Telón
>> 15 nov 2010
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Dicen de las bolitas. Y no.
Hay algo muy triste en ver las propias bragas aumentar de tamaño, día a día, año tras año.
Y saber que no puedes ayudarlas.
Desgarrador.
Hoy he visto a la mujer que podría haber roto el hechizo.
Y he mirado para abajo.
- ¿Sí?
Antes de enamorarme por primera vez ya había oído aquello de que el primer amor es para siempre.
Para siempre.
Qué poco me importaron aquellas palabras entonces. Como cualquier niña buena de finales de los sesenta, me limitaba a respirar sin llamar la atención y a escuchar lo justo para cumplir órdenes diligentemente. Aquella máxima, en aquel momento, no parecía ni orden ni importante. Pero se grabó y se cumplió. Vaya que sí.
Aún no he encontrado el delete.
Era muy joven cuando me enamoré por primera vez. No comprendo cómo pudo pasar, no entonces, no allí. Acudía cada mañana a las ocho, charlando alegre con mis compañeras a lo largo del camino. Al llegar, bajábamos del autobús en silencio mientras los perros nos ladraban furiosos. Ahora no entiendo para qué los tenían allí, atados. De pequeña no me hacía preguntas. Me limitaba, como todas, a pasar lo más lejos posible de las fieras. Año tras año, nos seguían gruñendo; año tras año, nos seguían dando pavor. Como ellas.
Cuando la verja chirriaba sobre sus goznes ya habíamos entrado en el estado hipnótico requerido para sobrevivir. La vida quedaba fuera. A la entrada, ningún lema advertía sobre el interior, pero habrían podido tomar prestados el eickeano “El trabajo os hará libres” o quizás mejor el dantesco “¡Oh vosotros, los que entráis, abandonad toda esperanza!”.
Y sin embargo, allí, en el infierno, conocí por primera vez el amor.
He confesado en este lugar debilidades que me avergüenzan y he pagado un precio terrible por ello. Aún estoy respondiendo correos de lectoras que me afean mi debilidad por los bomberos, acusándome de ser una falsa lesbiana. ¿Qué decir? A veces yo misma me acuso. Otras me exculpo, acogiéndome al socorrido “quién esté libre de pecado, que tire la primera piedra” y, alabado sea el señor, no me ha llegado ninguna. Será el antispam.
Pero ya divago. Quizás es que no quiero recordar. Quizás busco el exorcismo y lo temo. Pero no he de callar. Confesaré y que salga el sol por do quiera.
Yo, la casta Leren, me enamoré en mi colegio de franquistas monjas. Adoraba su cabello rubio, sus rodillas sin postillas, el donaire con que llevaba su babi inmaculado. Cada día, sin falta, corría hacia mí para compartir su bocadillo de nocilla y yo colocaba mis labios donde...
Donde él los había colocado.
Se llamaba Pablo. Teníamos cuatro años y me enamoré locamente. De un niño, sí.
Fueron ellas, las monjas, las culpables, creando la tentación, permitiendo que la guardería del colegio fuera mixta. Pero al cumplir los seis, ay, llegó la enseñanza segregada y con ella nuestra separación. Qué desgarro y qué hambre sentí tras su partida. No sabía si me dolía más el corazón o el estómago. Mis ojos lloraban, mi boca gemía, mis tripas rugían, pero tanto desconsuelo en una inocente infanta no halló eco. Los perros y las monjas siguieron gruñendo, la verja chirriando, mas yo nunca volví a ver a Pablo.
Tampoco he vuelto a comer nocilla. Demasiado pesar.
Pasaron los años. Completé mi educación rodeada de alumnas y monjas. Mujeres, mujeres, mujeres. La naturaleza, en fin, siguió su curso. Comenzaron a gustarme las de mi propio sexo. Qué caramba, comenzaron y terminaron gustándome mucho, muchísimo. Incluso amé a alguna y alguna me amó. Pero no he olvidado a Pablo.
A pesar del tiempo, Pablito, aún te recuerdo. A veces pensé en contratar a un detective pero no tenía un duro, ni valor. Ahora, en la era internete, he fantaseado con encontrarte un día en facebook, pero no sé cómo. Ninguno de los pablos que veo en la página de fans de nuestro ex colegio tiene tus cabellos angelicales (de hecho, todos están calvos) y ninguno muestra las rodillas en sus fotos de perfil ni su afición por la nocilla entre sus membresías de grupo. Ya he abandonado la esperanza de que tú hayas atesorado mi recuerdo como yo el tuyo. Sí, mejor así, por siempre olvidada. Me da miedo entrar en FB algún día y encontrarme en mi muro que un tal Pablo (ideología política: derechas, creencias religiosas: ogrus dei, casado con: Piluca) solicita mi amistad con este mensaje privado: “¿Tú eres la Leren que en su hambruna atacaba mi bocadillo cada recreo?”.
Porque lo cierto, Pablo, es que tú tenías vocación de médico sin fronteras y por ello me alimentabas a diario, me curabas mis marimachas postillas, besabas mi frente calenturienta... pero no me amabas. Nunca me amaste, Pablo, imbécil, primer amor mío de los cojones. Y heme aquí con lo de los bomberos y con lo tuyo, sin saber si soy una lesbiana congénita, o solo otro producto sáfico made in monjas. Si alguna vez tuve o tendré una pizca de libre albedrío.
Pablo, delete, delete, delete.
Porque si te consigo borrar a ti, Pablo, algo me dice que aquella orden que creí máxima se borrará al fin, y tras de ti irán otros nombres.
De mujer, Pablo. Borraré ya solo nombres de mujer.
Uno, otro, otro.
Delete, delete, delete.
Debe de llevar un rato mirándome.
Aunque Remoria es una ciudad pequeña, hace siete años que no nos cruzamos. Y quince que nos separamos. Ha habido otras muchas desde la ruptura, pero en mi vida solo hay una a la que he llamado mi mujer: ella.
Estaba ocupada en mis cosas cuando he notado algo. He levantado la mirada y allí está, hermosa como siempre, con esa belleza que casi me dolía mirar y que el tiempo ha decantado hasta una soberbia madurez. La adoraba entonces, y sigue fascinándome a través de los años. Y a través del cristal que me devuelve su imagen amada ahora.
Me ve verla y se inclina ligeramente hacia atrás. No hace nada, solo me mira con una expresión extraña. No sé qué hacer: me he quedado paralizada. No puedo moverme, no puedo llamarla. Nos separan apenas dos metros y un cristal, pero es un océano insalvable el que hay entre la mujer que aún tiene mi corazón y yo.
No podemos dejar de mirarnos.
Pasan los segundos y consigo levantarme a decirle, a explicarle, pero ya es tarde. A través del ventanal del Burri King veo cómo se aleja corriendo, mientras yo suelto a la desesperada la triple baconburguer con queso que tengo en la mano izquierda y el megahotdog con doble de cebolla que tengo en la derecha. En mi atolondrada carrera, desperdigo las patatas con salsa de alioli que se me han quedado en la pechera y derramo los restos de mi cerveza XXL con pajita. Tropiezo con un carrito de trillizos a la salida y una bruja veinteañera teñida de naranja me devuelve un empujón. Nada me importa, solo que si no la alcanzo ella se irá y no la veré en otros siete años.
Pero llego a la esquina y ha desaparecido. Ya se ha ido de mi vida otra vez ella, la mujer perfecta. Aquí se queda esta piltrafa anhelante, pillada y llena de manchas, que quiere llamar a gritos a la amada perdida y que solo puede jadear, agotada por el esfuerzo, el sobrepeso y la vergüenza, "es que me sentía vacía...".
Me queda bien el color naranja.
Avanzo.
Hum, preferiría que el mono fuera algo más ajustado en la cintura, y las esposas más sueltas. Arrastrar las cadenas de los pies con mis zapatillas de meditación tampoco es cómodo pero, tras un par de delicados tropiezos, me las arreglo para caminar con soltura.
"¡El Pueblo contra Lerendi Mendi!", truena una voz, y ya no distingo las palabras que emite alguien que no es dios, pero se le parece. Estoy en trance, más allá del temor, más allá del bien y del mal. Más allá, vamos. (Juana de Arco, aprende).
Respiro hondo, serena. Tengo mi defensa legal preparada. La ley es mi pastora, nada me falta. Sí, me abalancé sobre Megan Foxy. Sí, robé su contacto. Sí, le robé un beso (ha presentado cargos por 47 besos, pero solo fue un continuum, un beso feng-shui de tres minutos que buscaba el equilibrio espacial: no dejar zona alguna desatendida).
Es mi momento. ¿Tengo algo que alegar en mi defensa?, inquiere sub-dios ¡Pues claro! Pienso en el horror insuperable de mis más de 2500 días y noches de castidad y grito, tragiquísima:
- ¡Delito famélico! ¡Delito famélico, señor juez!
(Aprende, Nuria Espert).
Pero, ay, el orondo juez Straighton no entiende de tragedias. No entiende nada y de nada. Su rostro es severo.
- Señor juez, lo he leído en El Rincón del Vago (una fuente muy solvente en mi país): "En el hurto famélico no hay delito, porque el que estaba por morir por hambre hurta porque hay una necesidad extrema de sobrevivir. La violación de un derecho ajeno no es delito porque se justifica que con esa violación se salva otro bien más importante: la vida del ladrón". Yo, señoría, estaba en peligro de muerte.
Su rostro se endurece. Más. No empatiza. Su hambre solo es una. Insisto, plañidera, humilde. No las tengo todas conmigo.
- He robado, señor juez, pero ha sido por hambre.
"Tenía necesidad. Estaba en riesgo de extinción...", salgo lloriqueando en mis primeros pasos hacia la prisión de Butchland, donde he de cumplir una condena de 47 años en el corredor de la muerte de asco.
Mi mono naranja apesta. Me han despojado de mi moleskine y de mi vibrador de bolsillo (era de comercio justo, joder) y me han dado unas compresas ladypena y una biblia de los gedeones, algo manchada. No quiero pensar.
Llegamos bien entrada la noche. En los oscuros y estrechos pasillos distingo apenas a varias reclusas amenazantes, que se agarran a las rejas y ululan a mi paso. "¡Carne fresca!", aullan algunas. Son muy grandes, muy fuertes, muy velludas. Muy... famélicas.
Viernes, día de Venus, la diosa del amor. Quizás por eso me encontré ayer este comentario de Anonimotriz al pie de una de mis entradas. No me resisto a reproducirlo:
Mi despensa se me parece. Está vacía, llena de telarañas, oscura, vieja y húmeda.
En un ataque de llenar mis horas, he decidido darle un repasito renovador, limpiarla, airearla y llenarla de comidas zen. No es que me gusten las algas, pero por lo que leo en mis revistas nueva era y en los foros lesbianos, tengo más posibilidades de salir del limbo sexual si hablo de arroz basmati que de fabes. A estas alturas, estoy dispuesta a intentar lo que sea.
Armada de energía y de bayetas resplandecientes y lejizadas -casta, pero limpia-, me he subido a una banquetita para proceder a la operación.
No estoy preparada para lo que me espera. Se me paraliza la respiración por un instante. Trago saliva y me hago fuerte. Es un espectáculo desolador: hasta el Lazarillo se habría apiadado de mí al ver los estantes desnudos, el vacío sin fin, la nada.
He hablado y mi voz se pierde en las profundidades. He gritado y, muy lejano, me ha respondido el eco de mi grito. ¿O no es mi voz la que vuelve? ¡Creo que mi alarido ha rebotado en algún alimento! Resuelta, me asomo al último estante y no puedo creer lo que veo... De la alacena en el ángulo chungo, de su casta desde luego ignorado, calladito y cubierto de muchísimo polvo, se ve un paquete de lentejas pardinas de 500 gr.
He bajado de la banqueta feliz. No sabría cómo explicar el estado de exaltación que me ha embargado. He empezado a fantasear inmediatamente. Ya me veía bajando al mercado, comprando cebollas, ajos, tomates, pimientos, patatas, zanahorias, laurel, comino, costillitas, chorizo, morcilla...; llamando a mis amigos y convocándolos a una alegre comida al calor del brasero, en la que yo sería la reina y en la que no se hablaría de sexo, sino solo de amistosa camaradería y de lo linda que soy y lo bien que cocino, y de la magnífica elección del vino; pero cuánto vale esta anfitriona... Y en algún momento hablaríamos de los años juntos y nos sentiríamos biedmados, con paz en los cuerpos y en nosotros. Ah, qué bien.
Del fondo de un armario, he sacado la olla a presión (uis, como yo...). He puesto el paquete de lentejas bajo el grifo durante diez minutos, para quitarle la capa de polvo que me impide ver la información nutricional y, ¡horror!, la fecha de caducidad.
No es posible, ¿pero estas cosas no duraban decenios? ¿Cómo puede haber caducado mi único alimento en julio del 2003? ¿Qué dios terrible me gasta esta broma? 2003, aquel fue el año en que por última vez... Todo acabó, ahora lo sé, en 2003.
Me he ido al baño, me he sentado en el váter (destapado) y he separado mis piernas. He abierto el paquete de lentejas y he tirado una a la blancura. He accionado la cisterna (posición 2, ahorro de agua). He esperado a que se llene el depósito y he repetido la operación con otra lenteja. Y otra vez. Y otra. Y otra... Llevo ahora 254 lentejas. Ha caído la noche. Afuera suenan sirenas de bomberos.
255...
256...
257.
Se me está acabando la batería del portátil.
Me voy. Tengo una cita con la naturópata de El escarabajo rosa, la tienda bio donde compro ese repugnante pan negro y duro que me da unas digestiones de aúpa pero que, según la dueña, puede sanar mi maltrecha aura. No os digo de qué color dice que se me ha puesto porque, de creer en estas cosas, os echaríais a llorar...
Cuando vuelva, la batería estará cargada y el depósito de la cisterna lleno. Se van a cagar las lentejas. Ya he preparado la webcam para grabar su agonía y subirla a youtube.
No me juzguéis cruel. Comprendedlo, tengo que sublimar lo mío.
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