos. Saldaña la acompaña unos segundos en un grosero vaivén que acaba interrumpiendo con simulado pudor.
- Anda, deja, que como nos pille la supervisora...
- Como nos pille, se corre toa.
- Qué bestia eres.
- Bestia, pero a ti te gusta.
- Anda, déjame.
La joven auxiliar se intenta deshacer del abrazo. Gómez, repentinamente seria, la retiene con fuerza. Luego la mira, sonríe y la suelta.
- Uis, te dejo, te dejo, virgencita.
Saldaña le sonríe conciliadora.
- Es que aún me quedan cuatro del lesbiátrico por lavar. Y son las peores.
- Qué me vas a contar que yo no sepa. ¿También vas a lavar a la Lerendi?
- No, de esa se encarga la Bienpeiná.
- ¿La Bienpeiná? ¿La propia boss? ¡La leche! ¿Y eso?
- Le hace gracia. Dice que en todos los años que lleva en el 13, rodeada de salidas, nunca ha conocido una tan desesperada como esa. Por lo visto es un caso único.
- ¿Es verdad lo que se cuenta de su clítoris?
- Totalmente. Pero no debería contarte, ya conoces los derechos de las pacientes: su intimidad es secreto profesional.
Gómez suelta una carcajada y agarra a la desprevenida joven por un pezón. Se lo retuerce.
- ¿Quieres que le cuente a la boss un par de secretitos profesionales que compartimos tú y yo?
Saldaña la mira asustada.
- No.
- Pues habla, imbécil.
Saldaña se frota el pezón dolorido.
- Tiene una erección clitoridiana que no responde a  ningún tratamiento. Han tenido que llamar a una costurera para que le haga un ojal en las bragas, porque la mujer no soportaba la presión. Lo tenía en carne viva. Ahora lo sigue teniendo gordo, enhiesto y duro, pero menos morado, y al menos no lleva las bragas agujereadas de mala manera. La verdad es que la costurera ha hecho un trabajo primoroso, con una sencilla labor de punto de cruz alrededor del agujerito, que...
- ¿Me estás diciendo que esa tía está todo el día empalmá?
- Empalmada es poco, Gómez. Va todo el día como el acero. Con la medicación que le damos, que tendría que estar zombie, va tan estimulada como si se le hubiera aparecido la mismísima Angelina Jolie a comérselo gratis.
- Caramba, Saldi, que suelta te veo, con lo modosita que llegaste.
- Es que en ese pabellón se ve de todo. Pero yo soy la misma, ¿eh?
- La mismísima inocente corderita. Cuéntame más: ¿por qué la trajeron aquí, donde solo ingresan a las más tirás de las tirás?
- La encontraron vagando por las calles de un pueblecito almeriense, con la ropa casi arrancada, en un extraño estado alucinatorio. No conocía a nadie y apenas se entendía lo que hablaba. Babeaba muchísimo y ya entonces tenía esa gigantesca erección.
- ¿Y quién la trajo aquí?
- Unos policías locales jovencitos la ingresaron, después de rescatarla de manos de una pandilla de adolescentes que intentaron convencer a los polis de que se la regalaran. Querían montar un espectáculo con la que ellos ya llamaban la Superpipa. Le ofrecieron a los agentes compartir las ganancias, pero se ve que las nuevas promociones están formadas en derechos humanos y los policías se negaron. Se hicieron un vídeo con ella, lo colgaron en youtube y la dejaron en la puerta de la clínica una madrugada de agosto.
- Pues vaya ingreso.
- Se ve que estaban azorados. Y no era para menos. Aquello habría turbado hasta a la puta de Babilonia.
- Pero suelta que te veo, hija.
- Son referencias culturales, Gómez. Es que mi padre es muy de la biblia.
- Igualito que tú. Bueno, ¿por qué está así? ¿Esquizofrenia?
- No exactamente. Cuando llegó solo repetía, con una obsesiva cantinela, “sembrao de melones”.
- ¿”Sembrao de melones”?
- “Sembrao de melones”. Eso es todo lo que pudieron sacarle los médicos durante la primera semana. La tuvieron que tener atada todo ese tiempo, porque se estaba haciendo un destrozo en sus partes. No paraba de frotarse contra todo y meterse no te digo qué. Se ve que la pobre no tenía descanso, así que cuando la pillaron masturbándose con un consolador que se había hecho con un rodillo de amasar envuelto en varios estropajos de aluminio, hubo que pasar a aplicar las técnicas de contención más drásticas.
- ¿Medicación para elefantes, esparadrapo en boca, camisa de fuerza, manguerazos de agua helada y hostias a discreción?
- Entre otras cosas. Pero hasta la semana por lo menos no empezó a mejorar. A veces ya pasaban varios minutos antes de que repitiera “sembrao de melones”. Parecía reconocer a la gente. Más o menos al décimo día incluso sonrió.
- Joder, sí que estaba chunga.
- Por fin, con mucho esfuerzo y delicadeza, los médicos pudieron reconstruir el trauma que la postró en ese estado.
- ¿La muerte de un familiar agricultor, quizás?
- Qué graciosa, Gómez. Con lo mal que lo ha pasado la mujer... Pues no, no es eso. Parece que se había ido de vacaciones a la costa almeriense. Salió de la fonda en la que se alojaba y se fue a la playa. Se puso a andar por la orilla, sin agua, sin gafas de sol, a pleno mediodía...
- Y se insoló.
- No. Según cuenta, cuando llevaba ya más de una hora andando, se encontró sola en la playa ante una barrera hecha de cañizo en la que habían colocado un cartel muy raro.
- ¿Qué ponía en el cartel?
- Sembrao de melones. Prohibido hombres. Enter at your own risk.
- ¿Ein?
- Y ella pensó que había llegado a una comuna de feministas ecologistas extranjeras o algo así. Entró ligera, algo mareada por el sol, pero contenta. Y allí tuvo la visión. Ante sus ojos se extendían metros y metros de jóvenes mujeres desnudas, miles de ellas, con todas las alegrías al aire, en la mayor playa lesbonudista clandestina de toda la costa europea.
- ¡Hostias!
- Ella no sabe lo que le pasó. Dice que sintió como si el mundo entero girase a su alrededor, como si hubiese encontrado el sentido de la vida en un instante... Luego empezó a ahogarse y perdió la conciencia. Cuando se despertó, la erección ya estaba ahí.
- ¿Y dónde está esa playa? Podríamos darnos una vueltecita un finde de estos, Saldi. ¿Cómo lo ves?
- ¿La playa? Nadie ha podido encontrarla. Hemos llamado al ayuntamiento de Aguacaliente, pero dicen que en su municipio no hay playas nudistas, y menos de lesbianas.
- ¿Y los policías que la encontraron?
- No tienen ni idea. Los médicos, en su afán por ayudar a la paciente, hicieron una labor de investigación exhaustiva. Una comisión de cinco de ellos se trasladó al pueblecito a buscar la playa para conocer las circunstancias exactas que pudieron motivar el grave trastorno de Lerendi. Pero nada de nada. No hay rastro. Y eso que han alquilado un helicóptero, contratado guías locales, consultado google earth y  a reconocidas videntes...
- ¿Entonces?
- Han concluido que el delirio estuvo motivado por la visión de un puesto de melones especialmente lozanos en el mercadillo local del pueblo, en una paciente muy sugestionable porque llevaba años de castidad encima. No es que esa explicación convenza mucho, pero después de la visita al pueblo los médicos venían como muy frustrados y nadie ha querido preguntar más.
- ¿Y la van a soltar así?
- Dicen que ya no es un peligro para la sociedad ni para sí misma. Pero le han prohibido ir a la playa y entrar en fruterías. Y nada de mercadillos.
- Vaya.
- Bueno, le van a dejar llevarse las bragas bordadas.
Gómez mira lúbrica a su compañera. Susurra como una serpiente en celo.
- Hum, nena, ¿por qué no escamoteas una de esas braguitas y pillo yo un par de melones de la cocina?
Saldaña titubea.
- Pareces del 13, siempre pensando en lo único.
Gómez la mira, se relame despacio los labios y despide a Saldaña con un manotazo en el trasero y un “¡Hala, melona!”. 
La de esta noche va ser una guardia divertida.


***

Apenas a cien metros, en una estrecha habitación acolchada e insonorizada del pabellón 13, Leren piensa en la sección de frutería del Carrefour. Tiene la mirada ida y la sonrisa boba, pero se apresura a cambiar el gesto cada vez que oye pasos. De vez en cuando, se acaricia la entrepierna y susurra "mi tesoro".
Sabe que volverá.




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Angustias y el secreto

>> 13 ago 2010

Tiene unas manos perfectas. Oh, qué bien las usa.


Me recorre poco a poco, con una suavidad y delicadeza que me turban. Cada centímetro de mi piel, cada pliegue, cada rincón escondido.
Amo este ritual. Y eso que aún no sé que hoy seré otra para siempre.

Cierro los ojos, entregada. Solo lo lento de sus gestos, lo leve de su presión a veces me empieza a dejar frustrada, ansiosa, deseando decirle que me transite sin cuidado, que me apriete fuerte, que me tome decidida.
Pero no. Sin mirarme, sigue dibujando mi cuerpo, subiendo, bajando... Va y viene, y yo voy con ella. Me elevo, caigo... Y tiemblo. No, no tengo frío, le digo. Estoy bien.
Estoy en el paraíso. Sus manos –huesudas y finas, pero fuertes- toman mi cuerpo como si fuera la dueña del tiempo. Y aunque mis músculos se tensan bajo cada pasada, me abandono y me doy. Soy suya. 

Abro los ojos y veo que me está mirando, divertida. Te gusta esto, me dice. Me gusta, le digo. Y ahora sé que ella sabe. Acabo de abrirle las puertas de mi intimidad. Pero es que ella no es como las otras.

Ni como él.
Aquellas noches... Qué manos más toscas. Qué torpeza en sus caricias. Qué crudeza en su apetito. Y cuánta resignación en mi acatamiento. Cuánto miedo. Cuánto asco.
Matriz. Vagina. Eso era yo, la redoma para su semilla. Ah, y qué mal sembraba. Ahora lo sé.
Durante años aguanté las chanzas de mis vecinas. Dieciséis hijos dan para mucha mofa en un pueblo pequeño. Y mi silencio solo servía para alejarme de las otras. Me tomaban por altanera, pero lo que yo sentía era vergüenza y extrañeza. Ellas hablaban de sus hombres con bromas y sobreentendidos que yo no entendía. En el río, lavaba aparte y agotada aquella condena de ropa de mi dueño y sus vástagos, expulsada de entre las mujeres, ignorante del secreto que ellas compartían y que les alegraba la vida, llenando sus ojos de brillo y sus bocas de risas. Yo volvía a casa con una sombra. Me sentía rara, vacía, ajena. Entre todos, sola.

Y al fin libre. Porque él –sus ojos mezquinos, su piel áspera, su aliento acre- murió hace años. Y ahora estoy loca y feliz.
Aquí, entre sus manos, ya no soy matriz ni redoma. Ya he descubierto el enigma de las mujeres. Porque ella, con infinito cuidado, roza mi vulva, la palpa, la toca, y siento el líquido cálido que vierte. Y el líquido cálido que vierto y que me sorprende. Y le pregunto qué me pasa y me dice solo una palabra.
Placer.
Sus labios apenas entreabiertos han susurrado –pla-cer, dos sílabas de seda en su boca, la lengua demorada tras los blanquísimos dientes- y me ha conmocionado. Era esto. Este estremecimiento, esta necesidad de fundirme con ella, de agarrar sus manos y tomarla y que me tome y que me desate y me libere de mí. Esto es placer. Este es el secreto.

Calma –me dice-, no pasa nada. Sí pasa. Estoy desnuda por dentro y por fuera. Y esta mujer joven me está revelando en mi cuerpo el misterio del mundo, de la risa y de la sangre.  Agarro con mis manos artríticas sus morenos brazos nervudos -¿qué será ese dibujo que lleva tatuado en el antebrazo derecho y que en mi éxtasis apenas distingo, las lágrimas fluyendo sin daño?-, mientras entra en mí y me mareo y suspiro y grito. Soy una vulva y una vagina que late, se dilata y se contrae. Sin él. Sin ellos.
Me penetra. Me entrego. Estallo.
Al final, estoy serena, limpia. Me mira con ternura. Le sonrío. Aún no puedo hablar. Me cubre con la ligera sábana, corre la cortina, me besa y se marcha.

Cuando me pregunta por la nueva, no dudo un instante. Que sea esta, le digo. Es la mejor auxiliar que ha aparecido por aquí en años. ¿Y cómo se le da el aseo y poner enemas?, me pregunta. Muy bien, le digo, es muy suave y cuidadosa. No busques más, ella es perfecta. Y me despido apresurada porque ese líquido que me sacó antes Trini y que empapó la esponja me está rebosando ahora del pañal y he de correr a buscarla. Ya terminaré de convencer a la dire mañana. Total, como las demás ancianitas están mucho más gagá que yo, a mí me suele escuchar y tener en cuenta. Cuando no juego, claro está, la baza de mi demencia senil, tan, tan útil. Las ancianitas locas, ya se sabe, no podemos asearnos solas. A partir de ahora, que me lave Trini, que me estoy volviendo dependiente y las demás auxiliares no lo saben meter.
El enema, digo, querida directora.



***

Extraído de entre los documentos remitidos a la Consejería de Asuntos Sociales para el traslado a otra provincia y residencia de Angustias Mendi González, a solicitud de Jacinta Funes Pi, la directora de la Residencia de Mayores Virgen de los Desamparados en su Transiente Dolor, de Villaluenga de Brabante, en octubre de 2009. La petición se cursó por vía de urgencia, sin el preceptivo trámite de fundamentación.
La auxiliar Mª Trinidad Buendiós del Río fue expedientada.
Tita Angustias sobrevivió cinco meses al traslado, sin llegar a cumplir los ochenta. Según me dijeron los responsables de su última morada, apenas hablaba con nadie y se pasaba el día meditando y suspirando, contemplando el mar sin horas. Pero parecía feliz, me tranquilizaron. Y de eso estoy segura, porque aunque llevaba años sin escribir con su manos enfermas y su irregular caligrafía, me dejó esta nota final: “Leren, querida sobrina, he visto la luz. Ahora entiendo”. Y añadió: “Estos días azules y este sol de la infancia”. Eso ya no lo entendí yo. Pero es que mi tía siempre fue muy rara. Me consuela pensar que el alzheimer fue misericordioso con ella, pues murió sabia y en paz. Eso me digo cuando miro la urna de sus rosadas cenizas en mi estantería Billy, que decoré con el escudo del colegio oficial de las auxiliares de clínica de Brabante: en campo de gules, león de sable rampante con escupidera de plata engolada. Creo que le habría gustado.
De mis primos, que rechazaron hacerse cargo de las pertenencias y las exequias de mi tía, nada sé.

DEP, tita. Que tatuadas huríes eternamente te laven.

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Prohibido enamorarse en la adolescencia, o de los riesgos del amor total

>> 5 jun 2010

Hace años amé.

Enamorarse en la adolescencia es peligroso. Dos adolescentes lesbianas que se enamoran lo hacen con una intensidad tal que arrasa con su cordura. La pasión se rebela, asume riesgos, desafía prohibiciones. Pero, ¿y qué importa eso cuando se tiene el mundo?

Yo me enamoré. Ella se enamoró. Qué terrible mala suerte.
Enamorarse en la adolescencia es fatal. El amor correspondido toma el corazón joven y escribe en cada una de sus fibras “yo, el amor, soy así, y solo así”. Y el corazón latirá feliz y loco, creyendo intuir el secreto de la vida. Porque ama y es amado. Pobre.
Pero lo inconcebible sucede. El tiempo pasa al amor total: lo transmuta, lo diluye, lo acaba. A pesar de eso, el corazón queda atado por sus propias fibras, que le recuerdan que el amor, el amor verdadero, es así y solo así.
La amante seguirá intoxicada por la pasión. Se dejó clavar sus garras en el pecho y es llevada por los aires, sobrevolando tierras, personas, mujeres. Ve el mundo desde lejos y se abandona. No volverá a sentir por otra. En un corazón, se dice, solo cabe un amor total.
Ninguna otra agua apagará su sed.
Sea.

Pero no será.
La amante total vive; trabaja duro y se llena con cerveza, televisión y alguna lectura. A veces folla, con placer pero sin entrega. Escucha hablar a otras mujeres de amor y se siente por encima. No hablan de amor total. Y las conversaciones sobre el sexo le aburren, cuando no le molestan.
No siente que lo haya perdido todo. La vida ha llegado a ser agradable.
Una noche, en uno de los baretos de mujeres que frecuenta, se le acerca una morena algo mayor que ella. Es atractiva, aunque su cara delata lo mucho y malo vivido. Beben y hablan hasta el cierre del bar. La amante se extraña de cuánto vodka puede llegar a tomar sin perderse. Ya fuera, la morena le da un teléfono. “Llama cuando estés lista”, le dice, “Yo no sé si estaré, no siempre puedo”. Sus labios le sonríen, pero sus ojos son tan negros... Le devuelve el ligero beso y tiembla. “A casa”, se dice, “que hace mucho frío para andar de juerga”.

Un año después encuentra el teléfono en la chupa de cuero. Los cambios de estación y de ropa siempre le traen sorpresas. Como a veces toma las casualidades por mensajes, decide llamar. Le responde una voz dulce, que le dice que ha tenido suerte: en dos semanas habrá un encuentro. Apunta lugar, fecha y hora, divertida e intrigada.
Llega el día. No sabe mucho de ellas. La morena le dijo que era un club privado, solo para mujeres solitarias. No quiso decirle más. Ahora le cuentan que se reúnen en los solsticios, en una casa en lo alto de una montaña. En coche tardarán unas tres horas. Luego hay que andar casi una hora más desde la carretera.
Son unas quince mujeres, que caminan en absoluto silencio en la oscuridad. A la amante le asustan los sonidos del campo, que no reconoce. No se atreve a preguntar nada, aunque le calmaría una voz humana que tapara el sonido del viento, el crujir de las ramas secas, el ulular de los búhos, o de los mochuelos, o de lo que quiera que sea que las va siguiendo cuesta arriba. Se obliga a dominarse. Se ríe de sus debilidades de urbanita y se recuerda que le han prometido un encuentro especial. Tiene curiosidad. Y ya han llegado.

Se había dicho que estaría abierta en el encuentro, así que no pone trabas cuando la dueña de la casa, una anciana alemana que las recibe en la puerta, le pide que se desvista y se ponga una túnica blanca. Aunque teme que la cita derive en un rito espiritualoide, sigue empeñada en no cerrarse, así que deja su ropa secular y se cubre con la sobria prenda. El efecto es inmediato; ya se siente serena.
La mujer la conduce con las otras a una sala iluminada por gruesos cirios. Sus compañeras visten túnicas naranjas y rojas. Solo una viste una túnica carmesí. Es Greta, la anciana.

Suena una percusión grave, lenta. Cada mujer se dirige a un pequeño altar. Ella espera sin saber qué hacer. No está segura de si ha sido una buena idea venir, pero entonces Greta la toma de la mano y la lleva hacia una esquina. Señala el altar vacío. “Este será el tuyo”, le dice, “si pasas la prueba”. Antes de que pueda preguntarle, una mujer de túnica roja la conduce con las demás al círculo. Le sonríe y eso la tranquiliza de nuevo.
Están tomadas de las manos. Una mujer de naranja se sienta en el centro y empieza a hablar. Cuenta la historia de su amor, con pasión, con detalles. Todas parecen conocer cada palabra. Termina su letanía y muestra un amuleto extraño, que pasa de mano en mano. Cuando vuelve a ella, se yergue, se dirige a su altar y canturrea un mantra. El amuleto se une a las otras ofrendas. La mujer ha renovado su voto.
Una a una, de naranja a rojo, se cumple el rito. El color de la túnica parece señalar la duración y pasión del amor mantenido. Al fin, solo queda Greta. Ocupa el lugar. Cesa la percusión. Durante una hora las contempla en silencio. Las demás mujeres la miran y lloran. La mujer a la izquierda de la amante le aprieta demasiado fuerte la mano, pero no se atreve a romper ese momento de comunión.
El amor total de Greta debe de estar más allá de las palabras. Solo la amante no la oye.

La anciana se levanta y vuelve a su sitio. Desde allí, con un gesto suave le pide que se siente en el centro. Cuando la amante se ha sentado y está totalmente inmóvil, vuelve a sonar la percusión, más rápida. Tiene la boca seca. No quiere estar ahí.
“Habla”. No advierte quién da la orden. No se resiste y empieza a soltar palabras. No tiene que pensarlas. Lleva años diciéndose su amor total con las mismas palabras absolutas. Se las conoce de memoria. Y si no las recordara, no importaría: son las mismas que han ido diciendo las mujeres de naranja y de rojo. Todos los amores únicos, todos los amores totales. Todas las mismas palabras. Todas iguales.
Cuando termina de recitar su amor total siente alivio, pena o quizás vacío. Pero no le da tiempo a entender sus emociones, porque ya una de las mujeres de rojo le anuda la muñeca derecha con un lazo naranja, mientras Greta le hace una señal en la frente, al tiempo que todas dicen “Bienvenida, amante Lerendi”. Ha pasado la prueba.

Se rompe el círculo. Las mujeres salen de la sala y vuelven con ligeros futones para cubrir el suelo de madera. Ahora la música es penetrante y embriagadora.
Unas a otras, se van desnudando, tomando las túnicas para cubrir sus altares. Solo Greta y la amante permanecen cubiertas. Todas las miran. Greta se coloca junto a su altar, el mayor, y la amante es conducida a ella. La anciana toma sus manos y hace que coja su túnica carmesí, mientras empieza a despojarla de la leve tela blanca. La amante comprende que debe hacer lo mismo con Greta, pero no puede. El deseo de las mujeres está sobre ellas, la música la marea y esas manos ajadas y ese cuerpo viejo le producen repulsión. La aparta de sí con violencia y sale corriendo. Encuentra su ropa y la salida.
Por el camino, por el que corre aunque sabe que nadie la seguirá, va disfrutando del sonido del viento, del ulular de los búhos, del crujido de las ramas, del contacto de sus vaqueros y del peso de sus botas de trekking. Y sobre todo disfruta del grito de “¡hijaputa!”, que con un arrabalero acento alemán la sigue hasta la puerta y más allá, y que la saca del trance y la deja acá, curada de penas, espanto y amores totales.

Hace años amé, pero ya se me pasó.

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Primer amor

>> 16 may 2010

Antes de enamorarme por primera vez ya había oído aquello de que el primer amor es para siempre.
Para siempre.

Qué poco me importaron aquellas palabras entonces. Como cualquier niña buena de finales de los sesenta, me limitaba a respirar sin llamar la atención y a escuchar lo justo para cumplir órdenes diligentemente. Aquella máxima, en aquel momento, no parecía ni orden ni importante. Pero se grabó y se cumplió. Vaya que sí.
Aún no he encontrado el delete.

Era muy joven cuando me enamoré por primera vez. No comprendo cómo pudo pasar, no entonces, no allí. Acudía cada mañana a las ocho, charlando alegre con mis compañeras a lo largo del camino. Al llegar, bajábamos del autobús en silencio mientras los perros nos ladraban furiosos. Ahora no entiendo para qué los tenían allí, atados. De pequeña no me hacía preguntas. Me limitaba, como todas, a pasar lo más lejos posible de las fieras. Año tras año, nos seguían gruñendo; año tras año, nos seguían dando pavor. Como ellas.
Cuando la verja chirriaba sobre sus goznes ya habíamos entrado en el estado hipnótico requerido para sobrevivir. La vida quedaba fuera. A la entrada, ningún lema advertía sobre el interior, pero habrían podido tomar prestados el eickeano “El trabajo os hará libres” o quizás mejor el dantesco “¡Oh vosotros, los que entráis, abandonad toda esperanza!”.

Y sin embargo, allí, en el infierno, conocí por primera vez el amor.

He confesado en este lugar debilidades que me avergüenzan y he pagado un precio terrible por ello. Aún estoy respondiendo correos de lectoras que me afean mi debilidad por los bomberos, acusándome de ser una falsa lesbiana. ¿Qué decir? A veces yo misma me acuso. Otras me exculpo, acogiéndome al socorrido “quién esté libre de pecado, que tire la primera piedra” y, alabado sea el señor, no me ha llegado ninguna. Será el antispam.

Pero ya divago. Quizás es que no quiero recordar. Quizás busco el exorcismo y lo temo. Pero no he de callar. Confesaré y que salga el sol por do quiera.

Yo, la casta Leren, me enamoré en mi colegio de franquistas monjas. Adoraba su cabello rubio, sus rodillas sin postillas, el donaire con que llevaba su babi inmaculado. Cada día, sin falta, corría hacia mí para compartir su bocadillo de nocilla y yo colocaba mis labios donde...
Donde él los había colocado.
Se llamaba Pablo. Teníamos cuatro años y me enamoré locamente. De un niño, sí.
Fueron ellas, las monjas, las culpables, creando la tentación, permitiendo que la guardería del colegio fuera mixta. Pero al cumplir los seis, ay, llegó la enseñanza segregada y con ella nuestra separación. Qué desgarro y qué hambre sentí tras su partida. No sabía si me dolía más el corazón o el estómago. Mis ojos lloraban, mi boca gemía, mis tripas rugían, pero tanto desconsuelo en una inocente infanta no halló eco. Los perros y las monjas siguieron gruñendo, la verja chirriando, mas yo nunca volví a ver a Pablo.
Tampoco he vuelto a comer nocilla. Demasiado pesar.

Pasaron los años. Completé mi educación rodeada de alumnas y monjas. Mujeres, mujeres, mujeres. La naturaleza, en fin, siguió su curso. Comenzaron a gustarme las de mi propio sexo. Qué caramba, comenzaron y terminaron gustándome mucho, muchísimo. Incluso amé a alguna y alguna me amó. Pero no he olvidado a Pablo.

A pesar del tiempo, Pablito, aún te recuerdo. A veces pensé en contratar a un detective pero no tenía un duro, ni valor. Ahora, en la era internete, he fantaseado con encontrarte un día en facebook, pero no sé cómo. Ninguno de los pablos que veo en la página de fans de nuestro ex colegio tiene tus cabellos angelicales (de hecho, todos están calvos) y ninguno muestra las rodillas en sus fotos de perfil ni su afición por la nocilla entre sus membresías de grupo. Ya he abandonado la esperanza de que tú hayas atesorado mi recuerdo como yo el tuyo. Sí, mejor así, por siempre olvidada. Me da miedo entrar en FB algún día y encontrarme en mi muro que un tal Pablo (ideología política: derechas, creencias religiosas: ogrus dei, casado con: Piluca) solicita mi amistad con este mensaje privado: “¿Tú eres la Leren que en su hambruna atacaba mi bocadillo cada recreo?”.
Porque lo cierto, Pablo, es que tú tenías vocación de médico sin fronteras y por ello me alimentabas a diario, me curabas mis marimachas postillas, besabas mi frente calenturienta... pero no me amabas. Nunca me amaste, Pablo, imbécil, primer amor mío de los cojones. Y heme aquí con lo de los bomberos y con lo tuyo, sin saber si soy una lesbiana congénita, o solo otro producto sáfico made in monjas. Si alguna vez tuve o tendré una pizca de libre albedrío.

Pablo, delete, delete, delete.

Porque si te consigo borrar a ti, Pablo, algo me dice que aquella orden que creí máxima se borrará al fin, y tras de ti irán otros nombres.
De mujer, Pablo. Borraré ya solo nombres de mujer.
Uno, otro, otro.
Delete, delete, delete.

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Tuyo es el mundo, clienta

>> 4 may 2010

- A la Avenida de José Antonio.

Empezamos bien.
Acabo de coger el alta, después de cinco meses de tv, twitter, facebook, chocolate, cerveza trastorno ansioso-depresivo y conduzco resignada por las calles de Remoria, una ciudad, como todas las españolas, en recesión y en obras, lo ideal para el taxi. Son las doce y media de la mañana. Normalmente saco el toyota priapus a las seis, tras desayunar con Patroclo, pero hoy he salido a las diez y pico.

Recuerdo el día en que lo conocí. Begoña, nuestra jefa, me lo presentó hará casi un año.
- Este es Patroclo. Va a hacer la noche.
- ¿Y el Piernas?
- Al Piernas lo he echado porque era ligerito de manos. A ver si os aplicáis el cuento los demás.
Patroclo nos mira y no abre la boca. Es moreno, bajito y guapetón. Pobre, no sabe dónde ha caído. Le sonrío.
- ¿Patroclo? ¿Tú eres el colega de Aquiles?
El chaval me mira extrañado. No debe de tener más de veintidós o veintitrés años.
- No, a este me lo han recomendado en la peña. No veas cómo le ha dejado el jardín al Conrado. Y por tres duros. Como no tiene papeles todavía...
- ¿El poli ha contratado a un ilegal?
- Es madero, pero no tonto. El chico curra que no veas, es barato y no da por culo.
- Pero ¿y el permiso de trabajo?
Begoña me mira con su desprecio acostumbrado, como si yo fuera una ignorante o una cagueta. O las dos cosas.
- Qué permiso ni na. Si hay algún jaleo, el Conrado se encarga. Pa eso está.
Y con una alegre colleja en la nuca del nuevo, se despide, camino de su primer aguardiente.

No, hoy no he desayunado con Patroclo, en esa media horita de camaradería que compartimos al acabar él su turno y empezar yo el mío. Hoy no he tenido ovarios de levantarme a las cinco y media, tras tantos meses de hacerlo cuando me salía del alma. Hoy, para arrancar mi triste y casto cuerpo del solitario lecho, he tenido que recurrir a:

  • Visionado de dos informativos
  • Visionado de una hora de dibujos animados infantiles
  • Práctica de media hora de meditación (mantra ‘I-can’)
  • Baño con hojas de lavanda, a oscuras y con música chillout
  • Elección de ropa según criterios cromoterápicos (no debí deshacerme del uniforme)
  • Amuleto indígena con cordoncillo consagrado por chamán converso
  • Dos bolsas de cartón tamaño hiperventilación (la segunda para la guantera)
  • Dos valium 10
  • Tres palmeras de huevo

Y he salido al mundo exterior. Las primeras dos horas he conducido en ocupado: no podía aguantar la idea de tener que relacionarme con nadie. Cuando he estado lista, he tirado para La Rosaleda, el barrio con más clientes por  m2. Y allí me ha parado esta tipa, que no me deja ni bajar bandera cuando ya está repitiendo impaciente:
-A José Antonio.
Mi primera clienta en meses es una veinteañera preconstitucional. Qué suerte la mía.
- ¿A la calle del Pez Demócrata, dice?
- Ofú –refunfuña- Tú llévame.
Tuteo encima. No, no hemos empezado bien. Con un chirriar de ruedas hollywoodense, saltándome la doble continua para cambiar de sentido, dejo a la niñata pegadita al asiento de atrás. Si me pillan, que me pillen, me digo, pero hoy no tengo paciencia con las bordes.
- ¡Guau, qué chulada, tía!
¿Cómo? ¿Eso es a mí? Miro por el espejo retrovisor interior y compruebo que no está hablando por el móvil. La de veces que habré contestado palabras que no eran mías...
Agarrada a su bolso, me sonríe admirativa. Solo se ha despeinado un poco.
- ¡Qué bien conduces!
Vaya, de repente no me parece tan niñata.
- ¿Te ha gustado?
Me oigo decir eso y la cabeza se me va a otro tipo de escenas, pero vuelvo en mí enseguida. Reformulo.
- ¿No te has asustado?
- ¡Qué va! ¡Me ha encantado! Conduces genial para ser una chica.
Aguanta la pedrá. Mi mano derecha hace amago de abrir la guantera. “No estás recuperada, Leren”, me digo, pero pienso en el Dr. Maligni y me domino.
- Las chicas conducimos mejor que los chicos.
- Claro, ya lo sé.
Me ha descolocado.
- ¿Entonces?
- Que solo lo hacemos cuando no están ellos, si somos listas.
- ¿Qué quieres decir?
- Bueno, tú deberías saberlo. Una chica que conduce mejor que un chico... vaya, como que no se come nada.
- ...
- A ver, ¿tú no tienes problemas para ligar?
Joder, pero qué lejos me parece la calle del Pez Democrático. Para colmo, un camión de la basura tapona la vía, a estas horas indecentes para él.
- ¿Qué, tú ligas mucho? –insiste con retintín.
Alguien debería haberle enseñado a esta muchacha un respeto hacia sus mayores. Y a interpretar un silencio cerrado.
- Bueno, ligar ligar, no ligo mucho...
Ea, está dicho. Sin oponer apenas resistencia, le he confesado mi castidad a una niñata desconocida.
- ¿Lo ves? Es que los tíos se siente amenazados por una tía como tú.
- No sé yo si es eso...
Me pregunto cuándo va a circular el puto camión. Ni que tuvieran que reciclar in situ. Por fin, con un ruido tremendo y un olor aún más tremendo, el camión se pone en marcha. Y tras él, yo, que arranco justo en el momento en el que la niñata rubia (¿teñida?) consigue colarse en el asiento del copiloto y cerrar la puerta. Adiós alivio.
Miro de soslayo a la guantera. Me contengo. Otra vez.
- Con un tío nunca me siento delante.
- Claro.
Me pongo más nerviosa aún. Fantaseo con la idea de que se haya olvidado del tema. Inicio una conversación sobre las persistentes lluvias, pero me interrumpe. Juraría que es el modelo inspirador de la niña repelente.
- Entonces, si no es por eso, ¿tú por qué no ligas? Total, no estás tan mal.
En este punto, omito la índole de mis pensamientos. No quiero añadir más violencia a un mundo ya violento.
- Bueno, es que yo...
La miro de reojo y veo que me está mirando con interés. ¿Me habré equivocado con ella? Quizás es que esta generación es así; es su forma de hablar y de relacionarse. A lo mejor lo de que no estoy tan mal no es conmiserativo, sino apreciativo. No sé...Y además la chica tiene unas piernas de vértigo. Bendita falda.
- Venga, mujer, cuéntame -me anima.
Pero no me atrevo.
- Es que yo...
Y me callo.
- ¿Tú qué?
- Yo es que no ligo con tíos porque soy... soy... feminista.
Leren, eres una cobarde.
- ¡Ja, así te va! ¡Feminista!
Me defiendo sin mucha convicción.
- Sí, feminista, ¿qué pasa? ¿A los de tu generación no os han enseñado igualdad y eso?¿Tú no eres feminista?
- ¿Feminista yo? ¿Tú de qué vas, tía? Yo no soy feminista, yo soy fe-me-ni-na. Y ligo un montón, ¿sabes?
Y con esa original declaración de principios adornada con una vocecita de nena en celo, me dice que me quede con la vuelta, los quince céntimos que sobran de esta, mi primera carrera, que por fin por fin por fin ha llegado a término.

Estaciono en la primera parada que encuentro. No saludo. Con el piloto apagado, cierro la ventanilla y silencio el móvil. Saco la bolsa de cartón. Respiro. Cuando me recompongo, arranco y me dirijo feministamente a casa. “Yo no ligaré, pero por lo menos no estoy lobotomizada”, le espeto desafiante a los asientos callados. Lo repito cada vez más alto. Algunos conductores me miran. Paso. Al llegar, llamo a tres amigas, una detrás de otra, para lloriquearles y que me reafirmen. “Bah, Leren”, me dicen, “no lo pienses más. Esa tía es una niñata facha y tú eres una mujer de una pieza".

Me pregunto qué será ser una mujer de una pieza.
Y me acuerdo de sus piernas. Y no hallo consuelo.

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Del delito famélico y la segunda muerte

>> 11 abr 2010

Me queda bien el color naranja.

Avanzo.
Hum, preferiría que el mono fuera algo más ajustado en la cintura, y las esposas más sueltas. Arrastrar las cadenas de los pies con mis zapatillas de meditación tampoco es cómodo pero, tras un par de delicados tropiezos, me las arreglo para caminar con soltura.

"¡El Pueblo contra Lerendi Mendi!", truena una voz, y ya no distingo las palabras que emite alguien que no es dios, pero se le parece. Estoy en trance, más allá del temor, más allá del bien y del mal. Más allá, vamos. (Juana de Arco, aprende).

Respiro hondo, serena. Tengo mi defensa legal preparada. La ley es mi pastora, nada me falta. Sí, me abalancé sobre Megan Foxy. Sí, robé su contacto. Sí, le robé un beso (ha presentado cargos por 47 besos, pero solo fue un continuum, un beso feng-shui de tres minutos que buscaba el equilibrio espacial: no dejar zona alguna desatendida).

Es mi momento. ¿Tengo algo que alegar en mi defensa?, inquiere sub-dios ¡Pues claro! Pienso en el horror insuperable de mis más de 2500 días y noches de castidad y grito, tragiquísima:
- ¡Delito famélico! ¡Delito famélico, señor juez!
(Aprende, Nuria Espert).

Pero, ay, el orondo juez Straighton no entiende de tragedias. No entiende nada y de nada. Su rostro es severo.
- Señor juez, lo he leído en El Rincón del Vago (una fuente muy solvente en mi país):  "En el hurto famélico no hay delito, porque el que estaba por morir por hambre hurta porque hay una necesidad extrema de sobrevivir. La violación de un derecho ajeno no es delito porque se justifica que con esa violación se salva otro bien más importante: la vida del ladrón". Yo, señoría, estaba en peligro de muerte.
Su rostro se endurece. Más. No empatiza. Su hambre solo es una. Insisto, plañidera, humilde. No las tengo todas conmigo.
- He robado, señor juez, pero ha sido por hambre.

"Tenía necesidad. Estaba en riesgo de extinción...", salgo lloriqueando en mis primeros pasos hacia la prisión de Butchland, donde he de cumplir una condena de 47 años en el corredor de la muerte de asco.
Mi mono naranja apesta. Me han despojado de mi moleskine y de mi vibrador de bolsillo (era de comercio justo, joder) y me han dado unas compresas ladypena y una biblia de los gedeones, algo manchada. No quiero pensar.

Llegamos bien entrada la noche. En los oscuros y estrechos pasillos distingo apenas a varias reclusas amenazantes, que se agarran a las rejas y ululan a mi paso. "¡Carne fresca!", aullan algunas. Son muy grandes, muy fuertes, muy velludas. Muy... famélicas.

No sé cómo me he colado en una pesadilla de san Juan de Patmos. Los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, y los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la segunda muerte. 

"Bienvenida a Butchland, Leren", me susurra al oído la carcelera del corredor Revelation 69. Su voz de orco en celo me deja paralizada. Recuerdo las ladypena y entiendo. Me tumbo en el catre. Acaricio a la cucaracha que se planta en mi pecho. Espero.

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Severino, el lírico

>> 2 mar 2010

Nos tienen entretenidos.
Estos de Castos Anónimos (ya contaré un día cómo me metí aquí) han montado un tinglado curioso con el pretexto del desarrollo personal. Nos obligan a permanecer apuntados a al menos un taller de la asociación, así que he decidido probar con el de "Expresa a tu creadora interior".

No las tengo todas conmigo, ay. Necesito poder aguantar, porque se me están agotando las opciones después de ser expulsada de "Expresa tus emociones" (la expresión de mi ira no pareció gustarles), "Exprésate con el baile" (insistí en que bailar de lejos no es bailar, pero ni caso) y "Exprésate a través de la cocina" (me indignó que prohibieran el marisco sin argumentos serios).

Pedí organizar yo un taller, "Expresa tus deseos", pero no les ha parecido oportuno, así que me he tenido que meter en esto del rollito creativo, decidida a permanecer esta vez. Y tengo esperanzas: he conseguido no enfrentarme -aún- al tipo que lleva el taller, aunque varias cosas de él me cabrean:
a) Es un tío. Me joden los tíos en posición de poder (leches, ¡soy lesbiana!)
b) Es un salido (vale, como todos aquí, pero me cae mal, ea).
c) Y lo peor: ¿qué es eso de "expresa a tu creadora interior"? ¿Hablo yo a través de ella? ¿Habla ella y me callo yo? ¿Hablamos las dos? ¿Hablo con ella? Estoy confusa, y la culpa la tiene la gramática de este pollo.

Pero ohm.

Mañana es la tercera sesión.
He sobrevivido a la primera, que se nos fue casi enterita en recordar las normas básicas para las reuniones de C.A.: no intercambiar teléfonos, no tocarnos (ni a los demás ni a nosotros), no tener pensamientos lúbricos (o, si se tuvieran, no mostrarlos), no susurrar, no jadear, etc. Así dicho, bastarían cinco minutos para recordar las reglas, pero es decir "no jadear" y la tensión sexual de la sala se eleva hasta lo insoportable, con lo que tenemos que parar inmediatamente y comenzar una sesión de relajación profunda para poder empezar la tarea. Generalmente, con veinte minutos y varias bolsas de hielo podemos continuar, con alguna baja.

He sobrevivido también a la segunda sesión, y eso tiene mucho mérito. No es solo tener que alabar las creaciones de mis compañeros; no entraré en detalles porque realmente sufro al recordar. No es eso, no. Es él.
No sé cómo han puesto a este tipo de monitor en este taller. No parece pintor, ni escritor, ni músico, ni performador de na... sino segurata, sargento o funcionario de prisiones (quemado). Y no son solo su cabeza rapada y sus pantalones de camuflaje. Pero no quiero ser prejuiciosa; debe de ser un diamante en brutísimo.


Ya solo me quedan dos días para entregar mi poema. A ver qué cuernos me invento. Si tan solo no nos hubiera gritado "marchando a escribir una creación lírica, ¡ar!", con lo que me rebela la autoridad...

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