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Telón

>> 15 nov 2010

Españolxs (1), Leren ha muerto.


Como albacea (2) de Lerendi Mendi, es mi triste deber comunicar esta noticia que, aunque alegrará a muchos, puede que entristezca a alguno. Lerendi, en fin, no ha remontado la cruel enfermedad mental que le sobrevino este verano y se ha quitado la vida por su propia mano. Aunque es incorrecto expresarlo así. Para ser exacta, diré que Lerendi se ha suicidado siguiendo el rito samurái. No creo que esté faltando a su privacidad al relatar sus últimos momentos. Hay algo de teatral en la manera en la que Lerendi ha dejado este mundo, por lo que imagino que ella no se opondría a que yo compartiera su escena final. Al cabo, es evidente que era una pobre mujer exhibicionista. Este blog es una muestra clara.

Por lo que hemos podido saber por las pesquisas de la policía y de la abajo firmante, Lerendi pasó su última tarde y noche bebiendo en el bar Curro. Allí ya les extrañó ligeramente verla entrar vestida de karateka pero, acostumbrados a su excentricidades y a su mala baba, se abstuvieron de preguntarle si estaba disfrazada para la noche de Halloween. Ella, sin embargo, alardeó de que se había levantado la equipación (tales fueron sus palabras) en el hipermercado de seis plantas que han abierto recientemente unos emprendedores chinos a las afueras de Remoria. Estaba eufórica, nos contaron los camareros, invitando a los parroquianos a mantecados y anís al grito de “¡que no falte de na!”. Según relató una amable y observadora viejecita, su semblante solo se ensombreció cuando un escolar de apenas diez años, señalando el cinturón amarillo que fajaba a Lerendi, le dijo que él ya iba por el naranja. Quizás aquello no fue delicado, pero era solo un chiquillo, dijo la anciana. A partir de ese momento, y agotado ya el anís, el pacharán y el licor de bellotas extremeñas (3) en el local, Lerendi se ajustó el karate-gi, localizó una de sus sandalias y haciendo acopio de un resto de dignidad, salió del bar sobre la medianoche, manteniendo una cierta verticalidad.

No sabemos lo que hizo entonces. La autopsia ha confirmado que pasaron varias horas hasta el momento de su muerte, sobre las seis de la mañana del día de los Fieles Difuntos. No hay que pensar demasiado para comprender por qué escogió ese día. Lerendi era algo peliculera y se las daba también de sensible y simbólica. Se creía una persona culta, la pobre (4). Quizás por ello la encontraron en su dormitorio -un lugar inusual para cometer haraquiri- aún aferrando en su mano derecha el jisei que había compuesto para la ocasión. No me lo pidan, por favor: no voy a hacer público aquí su poema de despedida. Al estar escrito con lo que el forense ha identificado como sangre menstrual (5) de la difunta, las letras, trazadas a dedo, son apenas legibles. Lo poco inteligible no tiene, por otra parte, valor literario o espiritual alguno. No podía ser de otra manera, conociendo a su autora.

Un suicidio ritual a la samurai no es una frivolidad. Hay que tener un motivo honorable, en primer lugar. Dudo de que Lerendi tuviera nada honorable, en ningún sentido. En mi opinión, se quitó la vida porque llegó a comprender con claridad que jamás saldría de su castidad. Su único consuelo, sus sueños de grandeza literaria, sufrieron un tremendo descalabro cuando Susi (6) resultó ser la elegida en el taller “Expresa a tu creadora interior” de Castos Anónimos. Tras ese golpe a su soberbia autoestima, la que se sentía un genio no reconocido apenas volvió a aparecer por la asociación. No es que la echaran de menos tampoco. Ahora reclaman sus cuotas impagadas (7). Qué insensibles.

No entraré demasiado en la cuestión equipación. No tengo tiempo (8) de entrar en Google Imágenes para comprobar hasta qué punto Lerendi fue fiel a la vestimenta ritual requerida. Sin embargo, estimo que Mishima, un suponer, no habría usado un karate-gi robado en una tienda de chinos del extrarradio. Pero no hemos de ser duros con Lerendi: los tiempos y estándares han cambiado.

Qué decir del arma... En consonancia con la calidad y heterodoxia de su atuendo, podríamos imaginar que la finada se abrió el abdomen con un cuchillo jamonero o similar. Pero no. Lerendi contaba desde el verano con el arma asesina suicida: su propio clítoris. La inflamación que siguió a su supuesta visión en la playa melonera nunca remitió. Según la reconstrucción del becario forense, Lerendi solo tuvo que sentarse sobre una ajada jarapa de ikea en la postura del loto (en la medida de sus rechonchas posibilidades) e inclinarse hacia delante, meneándose un poco hasta perder la consciencia y la vida. El acerado clítoris le atravesó útero, páncreas, hígado, vesícula, apéndice y ambos pulmones. La punta quedó finalmente alojada en el corazón de Lerendi, arrancándole su último aliento. La infortunada expiró atravesada como un pinchito moruno.

Por cierto, la decapitación final que ha de acompañar al seppuku no se llevó a cabo. Como he dicho, ha sido un ritual muy poco serio, cometido en plan amateur total. Pero, bah, qué otra cosa podía esperarse de la interfecta.

Lerendi ha muerto, en fin. Descanse en paz. Los de la funeraria Horizontes Cercanos están todavía confeccionándole un ataúd redondo a medida donde puedan caber ella y su clítoris interiorizado, por lo que aún no tenemos fecha para su entierro. De cualquier forma, como a nadie le importa demasiado, no se comunicará. Así es la vida.


Atentamente,

Catula Bermúdez
Albacea


________________________________________

(1) Lesbiañolas, lesbianoamericanas y simpatizantes.

(2) No he podido negarme a cumplir con este papel. Lerendi no tenía amigas y me ha tocado a mí, vieja conocida suya, hacerme cargo de este papel, que asumo resignada.

(3) La ignorancia de Lerendi queda patente en su elección de bebida: un seppuku como Dios manda solo puede ser precedido de sake.

 (4) Sé que hoy es el día de las alabanzas de Lerendi, pero ya hago un esfuerzo ingente para no escribir todo lo que pienso de ella. Y no puedo mentir por una persona así. Ruego me disculpen. Si alguien cree que lo puede hacer mejor, le paso la responsabilidad de albacea en este mismo momento. Tendrá todo mi agradecimiento.

(5)  El forense es un becario. La compresa evax super plus ultra con alas exprimida que encontró la policía en el dormitorio le ayudó a identificar la tinta, sin género de dudas.

(6) ¿Pesó acaso en el inconsciente de Lerendi el kimono ganador cuando eligió su oriental atuendo ritual? No es arriesgado suponer que sí.

(7) Lerendi ha dejado muchos papeles literarios póstumos, pero papeles de los útiles, ninguno. Su cuenta corriente en el banco estaba en números morados. Estoy intentando encontrar algún familiar que se haga cargo de los gastos fúnebres. Por el momento, solo he podido hablar con su abuela Pura, que se niega a colaborar. Si alguien conociera a algún deudo de la occisa, le agradecería que se pusiera en contacto conmigo. Vamos, que se lo agradecería muchísimo.

(8) La responsabilidad de albacea no conlleva sueldo alguno, para entendernos.


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Desolación interior

>> 2 ago 2010

Dicen de las bolitas. Y no.

Hay algo muy triste en ver las propias bragas aumentar de tamaño, día a día, año tras año.
Y saber que no puedes ayudarlas.
Desgarrador.



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Timorata y maldita

>> 24 jun 2010

Hoy he visto a la mujer que podría haber roto el hechizo.
Y he mirado para abajo.

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De cómo me ofrecieron ser una mujer modelo

>> 29 may 2010

- ¿Sí?

- ¿Lerendi?
- Sí, soy yo. ¿Quién es?
- Soy Irma, de Chica’s Fitness.
No me lo puedo creer. Irma, mi deseada Irma, la recepcionista del gimnasio femenino de mi barrio. La superlativa, exuberante, voluptuosa Irma. Irma, mi amor clitorónico.
- ¿Lerendi, estás ahí?
- Sí, sí, es que no te oigo bien, se me va la voz –se me va el aliento, más bien, pero me domino.
- Es que hace tiempo que no te veo por aquí, Lerendi. Y me he dicho, voy a llamarla, a ver qué tal.
Me las arreglo para arrastrar un taburete bajo mi trasero. Mis rodillas colapsan a tiempo. Irma me ha echado de menos, ha buscado mi teléfono y me ha llamado. Dios existe.
- Pues genial, Irma, como siempre, pero muy liada –miento con alegría y callo mis horas de facebook, twitter, mahjong titans, Amar en tiempos revueltos y vergonzante porno-. Y tú, ¿qué te cuentas? ¿Cómo andas?

Es pronunciar “¿cómo andas?” y recordar el bamboleo de sus generosas caderas y sentirme... Bueno, ya sabéis cómo me sentí. La más potente de las bomberas me habría parecido un esbocito de mujer frente a mi Irma, la Venus de Chica’s Fitness. Irma es la Hembra.

- Pues, nada, aquí todo el día con lo mismo, Lerendi, viendo gente pasar. Me muero de aburrimiento en la recepción, siempre igual, que si en qué sala es el Pilates, que si el agua de las duchas sale fría, que si los polvos que me ha dado la monitora me dan diarrea...
Menos mal que a la unión de polvo y monitora le ha seguido la escatología, que si no, me tienen que aplicar la RCP.
- Que si me han pasado el recibo dos veces, que si no sé qué, que si no sé cuánto... –la letanía sigue-. Vamos, un asco. Y la mayoría de la gente en plan borde. No como tú, Lerendi, que siempre da gusto hablar contigo.
¿Doy gusto? Por dios, Irma no sabe dónde se está metiendo. ¿O sí? Me obligo a no imaginar. Son demasiado años de sufrimiento y decepción.
- Y pues, eso, que te llamo para ver cómo estás y cuándo vas a venir a vernos.
Jodido plural. Bajo ligeramente a tierra.
- ¿Veros?
- Sí, a las chicas, al gimnasio. Mira, Lerendi, te voy a decir la verdad. Con la crisis y el recorte en los salarios, se han dado de baja la mitad de las funcionarias, con el cuento de que con el hambre que van a pasar no van a necesitar machacárselo aquí.
- ¿Machacárselo? –mi pregunta es apenas un suspiro.
- Machacarse el cuerpo, hija. Que dicen que se están quedando hechas unas sílfides, solo de quitarse las calorías de las cervecitas y las cenas con las amigas. Todas están ahora con la dieta de la endibia, que la vio Ana en una revista alemana ecológica a la que está suscrita. Y, claro, tiene a las otras controladas, contando hojitas. Y te digo yo, Lerendi...
Pero apenas la escucho. Alguien debería enseñarle a medir sus palabras. Se me vienen las imágenes que tengo grabadas de mis compañeras, con la voz profunda de Irma en off repitiendo ‘machacárselo’ a intervalos regulares. Tambaleándome, me levanto de la silla y avanzo apoyándome en respaldos, esquinas y quicios. Consigo llegar al baño, sacar un par de compresas supernight con alas del armarito y encajármelas con una sola mano. Entre las prisas y los nervios, me las he colocado con el adhesivo hacia arriba, pero creo que aún podrán contener algo.
- ¿Lerendi? ¿Oye?
- Sí, dime. Ya te digo, el teléfono este, que va fatal.
- ¿Qué te parece la oferta entonces?
¿Me ha hecho una oferta? ¿Cuál, cuándo, cuánto?
- Pues no sé...
- Tú ganas y yo gano. Yo tengo que retener socias, que si os seguís marchando todas me quedo de patitas en la calle..., y tú no pagarías nada por los tratamientos en los tres primeros meses. Ni la cuota, claro. Ni un solo euro.
Vale, no me ha llamado porque me echaba de menos. Aceptado. En fin, a ver qué le puedo sacar a esto. Lo mismo volver a verla me levanta la moral. Solo por eso, decido indagar.
- ¿Y por qué me ofreces esto a mí, Irma?
- Es que estamos en plena operación summer y la nueva directora tiene ideas muy creativas, de publicidad impactante. Se trata de encontrar a socias que sean especiales, como tú, Lerendi.
- Gracias, Irma, pero tampoco soy tan especial.
- Eres la persona idónea, Lerendi. Cuando me contó la directora lo que quería, pensé en ti antes que en nadie. Eres tan linda...
- Mujer, no es para tanto...
- Que sí, Lerendi, que tienes una combinación estupenda de simpatía y rechonchez que va quedar perfecta en la publi. Así que le he enseñado tu ficha a la directora y le ha encantado. Pesas 60 kilos y mides 1,50, lo que nos da un IMC del 26,7.
Bajo al subsuelo. Musito penosa:
- Ahora peso 66, es que...
- ¡Pues mejor! Espera que calcule... Estás entonces en 29,3. Solo tienes que seguir durante tres semanas un plan de ejercicios y dieta supervisado por nuestros especialistas y colaborar, nada de trampitas, ¿eh? Es muy fácil, ya sabes, fotos de antes y después, con un poquito de photoshop, para qué nos vamos a engañar, y todo gratis para ti: las seis horas diarias de ejercicio, los drenajes linfáticos, la gimnasia pasiva, los masajes anticelulitis, antiflacidez, y antitodo y la dieta de 425 calorías diarias. ¡Gratis, Lerendi!
- ...
- Además, la dire dice que se te puede presentar como un modelo de mujer moderna. No quiere enganchar solo a amas de casa, oficinistas aburridas y ejecutivas amargadas, sino a la verdadera mujer de hoy, la mujer independiente y activa, así que está como loca con que seas camionera.
- Taxista, soy taxista, no camionera.
- Bueno, pues fíjate que pensé... Taxista, da igual. ¿Qué me dices? ¿A que es genial?
Genial. De un genial que te cagas.
- Déjame que me lo piense un poco, Irma. Ya te llamo.
Y con una desencantada despedida, cuelgo.
El teléfono y la pared se encuentran.

Irma ya no es Irma, pero los restos de mi amor no me dejan calificarla. Algo en mí se ha roto.
Yo ya no soy yo, soy un IMC elevado y taxisto.
Me voy al baño y me desnudo. Recuerdo que no tengo espejo de cuerpo entero y me dirijo, culibaja, al dormitorio. Abro las puertas del armario y me contemplo en los dos espejos. No hace tanto fui una mujer deseable. No salvajemente deseable, pero tenía mi aquel. Ahora, el aquel está escondido bajo una capa de tocino que resulta francamente práctica en invierno, pero desoladora en casi verano, cuando todas las mujeres hermosas se desnudan en público: cuellos, espaldas, brazos, nacimiento de senos, cinturas, caderas, piernas y pies.... Pieles morenas y tersas, cuerpos inalcanzables expuestos a mi menesterosa vista.

Le he dicho 66. Mentira. Son 69 los que me devuelve la testaruda pantalla de la báscula, pero es un número que nos tienen prohibido en Castos Anónimos.
69.
69.
69, ea. A la mierda Castos Anónimos, a la mierda Chica’s Fitness. Yo, la casta Leren, soy una mujer de 69 grasientos, temblones y solitarios kilos.
Me agarro con ambas manos la capa de michelines primera, justo debajo de mis pechos (¿o eran ubres?; es que hacen las manos muy pequeñas ahora). Me pellizco la grasa de debajo de las axilas. Ignoro la cintura y las caderas. No se trata de morir de pena hoy.

La castidad no es ilegal, aunque debería. Es inmoral, porque atenta contra los derechos humanos. Y, sobre todo, engorda. Una barbaridad. Llega el verano y voy a peor. Esta decadencia corporal solo la arreglaría una dieta drástica o la compañía cotidiana de una multiorgásmica exigente e inagotable. Me vuelvo a mirar en el espejo; por adelgazar, sería capaz de arriesgarme a una inundación.

Despido a los últimos restos de mi dignidad. Sin multiorgásmicas a mi disposición, he decidido llamar a Irma y aceptar. Pero antes me voy a regalar una traca final. Aún desnuda, saco de su escondrijo las cintas de las chicas ligeritas de ropa (o sin) en el vestuario del gimnasio –qué bellos recuerdos- y un par de tabletas de chocolate negro. Echo las persianas, desconecto el teléfono y me acomodo en el sofá frente al ordenador.
Hace tiempo fui una lesbiana joven, orgullosa y ligonceta.
Hace tiempo.
Comienza el homenaje. Doy el primer mordisco.
Play.

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Primer amor

>> 16 may 2010

Antes de enamorarme por primera vez ya había oído aquello de que el primer amor es para siempre.
Para siempre.

Qué poco me importaron aquellas palabras entonces. Como cualquier niña buena de finales de los sesenta, me limitaba a respirar sin llamar la atención y a escuchar lo justo para cumplir órdenes diligentemente. Aquella máxima, en aquel momento, no parecía ni orden ni importante. Pero se grabó y se cumplió. Vaya que sí.
Aún no he encontrado el delete.

Era muy joven cuando me enamoré por primera vez. No comprendo cómo pudo pasar, no entonces, no allí. Acudía cada mañana a las ocho, charlando alegre con mis compañeras a lo largo del camino. Al llegar, bajábamos del autobús en silencio mientras los perros nos ladraban furiosos. Ahora no entiendo para qué los tenían allí, atados. De pequeña no me hacía preguntas. Me limitaba, como todas, a pasar lo más lejos posible de las fieras. Año tras año, nos seguían gruñendo; año tras año, nos seguían dando pavor. Como ellas.
Cuando la verja chirriaba sobre sus goznes ya habíamos entrado en el estado hipnótico requerido para sobrevivir. La vida quedaba fuera. A la entrada, ningún lema advertía sobre el interior, pero habrían podido tomar prestados el eickeano “El trabajo os hará libres” o quizás mejor el dantesco “¡Oh vosotros, los que entráis, abandonad toda esperanza!”.

Y sin embargo, allí, en el infierno, conocí por primera vez el amor.

He confesado en este lugar debilidades que me avergüenzan y he pagado un precio terrible por ello. Aún estoy respondiendo correos de lectoras que me afean mi debilidad por los bomberos, acusándome de ser una falsa lesbiana. ¿Qué decir? A veces yo misma me acuso. Otras me exculpo, acogiéndome al socorrido “quién esté libre de pecado, que tire la primera piedra” y, alabado sea el señor, no me ha llegado ninguna. Será el antispam.

Pero ya divago. Quizás es que no quiero recordar. Quizás busco el exorcismo y lo temo. Pero no he de callar. Confesaré y que salga el sol por do quiera.

Yo, la casta Leren, me enamoré en mi colegio de franquistas monjas. Adoraba su cabello rubio, sus rodillas sin postillas, el donaire con que llevaba su babi inmaculado. Cada día, sin falta, corría hacia mí para compartir su bocadillo de nocilla y yo colocaba mis labios donde...
Donde él los había colocado.
Se llamaba Pablo. Teníamos cuatro años y me enamoré locamente. De un niño, sí.
Fueron ellas, las monjas, las culpables, creando la tentación, permitiendo que la guardería del colegio fuera mixta. Pero al cumplir los seis, ay, llegó la enseñanza segregada y con ella nuestra separación. Qué desgarro y qué hambre sentí tras su partida. No sabía si me dolía más el corazón o el estómago. Mis ojos lloraban, mi boca gemía, mis tripas rugían, pero tanto desconsuelo en una inocente infanta no halló eco. Los perros y las monjas siguieron gruñendo, la verja chirriando, mas yo nunca volví a ver a Pablo.
Tampoco he vuelto a comer nocilla. Demasiado pesar.

Pasaron los años. Completé mi educación rodeada de alumnas y monjas. Mujeres, mujeres, mujeres. La naturaleza, en fin, siguió su curso. Comenzaron a gustarme las de mi propio sexo. Qué caramba, comenzaron y terminaron gustándome mucho, muchísimo. Incluso amé a alguna y alguna me amó. Pero no he olvidado a Pablo.

A pesar del tiempo, Pablito, aún te recuerdo. A veces pensé en contratar a un detective pero no tenía un duro, ni valor. Ahora, en la era internete, he fantaseado con encontrarte un día en facebook, pero no sé cómo. Ninguno de los pablos que veo en la página de fans de nuestro ex colegio tiene tus cabellos angelicales (de hecho, todos están calvos) y ninguno muestra las rodillas en sus fotos de perfil ni su afición por la nocilla entre sus membresías de grupo. Ya he abandonado la esperanza de que tú hayas atesorado mi recuerdo como yo el tuyo. Sí, mejor así, por siempre olvidada. Me da miedo entrar en FB algún día y encontrarme en mi muro que un tal Pablo (ideología política: derechas, creencias religiosas: ogrus dei, casado con: Piluca) solicita mi amistad con este mensaje privado: “¿Tú eres la Leren que en su hambruna atacaba mi bocadillo cada recreo?”.
Porque lo cierto, Pablo, es que tú tenías vocación de médico sin fronteras y por ello me alimentabas a diario, me curabas mis marimachas postillas, besabas mi frente calenturienta... pero no me amabas. Nunca me amaste, Pablo, imbécil, primer amor mío de los cojones. Y heme aquí con lo de los bomberos y con lo tuyo, sin saber si soy una lesbiana congénita, o solo otro producto sáfico made in monjas. Si alguna vez tuve o tendré una pizca de libre albedrío.

Pablo, delete, delete, delete.

Porque si te consigo borrar a ti, Pablo, algo me dice que aquella orden que creí máxima se borrará al fin, y tras de ti irán otros nombres.
De mujer, Pablo. Borraré ya solo nombres de mujer.
Uno, otro, otro.
Delete, delete, delete.

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El hueco que dejaste

>> 28 abr 2010

Debe de llevar un rato mirándome.
Aunque Remoria es una ciudad pequeña, hace siete años que no nos cruzamos. Y quince que nos separamos. Ha habido otras muchas desde la ruptura, pero en mi vida solo hay una a la que he llamado mi mujer: ella.

Estaba ocupada en mis cosas cuando he notado algo. He levantado la mirada y allí está, hermosa como siempre, con esa belleza que casi me dolía mirar y que el tiempo ha decantado hasta una soberbia madurez. La adoraba entonces, y sigue fascinándome a través de los años. Y a través del cristal que me devuelve su imagen amada ahora.

Me ve verla y se inclina ligeramente hacia atrás. No hace nada, solo me mira con una expresión extraña. No sé qué hacer: me he quedado paralizada. No puedo moverme, no puedo llamarla. Nos separan apenas dos metros y un cristal, pero es un océano insalvable el que hay entre la mujer que aún tiene mi corazón y yo.

No podemos dejar de mirarnos.
Pasan los segundos y consigo levantarme a decirle, a explicarle, pero ya es tarde. A través del ventanal del Burri King veo cómo se aleja corriendo, mientras yo suelto a la desesperada la triple baconburguer con queso que tengo en la mano izquierda y el megahotdog con doble de cebolla que tengo en la derecha. En mi atolondrada carrera, desperdigo las patatas con salsa de alioli que se me han quedado en la pechera y derramo los restos de mi cerveza XXL con pajita. Tropiezo con un carrito de trillizos a la salida y una bruja veinteañera teñida de naranja me devuelve un empujón. Nada me importa, solo que si no la alcanzo ella se irá y no la veré en otros siete años.

Pero llego a la esquina y ha desaparecido. Ya se ha ido de mi vida otra vez ella, la mujer perfecta. Aquí se queda esta piltrafa anhelante, pillada y llena de manchas, que quiere llamar a gritos a la amada perdida y que solo puede jadear, agotada por el esfuerzo, el sobrepeso y la vergüenza, "es que me sentía vacía...".

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Del delito famélico y la segunda muerte

>> 11 abr 2010

Me queda bien el color naranja.

Avanzo.
Hum, preferiría que el mono fuera algo más ajustado en la cintura, y las esposas más sueltas. Arrastrar las cadenas de los pies con mis zapatillas de meditación tampoco es cómodo pero, tras un par de delicados tropiezos, me las arreglo para caminar con soltura.

"¡El Pueblo contra Lerendi Mendi!", truena una voz, y ya no distingo las palabras que emite alguien que no es dios, pero se le parece. Estoy en trance, más allá del temor, más allá del bien y del mal. Más allá, vamos. (Juana de Arco, aprende).

Respiro hondo, serena. Tengo mi defensa legal preparada. La ley es mi pastora, nada me falta. Sí, me abalancé sobre Megan Foxy. Sí, robé su contacto. Sí, le robé un beso (ha presentado cargos por 47 besos, pero solo fue un continuum, un beso feng-shui de tres minutos que buscaba el equilibrio espacial: no dejar zona alguna desatendida).

Es mi momento. ¿Tengo algo que alegar en mi defensa?, inquiere sub-dios ¡Pues claro! Pienso en el horror insuperable de mis más de 2500 días y noches de castidad y grito, tragiquísima:
- ¡Delito famélico! ¡Delito famélico, señor juez!
(Aprende, Nuria Espert).

Pero, ay, el orondo juez Straighton no entiende de tragedias. No entiende nada y de nada. Su rostro es severo.
- Señor juez, lo he leído en El Rincón del Vago (una fuente muy solvente en mi país):  "En el hurto famélico no hay delito, porque el que estaba por morir por hambre hurta porque hay una necesidad extrema de sobrevivir. La violación de un derecho ajeno no es delito porque se justifica que con esa violación se salva otro bien más importante: la vida del ladrón". Yo, señoría, estaba en peligro de muerte.
Su rostro se endurece. Más. No empatiza. Su hambre solo es una. Insisto, plañidera, humilde. No las tengo todas conmigo.
- He robado, señor juez, pero ha sido por hambre.

"Tenía necesidad. Estaba en riesgo de extinción...", salgo lloriqueando en mis primeros pasos hacia la prisión de Butchland, donde he de cumplir una condena de 47 años en el corredor de la muerte de asco.
Mi mono naranja apesta. Me han despojado de mi moleskine y de mi vibrador de bolsillo (era de comercio justo, joder) y me han dado unas compresas ladypena y una biblia de los gedeones, algo manchada. No quiero pensar.

Llegamos bien entrada la noche. En los oscuros y estrechos pasillos distingo apenas a varias reclusas amenazantes, que se agarran a las rejas y ululan a mi paso. "¡Carne fresca!", aullan algunas. Son muy grandes, muy fuertes, muy velludas. Muy... famélicas.

No sé cómo me he colado en una pesadilla de san Juan de Patmos. Los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, y los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la segunda muerte. 

"Bienvenida a Butchland, Leren", me susurra al oído la carcelera del corredor Revelation 69. Su voz de orco en celo me deja paralizada. Recuerdo las ladypena y entiendo. Me tumbo en el catre. Acaricio a la cucaracha que se planta en mi pecho. Espero.

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Imán esplendoroso

>> 13 mar 2010

Viernes, día de Venus, la diosa del amor. Quizás por eso me encontré ayer este comentario de Anonimotriz al pie de una de mis entradas. No me resisto a reproducirlo:

  • Bueno, Casta, por fin se van las lluvias y ya está aquí la primavera, disponte a disfrutar el fin de las catacumbas y déjate acariciar, serás un imán esplendoroso.
Al leerlo, lo reconozco, me alegré inmensamente.  Fue como si unas manos suaves me liberaran de la casta opresión que todo lo cubre en mi vida. Duró quizás unos segundos, pero creí que por algún milagro estacional podría de nuevo ser follada acariciada por alguna hermosa mujer. Pasado el chute primero, aún permaneció la increíble sensación cálida, luminosa, positiva... Ingenua.

Son ahora las dos y media del sábado. En casa me esperan dos rodajas de merluza descongeladas, pero no me puedo marchar del bar Curro porque esta mujer desconocida -que ya claramente ha pasado de los ochenta- me tiene sentada sin posibilidad de huida, mi mano atenazada entre las verrugas de las suyas, su aliento aguardentoso susurrándome al oído una y otra vez "yo a ti te adoraría, maja", mientras me pregunto aterrorizada de dónde ha salido y en qué mal momento de empática debilidad la dejé compartir mi mesa cuando vine a desayunar a la diez de la mañana. (También me pregunto cómo perdió el ojo izquierdo, pero eso no viene al caso).

Por la caridad entra la peste, decía mi santa madre. Y apestada estoy, porque Lolo, el camarero, hace caso omiso de mis gestos de angustia. No se acerca a menos de tres metros de mi mesa-prisión. ¡No se la lleva! Solo sonríe de medio lado y de vez en cuando me guiña un ojo.

Los minutos de esta horripilante ceremonia de seducción se suceden lentísimos. El terror me tiene paralizada. Yo, casta, estoy atrapada sin redención por una vieja lesbiana borracha más desesperada que yo. Lo creía imposible.

Por caridad, que alguien llame a la policía. Qué digo: ¡a los bomberos, a protección civil! ¡Que me rescaten! ¡Quiero volver a las catacumbas! ¡No quiero imantar más! Tengo mucho miedo...

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Alacena zen

>> 12 ene 2010

Mi despensa se me parece. Está vacía, llena de telarañas, oscura, vieja y húmeda.

En un ataque de llenar mis horas, he decidido darle un repasito renovador, limpiarla, airearla y llenarla de comidas zen. No es que me gusten las algas, pero por lo que leo en mis revistas nueva era y en los foros lesbianos, tengo más posibilidades de salir del limbo sexual si hablo de arroz basmati que de fabes. A estas alturas, estoy dispuesta a intentar lo que sea.

Armada de energía y de bayetas resplandecientes y lejizadas -casta, pero limpia-, me he subido a una banquetita para proceder a la operación.
No estoy preparada para lo que me espera. Se me paraliza la respiración por un instante. Trago saliva y me hago fuerte. Es un espectáculo desolador: hasta el Lazarillo se habría apiadado de mí al ver los estantes desnudos, el vacío sin fin, la nada.

He hablado y mi voz se pierde en las profundidades. He gritado y, muy lejano, me ha respondido el eco de mi grito. ¿O no es mi voz la que vuelve? ¡Creo que mi alarido ha rebotado en algún alimento! Resuelta, me asomo al último estante y no puedo creer lo que veo... De la alacena en el ángulo chungo, de su casta desde luego ignorado, calladito y cubierto de muchísimo polvo, se ve un paquete de lentejas pardinas de 500 gr.

He bajado de la banqueta feliz. No sabría cómo explicar el estado de exaltación que me ha embargado. He empezado a fantasear inmediatamente. Ya me veía bajando al mercado, comprando cebollas, ajos, tomates, pimientos, patatas, zanahorias, laurel, comino, costillitas, chorizo, morcilla...; llamando a mis amigos y convocándolos a una alegre comida al calor del brasero, en la que yo sería la reina y en la que no se hablaría de sexo, sino solo de amistosa camaradería y de lo linda que soy y lo bien que cocino, y de la magnífica elección del vino; pero cuánto vale esta anfitriona... Y en algún momento hablaríamos de los años juntos y nos sentiríamos biedmados, con paz en los cuerpos y en nosotros. Ah, qué bien.

Del fondo de un armario, he sacado la olla a presión (uis, como yo...). He puesto el paquete de lentejas bajo el grifo durante diez minutos, para quitarle la capa de polvo que me impide ver la información nutricional y, ¡horror!, la fecha de caducidad.
No es posible, ¿pero estas cosas no duraban decenios? ¿Cómo puede haber caducado mi único alimento en julio del 2003? ¿Qué dios terrible me gasta esta broma? 2003, aquel fue el año en que por última vez... Todo acabó, ahora lo sé, en 2003.

Me he ido al baño, me he sentado en el váter (destapado) y he separado mis piernas. He abierto el paquete de lentejas y he tirado una a la blancura. He accionado  la cisterna (posición 2, ahorro de agua). He esperado a que se llene el depósito y he repetido la operación con otra lenteja. Y otra vez. Y otra. Y otra... Llevo ahora 254 lentejas. Ha caído la noche. Afuera suenan sirenas de bomberos.
255...
256...
257.

Se me está acabando la batería del portátil.

Me voy. Tengo una cita con la naturópata de El escarabajo rosa, la tienda bio donde compro ese repugnante pan negro y duro que me da unas digestiones de aúpa pero que, según la dueña, puede sanar mi maltrecha aura. No os digo de qué color dice que se me ha puesto porque, de creer en estas cosas, os echaríais a llorar...

Cuando vuelva, la batería estará cargada y el depósito de la cisterna lleno. Se van a cagar las lentejas. Ya he preparado la webcam para grabar su agonía y subirla a youtube.

No me juzguéis cruel. Comprendedlo, tengo que sublimar lo mío.

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