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Crónicas de Lerendi Mendi

>> 30 abr. 2011

Hoy se cumplen 5 meses y 15 días desde el desgraciado final de Lerendi Mendi. Aunque como su albacea tengo la potestad para eliminar este blog (y también las ganas), he decidido respetar la memoria de la infortunada autora y la de sus comentaristas -cuya huella no merece ser borrada- y por ello lo mantengo. He añadido además una sección que he dado en llamar Leren, de principio a fin, en la que recojo cronológicamente los archivos que Lerendi fue publicando en este sitio, con un pequeño resumen del asunto de cada entrada. Ambas decisiones obedecen a la recurrente petición de una lectora habitual del blog en vida de la difunta, doña Josefina de Montijo y Lagares. Tras más de treinta cartas certificadas y burofaxes, no he podido negarme, a pesar de lo absurdo de guardar y honrar la memoria de una persona como Lerendi.
Sea, en fin.

Atentamente,
Catula Bermúdez

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Telón

>> 15 nov. 2010

Españolxs (1), Leren ha muerto.


Como albacea (2) de Lerendi Mendi, es mi triste deber comunicar esta noticia que, aunque alegrará a muchos, puede que entristezca a alguno. Lerendi, en fin, no ha remontado la cruel enfermedad mental que le sobrevino este verano y se ha quitado la vida por su propia mano. Aunque es incorrecto expresarlo así. Para ser exacta, diré que Lerendi se ha suicidado siguiendo el rito samurái. No creo que esté faltando a su privacidad al relatar sus últimos momentos. Hay algo de teatral en la manera en la que Lerendi ha dejado este mundo, por lo que imagino que ella no se opondría a que yo compartiera su escena final. Al cabo, es evidente que era una pobre mujer exhibicionista. Este blog es una muestra clara.

Por lo que hemos podido saber por las pesquisas de la policía y de la abajo firmante, Lerendi pasó su última tarde y noche bebiendo en el bar Curro. Allí ya les extrañó ligeramente verla entrar vestida de karateka pero, acostumbrados a su excentricidades y a su mala baba, se abstuvieron de preguntarle si estaba disfrazada para la noche de Halloween. Ella, sin embargo, alardeó de que se había levantado la equipación (tales fueron sus palabras) en el hipermercado de seis plantas que han abierto recientemente unos emprendedores chinos a las afueras de Remoria. Estaba eufórica, nos contaron los camareros, invitando a los parroquianos a mantecados y anís al grito de “¡que no falte de na!”. Según relató una amable y observadora viejecita, su semblante solo se ensombreció cuando un escolar de apenas diez años, señalando el cinturón amarillo que fajaba a Lerendi, le dijo que él ya iba por el naranja. Quizás aquello no fue delicado, pero era solo un chiquillo, dijo la anciana. A partir de ese momento, y agotado ya el anís, el pacharán y el licor de bellotas extremeñas (3) en el local, Lerendi se ajustó el karate-gi, localizó una de sus sandalias y haciendo acopio de un resto de dignidad, salió del bar sobre la medianoche, manteniendo una cierta verticalidad.

No sabemos lo que hizo entonces. La autopsia ha confirmado que pasaron varias horas hasta el momento de su muerte, sobre las seis de la mañana del día de los Fieles Difuntos. No hay que pensar demasiado para comprender por qué escogió ese día. Lerendi era algo peliculera y se las daba también de sensible y simbólica. Se creía una persona culta, la pobre (4). Quizás por ello la encontraron en su dormitorio -un lugar inusual para cometer haraquiri- aún aferrando en su mano derecha el jisei que había compuesto para la ocasión. No me lo pidan, por favor: no voy a hacer público aquí su poema de despedida. Al estar escrito con lo que el forense ha identificado como sangre menstrual (5) de la difunta, las letras, trazadas a dedo, son apenas legibles. Lo poco inteligible no tiene, por otra parte, valor literario o espiritual alguno. No podía ser de otra manera, conociendo a su autora.

Un suicidio ritual a la samurai no es una frivolidad. Hay que tener un motivo honorable, en primer lugar. Dudo de que Lerendi tuviera nada honorable, en ningún sentido. En mi opinión, se quitó la vida porque llegó a comprender con claridad que jamás saldría de su castidad. Su único consuelo, sus sueños de grandeza literaria, sufrieron un tremendo descalabro cuando Susi (6) resultó ser la elegida en el taller “Expresa a tu creadora interior” de Castos Anónimos. Tras ese golpe a su soberbia autoestima, la que se sentía un genio no reconocido apenas volvió a aparecer por la asociación. No es que la echaran de menos tampoco. Ahora reclaman sus cuotas impagadas (7). Qué insensibles.

No entraré demasiado en la cuestión equipación. No tengo tiempo (8) de entrar en Google Imágenes para comprobar hasta qué punto Lerendi fue fiel a la vestimenta ritual requerida. Sin embargo, estimo que Mishima, un suponer, no habría usado un karate-gi robado en una tienda de chinos del extrarradio. Pero no hemos de ser duros con Lerendi: los tiempos y estándares han cambiado.

Qué decir del arma... En consonancia con la calidad y heterodoxia de su atuendo, podríamos imaginar que la finada se abrió el abdomen con un cuchillo jamonero o similar. Pero no. Lerendi contaba desde el verano con el arma asesina suicida: su propio clítoris. La inflamación que siguió a su supuesta visión en la playa melonera nunca remitió. Según la reconstrucción del becario forense, Lerendi solo tuvo que sentarse sobre una ajada jarapa de ikea en la postura del loto (en la medida de sus rechonchas posibilidades) e inclinarse hacia delante, meneándose un poco hasta perder la consciencia y la vida. El acerado clítoris le atravesó útero, páncreas, hígado, vesícula, apéndice y ambos pulmones. La punta quedó finalmente alojada en el corazón de Lerendi, arrancándole su último aliento. La infortunada expiró atravesada como un pinchito moruno.

Por cierto, la decapitación final que ha de acompañar al seppuku no se llevó a cabo. Como he dicho, ha sido un ritual muy poco serio, cometido en plan amateur total. Pero, bah, qué otra cosa podía esperarse de la interfecta.

Lerendi ha muerto, en fin. Descanse en paz. Los de la funeraria Horizontes Cercanos están todavía confeccionándole un ataúd redondo a medida donde puedan caber ella y su clítoris interiorizado, por lo que aún no tenemos fecha para su entierro. De cualquier forma, como a nadie le importa demasiado, no se comunicará. Así es la vida.


Atentamente,

Catula Bermúdez
Albacea


________________________________________

(1) Lesbiañolas, lesbianoamericanas y simpatizantes.

(2) No he podido negarme a cumplir con este papel. Lerendi no tenía amigas y me ha tocado a mí, vieja conocida suya, hacerme cargo de este papel, que asumo resignada.

(3) La ignorancia de Lerendi queda patente en su elección de bebida: un seppuku como Dios manda solo puede ser precedido de sake.

 (4) Sé que hoy es el día de las alabanzas de Lerendi, pero ya hago un esfuerzo ingente para no escribir todo lo que pienso de ella. Y no puedo mentir por una persona así. Ruego me disculpen. Si alguien cree que lo puede hacer mejor, le paso la responsabilidad de albacea en este mismo momento. Tendrá todo mi agradecimiento.

(5)  El forense es un becario. La compresa evax super plus ultra con alas exprimida que encontró la policía en el dormitorio le ayudó a identificar la tinta, sin género de dudas.

(6) ¿Pesó acaso en el inconsciente de Lerendi el kimono ganador cuando eligió su oriental atuendo ritual? No es arriesgado suponer que sí.

(7) Lerendi ha dejado muchos papeles literarios póstumos, pero papeles de los útiles, ninguno. Su cuenta corriente en el banco estaba en números morados. Estoy intentando encontrar algún familiar que se haga cargo de los gastos fúnebres. Por el momento, solo he podido hablar con su abuela Pura, que se niega a colaborar. Si alguien conociera a algún deudo de la occisa, le agradecería que se pusiera en contacto conmigo. Vamos, que se lo agradecería muchísimo.

(8) La responsabilidad de albacea no conlleva sueldo alguno, para entendernos.


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Pabellón psiquiátrico núm. 13

>> 6 oct. 2010

- Parece que van a dar de alta pronto a Lerendi.

- ¡Anda! ¿Ya está recuperada? Qué tía, todo el mundo habla de ella.
- Bueno, no sé si está recuperada o si sus médicos no pueden más. Pero lleva aquí bastante más de un mes y ya está bien, ¿no? Que no sabe más que dar por culo, la pobre.
- Eso es lo que quisiera ella.
Gómez se ríe de su propio comentario. Es una auxiliar de enfermería de corta estatura y mente, pero de brazos fornidos y escrúpulos escasos. Agarra por detrás a Saldaña, su compañera de turno y correrías, y se refriega contra ella mientras susurra “¡Más, más..!”, entre risas y jadeos. Saldaña la acompaña unos segundos en un grosero vaivén que acaba interrumpiendo con simulado pudor.
- Anda, deja, que como nos pille la supervisora...
- Como nos pille, se corre toa.
- Qué bestia eres.
- Bestia, pero a ti te gusta.
- Anda, déjame.
La joven auxiliar se intenta deshacer del abrazo. Gómez, repentinamente seria, la retiene con fuerza. Luego la mira, sonríe y la suelta.
- Uis, te dejo, te dejo, virgencita.
Saldaña le sonríe conciliadora.
- Es que aún me quedan cuatro del lesbiátrico por lavar. Y son las peores.
- Qué me vas a contar que yo no sepa. ¿También vas a lavar a la Lerendi?
- No, de esa se encarga la Bienpeiná.
- ¿La Bienpeiná? ¿La propia boss? ¡La leche! ¿Y eso?
- Le hace gracia. Dice que en todos los años que lleva en el 13, rodeada de salidas, nunca ha conocido una tan desesperada como esa. Por lo visto es un caso único.
- ¿Es verdad lo que se cuenta de su clítoris?
- Totalmente. Pero no debería contarte, ya conoces los derechos de las pacientes: su intimidad es secreto profesional.
Gómez suelta una carcajada y agarra a la desprevenida joven por un pezón. Se lo retuerce.
- ¿Quieres que le cuente a la boss un par de secretitos profesionales que compartimos tú y yo?
Saldaña la mira asustada.
- No.
- Pues habla, imbécil.
Saldaña se frota el pezón dolorido.
- Tiene una erección clitoridiana que no responde a  ningún tratamiento. Han tenido que llamar a una costurera para que le haga un ojal en las bragas, porque la mujer no soportaba la presión. Lo tenía en carne viva. Ahora lo sigue teniendo gordo, enhiesto y duro, pero menos morado, y al menos no lleva las bragas agujereadas de mala manera. La verdad es que la costurera ha hecho un trabajo primoroso, con una sencilla labor de punto de cruz alrededor del agujerito, que...
- ¿Me estás diciendo que esa tía está todo el día empalmá?
- Empalmada es poco, Gómez. Va todo el día como el acero. Con la medicación que le damos, que tendría que estar zombie, va tan estimulada como si se le hubiera aparecido la mismísima Angelina Jolie a comérselo gratis.
- Caramba, Saldi, que suelta te veo, con lo modosita que llegaste.
- Es que en ese pabellón se ve de todo. Pero yo soy la misma, ¿eh?
- La mismísima inocente corderita. Cuéntame más: ¿por qué la trajeron aquí, donde solo ingresan a las más tirás de las tirás?
- La encontraron vagando por las calles de un pueblecito almeriense, con la ropa casi arrancada, en un extraño estado alucinatorio. No conocía a nadie y apenas se entendía lo que hablaba. Babeaba muchísimo y ya entonces tenía esa gigantesca erección.
- ¿Y quién la trajo aquí?
- Unos policías locales jovencitos la ingresaron, después de rescatarla de manos de una pandilla de adolescentes que intentaron convencer a los polis de que se la regalaran. Querían montar un espectáculo con la que ellos ya llamaban la Superpipa. Le ofrecieron a los agentes compartir las ganancias, pero se ve que las nuevas promociones están formadas en derechos humanos y los policías se negaron. Se hicieron un vídeo con ella, lo colgaron en youtube y la dejaron en la puerta de la clínica una madrugada de agosto.
- Pues vaya ingreso.
- Se ve que estaban azorados. Y no era para menos. Aquello habría turbado hasta a la puta de Babilonia.
- Pero suelta que te veo, hija.
- Son referencias culturales, Gómez. Es que mi padre es muy de la biblia.
- Igualito que tú. Bueno, ¿por qué está así? ¿Esquizofrenia?
- No exactamente. Cuando llegó solo repetía, con una obsesiva cantinela, “sembrao de melones”.
- ¿”Sembrao de melones”?
- “Sembrao de melones”. Eso es todo lo que pudieron sacarle los médicos durante la primera semana. La tuvieron que tener atada todo ese tiempo, porque se estaba haciendo un destrozo en sus partes. No paraba de frotarse contra todo y meterse no te digo qué. Se ve que la pobre no tenía descanso, así que cuando la pillaron masturbándose con un consolador que se había hecho con un rodillo de amasar envuelto en varios estropajos de aluminio, hubo que pasar a aplicar las técnicas de contención más drásticas.
- ¿Medicación para elefantes, esparadrapo en boca, camisa de fuerza, manguerazos de agua helada y hostias a discreción?
- Entre otras cosas. Pero hasta la semana por lo menos no empezó a mejorar. A veces ya pasaban varios minutos antes de que repitiera “sembrao de melones”. Parecía reconocer a la gente. Más o menos al décimo día incluso sonrió.
- Joder, sí que estaba chunga.
- Por fin, con mucho esfuerzo y delicadeza, los médicos pudieron reconstruir el trauma que la postró en ese estado.
- ¿La muerte de un familiar agricultor, quizás?
- Qué graciosa, Gómez. Con lo mal que lo ha pasado la mujer... Pues no, no es eso. Parece que se había ido de vacaciones a la costa almeriense. Salió de la fonda en la que se alojaba y se fue a la playa. Se puso a andar por la orilla, sin agua, sin gafas de sol, a pleno mediodía...
- Y se insoló.
- No. Según cuenta, cuando llevaba ya más de una hora andando, se encontró sola en la playa ante una barrera hecha de cañizo en la que habían colocado un cartel muy raro.
- ¿Qué ponía en el cartel?
- Sembrao de melones. Prohibido hombres. Enter at your own risk.
- ¿Ein?
- Y ella pensó que había llegado a una comuna de feministas ecologistas extranjeras o algo así. Entró ligera, algo mareada por el sol, pero contenta. Y allí tuvo la visión. Ante sus ojos se extendían metros y metros de jóvenes mujeres desnudas, miles de ellas, con todas las alegrías al aire, en la mayor playa lesbonudista clandestina de toda la costa europea.
- ¡Hostias!
- Ella no sabe lo que le pasó. Dice que sintió como si el mundo entero girase a su alrededor, como si hubiese encontrado el sentido de la vida en un instante... Luego empezó a ahogarse y perdió la conciencia. Cuando se despertó, la erección ya estaba ahí.
- ¿Y dónde está esa playa? Podríamos darnos una vueltecita un finde de estos, Saldi. ¿Cómo lo ves?
- ¿La playa? Nadie ha podido encontrarla. Hemos llamado al ayuntamiento de Aguacaliente, pero dicen que en su municipio no hay playas nudistas, y menos de lesbianas.
- ¿Y los policías que la encontraron?
- No tienen ni idea. Los médicos, en su afán por ayudar a la paciente, hicieron una labor de investigación exhaustiva. Una comisión de cinco de ellos se trasladó al pueblecito a buscar la playa para conocer las circunstancias exactas que pudieron motivar el grave trastorno de Lerendi. Pero nada de nada. No hay rastro. Y eso que han alquilado un helicóptero, contratado guías locales, consultado google earth y  a reconocidas videntes...
- ¿Entonces?
- Han concluido que el delirio estuvo motivado por la visión de un puesto de melones especialmente lozanos en el mercadillo local del pueblo, en una paciente muy sugestionable porque llevaba años de castidad encima. No es que esa explicación convenza mucho, pero después de la visita al pueblo los médicos venían como muy frustrados y nadie ha querido preguntar más.
- ¿Y la van a soltar así?
- Dicen que ya no es un peligro para la sociedad ni para sí misma. Pero le han prohibido ir a la playa y entrar en fruterías. Y nada de mercadillos.
- Vaya.
- Bueno, le van a dejar llevarse las bragas bordadas.
Gómez mira lúbrica a su compañera. Susurra como una serpiente en celo.
- Hum, nena, ¿por qué no escamoteas una de esas braguitas y pillo yo un par de melones de la cocina?
Saldaña titubea.
- Pareces del 13, siempre pensando en lo único.
Gómez la mira, se relame despacio los labios y despide a Saldaña con un manotazo en el trasero y un “¡Hala, melona!”. 
La de esta noche va ser una guardia divertida.


***

Apenas a cien metros, en una estrecha habitación acolchada e insonorizada del pabellón 13, Leren piensa en la sección de frutería del Carrefour. Tiene la mirada ida y la sonrisa boba, pero se apresura a cambiar el gesto cada vez que oye pasos. De vez en cuando, se acaricia la entrepierna y susurra "mi tesoro".
Sabe que volverá.




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Angustias y el secreto

>> 13 ago. 2010

Tiene unas manos perfectas. Oh, qué bien las usa.


Me recorre poco a poco, con una suavidad y delicadeza que me turban. Cada centímetro de mi piel, cada pliegue, cada rincón escondido.
Amo este ritual. Y eso que aún no sé que hoy seré otra para siempre.

Cierro los ojos, entregada. Solo lo lento de sus gestos, lo leve de su presión a veces me empieza a dejar frustrada, ansiosa, deseando decirle que me transite sin cuidado, que me apriete fuerte, que me tome decidida.
Pero no. Sin mirarme, sigue dibujando mi cuerpo, subiendo, bajando... Va y viene, y yo voy con ella. Me elevo, caigo... Y tiemblo. No, no tengo frío, le digo. Estoy bien.
Estoy en el paraíso. Sus manos –huesudas y finas, pero fuertes- toman mi cuerpo como si fuera la dueña del tiempo. Y aunque mis músculos se tensan bajo cada pasada, me abandono y me doy. Soy suya. 

Abro los ojos y veo que me está mirando, divertida. Te gusta esto, me dice. Me gusta, le digo. Y ahora sé que ella sabe. Acabo de abrirle las puertas de mi intimidad. Pero es que ella no es como las otras.

Ni como él.
Aquellas noches... Qué manos más toscas. Qué torpeza en sus caricias. Qué crudeza en su apetito. Y cuánta resignación en mi acatamiento. Cuánto miedo. Cuánto asco.
Matriz. Vagina. Eso era yo, la redoma para su semilla. Ah, y qué mal sembraba. Ahora lo sé.
Durante años aguanté las chanzas de mis vecinas. Dieciséis hijos dan para mucha mofa en un pueblo pequeño. Y mi silencio solo servía para alejarme de las otras. Me tomaban por altanera, pero lo que yo sentía era vergüenza y extrañeza. Ellas hablaban de sus hombres con bromas y sobreentendidos que yo no entendía. En el río, lavaba aparte y agotada aquella condena de ropa de mi dueño y sus vástagos, expulsada de entre las mujeres, ignorante del secreto que ellas compartían y que les alegraba la vida, llenando sus ojos de brillo y sus bocas de risas. Yo volvía a casa con una sombra. Me sentía rara, vacía, ajena. Entre todos, sola.

Y al fin libre. Porque él –sus ojos mezquinos, su piel áspera, su aliento acre- murió hace años. Y ahora estoy loca y feliz.
Aquí, entre sus manos, ya no soy matriz ni redoma. Ya he descubierto el enigma de las mujeres. Porque ella, con infinito cuidado, roza mi vulva, la palpa, la toca, y siento el líquido cálido que vierte. Y el líquido cálido que vierto y que me sorprende. Y le pregunto qué me pasa y me dice solo una palabra.
Placer.
Sus labios apenas entreabiertos han susurrado –pla-cer, dos sílabas de seda en su boca, la lengua demorada tras los blanquísimos dientes- y me ha conmocionado. Era esto. Este estremecimiento, esta necesidad de fundirme con ella, de agarrar sus manos y tomarla y que me tome y que me desate y me libere de mí. Esto es placer. Este es el secreto.

Calma –me dice-, no pasa nada. Sí pasa. Estoy desnuda por dentro y por fuera. Y esta mujer joven me está revelando en mi cuerpo el misterio del mundo, de la risa y de la sangre.  Agarro con mis manos artríticas sus morenos brazos nervudos -¿qué será ese dibujo que lleva tatuado en el antebrazo derecho y que en mi éxtasis apenas distingo, las lágrimas fluyendo sin daño?-, mientras entra en mí y me mareo y suspiro y grito. Soy una vulva y una vagina que late, se dilata y se contrae. Sin él. Sin ellos.
Me penetra. Me entrego. Estallo.
Al final, estoy serena, limpia. Me mira con ternura. Le sonrío. Aún no puedo hablar. Me cubre con la ligera sábana, corre la cortina, me besa y se marcha.

Cuando me pregunta por la nueva, no dudo un instante. Que sea esta, le digo. Es la mejor auxiliar que ha aparecido por aquí en años. ¿Y cómo se le da el aseo y poner enemas?, me pregunta. Muy bien, le digo, es muy suave y cuidadosa. No busques más, ella es perfecta. Y me despido apresurada porque ese líquido que me sacó antes Trini y que empapó la esponja me está rebosando ahora del pañal y he de correr a buscarla. Ya terminaré de convencer a la dire mañana. Total, como las demás ancianitas están mucho más gagá que yo, a mí me suele escuchar y tener en cuenta. Cuando no juego, claro está, la baza de mi demencia senil, tan, tan útil. Las ancianitas locas, ya se sabe, no podemos asearnos solas. A partir de ahora, que me lave Trini, que me estoy volviendo dependiente y las demás auxiliares no lo saben meter.
El enema, digo, querida directora.



***

Extraído de entre los documentos remitidos a la Consejería de Asuntos Sociales para el traslado a otra provincia y residencia de Angustias Mendi González, a solicitud de Jacinta Funes Pi, la directora de la Residencia de Mayores Virgen de los Desamparados en su Transiente Dolor, de Villaluenga de Brabante, en octubre de 2009. La petición se cursó por vía de urgencia, sin el preceptivo trámite de fundamentación.
La auxiliar Mª Trinidad Buendiós del Río fue expedientada.
Tita Angustias sobrevivió cinco meses al traslado, sin llegar a cumplir los ochenta. Según me dijeron los responsables de su última morada, apenas hablaba con nadie y se pasaba el día meditando y suspirando, contemplando el mar sin horas. Pero parecía feliz, me tranquilizaron. Y de eso estoy segura, porque aunque llevaba años sin escribir con su manos enfermas y su irregular caligrafía, me dejó esta nota final: “Leren, querida sobrina, he visto la luz. Ahora entiendo”. Y añadió: “Estos días azules y este sol de la infancia”. Eso ya no lo entendí yo. Pero es que mi tía siempre fue muy rara. Me consuela pensar que el alzheimer fue misericordioso con ella, pues murió sabia y en paz. Eso me digo cuando miro la urna de sus rosadas cenizas en mi estantería Billy, que decoré con el escudo del colegio oficial de las auxiliares de clínica de Brabante: en campo de gules, león de sable rampante con escupidera de plata engolada. Creo que le habría gustado.
De mis primos, que rechazaron hacerse cargo de las pertenencias y las exequias de mi tía, nada sé.

DEP, tita. Que tatuadas huríes eternamente te laven.

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Hellakula, que algo queda (o del peligro mortal de las keywords I y I/II)

>> 3 ago. 2010

No falta aire en el corredor de la muerte.
He concluido ya confesión y última cena: diecicocho alitas de pollo bien rustidas con salsa Kaitaia Fire, bebida gigante de vodka caramelizado y tres copas de nata y chocolate del Lidl. He dejado el salmorejo con chistorras y la tarta de queso por si me diera hambre antes del fin.


Intento sentirme en paz, una Leren beatífica, aceptante.
Maldito miedo.
Maldita acidez.

Este blog va a morir. O lo van a matar. Tras esta entrada, el ataque de las keywords va a ser un fusilamiento que ni el más candoroso y asentado de los blogs podría soportar. Google enviará aquí a ejércitos de fusileros lujuriosos, a viciosos solitarios, a babosas rijosas que buscan con desesperación alimentar su filia. Y no podré soportarlo.
Creedme, sé mucho de esto. Mis ojos han leído palabras que ninguna lesbiana del montón debería jamás ser obligada a leer. He perdido la inocencia. Así como a algunos se les expulsa de la raza humana por sus terribles crímenes, yo, Leren, la casta individua Leren, me autoexpulso de la humanidad. Me convierto en una outcast para poder seguir respirando. Buscaré a gente como yo, que solo quiere follar -así, a lo tradicional, sin grandes aspiraciones- gente que no hace búsquedas repulsivas o desconcertantes en google, gente de fornique simplón.

Pero tengo una responsabilidad, oh, amadsx lexctorxs [uis, qué poco sentido queda con las x]. He de informaros de la realidad keyword en Lerendi Mendi (leáse Hellakula I si no se tiene ni zorra de de qué estoy hablando). Y no la voy a eludir. He necesitado semanas para poder sentarme a escribir. Sensaciones terribles me desgarraban el alma: miedo a las atroces consecuencias, miedo a no escribir algo interesante y que Pikooleona* no comentara, miedo a tener que levantarme del sofá con el último capítulo de Amar en Tiempos Revueltos sin ver... Y pereza, una pereza plúmbea que combina de maravilla con el miedo.

Pero, ay, veo que esto se alarga y no quiero cansaros. Si os escribo ahora la espeluznante verdad que se esconde tras las búsquedas en google, tendríais que hacer parada y fonda aquí. Y el rancho se os indigestaría. Porque sí, lectores, porque vosotros sois buenos. Son ellos, los otros, los pervertidos; son ellos las bestias a las que vais a conocer cuando os dé el informe de Bart.

En otro post.
No quiero abusar de vuestra paciencia.




* Véanse los comentarios a la entrada Hellakula I

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Desolación interior

>> 2 ago. 2010

Dicen de las bolitas. Y no.

Hay algo muy triste en ver las propias bragas aumentar de tamaño, día a día, año tras año.
Y saber que no puedes ayudarlas.
Desgarrador.



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Body lotion

>> 29 jul. 2010

¿Para qué sirve un cuerpo?

Para decir "no pasa nada".


¿Y mi cuerpo?



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Alzamiento nacional

>> 18 jul. 2010

Mi escote funciona.

Lo único bueno de estos recalcitrantes kilos de más es lo voluptuosas que vuelven a las tetas. Basta un escotín de nada para que una camiseta se convierta en celebración de la carnalidad. Y un sujetador acorazado obra maravillas contra la gravedad: apuntala la autoestima derruida más que miles de sesiones de terapia, por bastante menos.
Las tetas gordas, en fin, imantan.

Estrenaba hoy –benditas rebajas- una inocente blusita de algodón con un escote vertiginoso. Y ha sido salir a la calle y encontrarme con una mirada y otra y otra.
Intensidad, deseo, ansia fiera.
Jadeos, babas, temblores.
De un viejo y de otro y de otro...
He vuelto a casa, me he quitado la camiseta y he salido de nuevo con un capisayo de arpillera XXL.

18 de julio, mierda. Siempre olvido que los viejos fachas de mi barrio lo conmemoran poniéndose hasta la próstata de viagra. Alzándose.



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Arte en vena

>> 15 jul. 2010

- Tiene una vena artística impresionante.
- ¿Una vena impresionante?
- Leren, joder, que hablo en serio. Es una fotógrafa flipante, una tía genial.
- ¿Te refieres a la que pillaron robando 500 camioncitos de juguete en Toisarás y se defendió diciendo que estaba preparando una composición para su exposición “Pornoidentidades lesbianas revisitadas: ¿lo eres o te lo metes?”?
- Esa, esa.
- Es una heroína en ciertos círculos bollos. Y hoy es su cumple.
- ¿Qué me dices?
- Pues lo que te digo. Me lo ha chivado una coleguilla que la tiene en el twitter. También las bollos cumplimos años y superamos la crisis de los cuarenta, 'jaté.
- Es que ahora estamos muy normalizadas. Casi convencionales, te diría.
- Ya ves pa lo que hemos quedao. Pero tiene su puntito.
- Pues yo voy a felicitarla en el face.
- ¿Tienes su face? Ay, dámelo, que la voy a requerir de amistades.
- Leren, ni se te ocurra.
- Jo, que he dicho amistades, que a veces no pienso en sexo, tía.

Mirada incrédula, carcajada, cara morada por hipoxia, colapso, fin de conversación.


***

Disclaimer: esta entrada es puritita ficción. La fotera inspiradora no tiene la culpa de conocer a sinvergüenzas como yo, ni de que hoy sea su cumpleaños y yo no sepa mandar tartas online (sí, tartas, no tortas ;)


Yahui, lo siento, no me inspiras nada más canalla ;)
¡Feliz cumple!  


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La Roja no era eso

>> 12 jul. 2010

- ¡No, por ahí no!

- Pero, ¿qué te pasa, cariño? ¿No lo has hecho nunca?
- No es eso, es que...
- Leren, tu cuerpo es sagrado. Ábrete al amor. Deja que...
- ¡¡¡Nooooo!!!
Se quedó parada en seco, mirándome con honda pena desde sus ecologistas ojos.
- Leren, tienes que aceptarte a ti misma. Tu cuerpo es bello, eres una criatura hija de la madre Tierra. Gaia te ama, yo te amo.
¿Mi cuerpo bello? ¿Ein? ¿He dicho ya que se destilaba su propio licor de hachís?
- No es eso, es que yo...
- Lo sé, lo sé. No te preocupes, iré con cuidado.
- ¡Que no, joder! ¡Que por ahí no! ¡Que estoy estreñida! Leches, que todo lo tiene que decir una. Llevo veinticinco días sin... –reconocí penosa.
- ¡Ah, eso! ¡Ay, mi barriguita lindaaaa!
Se puso a acariciarme la espantosa tripa con ternura mientras me hablaba como a un bebé. Parecía feliz. Y decidida.
- Pues estupendo, Lerencita, te vendrá genial. Seré como una ramita de geranio para ti. Voy a liberarte, cariño mío.
- Mira, vamos a dejarlo. Se me han quitado las ganas.
- Leren, tienes que confiar. Yo te tomo como eres. Adoro tu cuerpo y todo lo que él contiene. Tomo tu sudor, tu saliva, tu menstruación, tu vómito si hace falta.
- Déjalo, je, no hace falta -contesté con una risilla floja, entre asqueada, halagada y asustada.
Pero ya fuera de la cama recordé sus palabras y me conmoví. ¡Toda yo con todo lo que contenía! Eso era una prueba de su aceptación incondicional. La prueba última de su amor total por mí. Esa mujer me quería de verdad. O eso pensé hasta que me dejó para ofrecerse a jugar con las porquerías de otra. Esa tía es una guarra, pensé. Los ofrecimientos de mi ex pareja me parecieron entonces repugnantes y parafílicos. Era una guarra y una pervertida, sí señor.

Ayer salí a ver la final del mundial de fútbol a un bareto de mi barrio y me la crucé. Son alegrías que me da Remoria de vez en cuando: los encontronazos con el pasado más chungo. Ella iba con una chica de la mano y me alegró ver que era aún más fea y rechoncha que yo. Mi ex llevaba la bandera de España pintada en la cara, en los brazos y en las piernas. Se la veía plena, radiante. De pronto, su chica se agachó para recoger una compresa que se le había caído del bolso.  Comprendí. Esperé que mi ex llegara a mi altura y la llamé. Se me acercó sonriente, agitando la enorme bandera que llevaba. “¡Leren, qué alegría!”, me soltó. Le sonreí con dulzura y le alargué un billete de 10 euros mientras le susurraba, fuera del alcance de los oídos de su chica, “Anda, déjate de guarradas y cómprate maquillaje, so puerca”.
Oh, qué bien me sentí.

La Roja no era eso.

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Hellakula, que algo queda (o del peligro mortal de las keywords I)

>> 3 jul. 2010

- "Pilladas en balcon con pelos pubicos"

- ¿Cómo?
- "Pilladas en balcon con pelos pubicos". Eso es una búsqueda de google y la causa de mi parquedad y mi silencio estos días.
Bart calló. Se sentía culpable.

*****


Todo empezó por una ingenua conversación con Bart. Bart es mi amigo Bartolomé, que por rebelarse contra su presuntuosa familia se hizo llamar Bartolo desde la adolescencia y Bart desde que entró en la facultad de informática.
Habíamos quedado para tomar cervecitas y hablar de mujeres. Es una combinación que a ambos nos hace feliz, así que en un momento tonto, a la novena o décima cerveza, me sentía fluir, en paz con el universo y mi karma. Miraba a Bart y lo veía tan cercano, tan honesto, tan simpático... Ni siquiera me importaba el chorrillo de baba que le caía por una esquina de su boquita de piñón. Era Bart, mi amigo, y confiaba en él.
- Bart.
- Hmmmmmm.
- Bart, escúchame.
- Pídeme otra.
- Vale, pero escúchame. Estoy haciendo un blog.
Enseguida lo noté alerta. Se enderezó en el asiento y abrió aceptablemente los ojos.
- ¿Un blog? ¿De qué tipo?
- ¿Tipo? ¿A qué tipo de tipo te refieres? ¿Tipo de tema? ¿Tipo de estructura? ¿Tipo de alojamiento, formato, plantilla? ¿Tipo de periodicidad, intención, autoría...?
- Leren, para. No me seas enrevesada. Dime de qué va y punto.
No me gusta nada cuando dice "y punto". Cuando lo digo yo me parece bien, pero en los demás me jode. Bart se había despertado y mi momento comunión con el todo había desaparecido. Estaba tensa. Con lo que me gustaba un rato antes, con su baba inofensiva (bartba, la llama él). A ver cómo le explicaba yo lo del blog.
- Bart, tú sabes que lo estoy pasando mal últimamente.
- Los siete últimos años. Últimamente, sí.
A veces me pregunto por qué lo quiero tanto, si es capaz de sacarme de quicio con un par de contestaciones. Pero no lo hace a mala idea. Es que él no es complicado, sino directo. Y demasiado sincero a veces. Aun borracha, sé que no merece la pena entrar en esas salidas suyas. Me llevó años aprender a no enzarzarme en discusiones con él. Invariablemente yo acababa acalorada y jodida, mientras él terminaba siempre en el momento justo con una sonrisa y un ypunto, fresco como una lechuga (de las de antes). Así que ya rara vez entro al trapo.
- Pues nada, que empecé un blog hace unos meses.
- ¿Meses? ¿Y no me has dicho nada? A ver, repito, ¿de qué tipo es?
- Bueno, es uno de esos personales, de testimonio.
- Ah, un blog-desahogo.
- Pshhh, se podría decir, sí.
- Entonces ya imagino el tema.
- Me sirve como terapia. Cuento ahí mis historietas y alguna gente amable contesta y a veces recupero la esperanza.
- ¿Y cuál es tu nom de plume?
- ¿Mi qué?- cuando se pone pedante, no hay quien lo gane.
- Tu nombre de pluma... ¿cómo firmas?
- Ja, de pluma, precisamente de pluma... Pues firmo Leren. Pensé en firmar con el nombre completo, así, para parecer más seria, como con más autoridad, pero creo que Leren es más cercano, ¿no?
- Tú eres imbécil.
Al menos esta vez no ha añadido el ypunto, así que la cosa no es grave.
- ¿Cómo se te ocurre firmar con tu nombre, si escribes de lo salida que estás?
- ¿Y qué problema hay? Con la de Lerendas, Lerendis, Mendas y Mendis que hay en el mundo, ¿quién me va a identificar?
- Hm. –es su forma de asentir sin tener que reconocerlo- Pero podrías haber elegido algo más comercial. Leren no es gran cosa como base para un branding exitoso.
Paso de darle el gusto de preguntarle eso qué es. Cuando vaya a mear lo miro en el móvil, en la aplicación de la wikipedia.
- ¿Y qué?
- Por más blog-desahogo que hagas, querrás que la gente te lea. Y para eso tienes que crear una imagen de marca.
- ¿Y para qué quiero yo eso?
- Leren, si no te vendes, la gente deja de leerte. Al principio se vive de los comentarios de los amigos físicos, de tus colegas online, de tu madre, de tu abuela...
- No, de mi abuela no. No tiene optimizada la ouija para comentar en internet.
 Otro cualquiera me habría preguntado inmediatamente sobre la ouija y mi abuela. Bart es tan sobrado que no acusa recibo de mi interrupción ni con un pestañeo. Ya ni me desilusiona que mi ingenio se choque contra su ombligo.
- La cuestión es que si no cuidas lo que proyectas, si no te promocionas donde y como debes, en nada hasta tu mejor amiga habrá olvidado que tienes un blog. O tendrás que pagarle para que te deje comentarios. O aún más triste: tendrás que dejártelos tú misma.
- ¡Para, Bart! Tío, me estás agobiando.
- No serías la primera que se escribe y se contesta comentarios bajo diferentes nicks. En la jungla bloguera hay que aplicar la ley del más pícaro 2.0.
- Capaces sois de tener esa ley y todo...
- Ni lo dudes. La enunció Peter Rogue en el 2004 y aún sigue plenamente vigente. No te puedo ilustrar sobre ella en dos palabras, dada su complejidad, y no me quiero desviar de nuestro tema ahora. Te mandaré un correo con un par de artículos para que te leas.
La mayoría de mis correos sin leer son de Bart, con archivos adjuntos de ese jaez que él piensa que me pueden interesar. Me halaga que me crea capaz de tal cosa. Qué tierno y qué errado.
- Vale, mándamelos.
- Leren, ¿tú quieres que te lean?
- Claro, tío. Y sobre todo que comenten. Me siento menos sola, menos maldita en mi insoportable castidad. A veces me dejan besos, ¿sabes?
- Pues entonces te lo tienes que tomar como un trabajo, una operación de marketing. ¿Cuál es mi producto? ¿Qué proyecto? ¿Qué me hace diferente? ¿A qué experiencia asocia la usuaria mi marca? –hace un inciso- Porque son tías las que te leen, ¿no?
- Creo que sí. No sé qué tío iba a querer leer sobre mis torbellinos sexo-emocionales.
- Un tío muy raro, si es que lo hay.
- Joder, Bart...
- Leren, que nos conocemos.
Es su otra manera, más cariñosa, de decir ypunto.
Bart es un perro informático de caza. Está en plena cacería y la presa es mi pobre blog.
- Imagino que no habrás instalado nada que no viniera en el propio blog, ¿no?
- Bueno, al principio tenía un contador muy chulo que bajo la leyenda “Last day I visited Fuckingland” iba contando los años, meses, días y horas desde la última vez que follé. Pero me deprimía mucho y lo quité.
- ¿Consultas al menos google analytics? Porque imagino que lo tendrás en blogger, no en wordpress.
- Sí, es de blogger. Y no consulto nada.
- Entonces no tienes información de las usuarias que entran a tu sitio.
- ¿Qué información?
- Toda la interesante desde el punto de vista de un vendedor: localización, ip, rutas de entrada y salida, qué enlaces pinchan, qué keywords les han llevado a tu trampa...
- ¿Keywords?
- Palabras clave. Son los términos que introduce el usuario en un motor de búsqueda y que le llevan, con suerte, a tu web.
- ¿Y yo para qué quiero saber eso?
- Leren, tienes que saber qué trajo a la usuaria a tu página y qué la retiene allí. Tienes que controlar tu producto y eso no se puede hacer sin las estadísticas del sitio.
Me pregunto en qué momento pasé de mi alegre borrachera a esta sensación de ominoso peligro.
- Yo no escribo el blog para vender nada. Yo solo quiero desahogarme y hablar con las comentaristas. Yo no quiero controlar nada ni saber si alguien me lee desde Remoria o desde Tombuctú. Solo quiero un poco de contacto humano, aunque sea a distancia.
- Eso dices ahora. Pero cuando escribas un post detrás de otro y pasen días y días sin comentarios, ya me vendrás pidiendo ayuda.
No sé por qué no lo odio. Quizás porque después de todo tiene razón y no hace sangre, solo enuncia.
- Vale, pues te pido ayuda ya. Pero no quiero instalar nada gordo. Dime qué es lo mínimo que me sirva para algo.
- Lo mínimo... hum, te voy a instalar un widget con una información básica: número de visitas, ubicación y keywords. El número de visitas te sirve para varias cosas, desde animarte un poco hasta para saber qué post funcionan y cuáles no. La localización o ubicación del usuario te sirve para adaptarte a los gustos de la audiencia y para no meter la pata con los términos usados. El ejemplo clásico en el ámbito hispánico es “coger”.
- No creo que los términos usados en mi blog sean problema. Estoy en lo más bajo de la escala de lo crudo y lo vulgar.
- Pues entonces, centrémonos en las keywords. Con mi widget podrás saber qué han escrito las usuarias en google o el buscador que sea para llegar a descubrirte a ti. No es algo aleatorio. Verás tendencias, qué palabras atraen más tráfico, cuáles colocar en sitios estratégicos como el título, cuántas veces usarlas... Puedes consultar el listado de keywords más buscadas en google y aplicar ese conocimiento. Pero claro, antes de aplicarlo proactivamente, de elegir y colocar las keywords con una cuidada estrategia, es necesario que sepas cómo está llegando la usuaria a tu sitio. Tienes que saber qué keywords están ya funcionando, en definitiva.
- Suena interesante.
- Lo es. No se hable más: te lo instalo mañana mismo. Pidamos otra.
Y yo, inocente de mí, sonreí y le di las gracias.

*****

Ese fue el comienzo de mi segunda vida bloguera. No sabía en qué infierno entraba por mi propio y conforme pie.
Mi vida ha cambiado. Desde que leí en el primer informe de keywords “pilladas en el balcon con pelos pubicos” así, sin acentos ni nada que atemperaran el shock, no he vuelto a ser la misma bloguera. Y no sé si algún día llegaré a recuperarme del todo.




(To be continued, claro).

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Timorata y maldita

>> 24 jun. 2010

Hoy he visto a la mujer que podría haber roto el hechizo.
Y he mirado para abajo.

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Alargamiento penoso

>> 19 jun. 2010

Soy dos.
Como muchas, llevo una doble vida epistolar. En el blog, en facebook y en twitter uso una dirección de correo que publicito sin tapujos. Y para mi penosa vida personal uso otra que solo conocen mis amigos. Ups, ¿he dicho 'penosa'? Vaya, estoy integrando la publicidad.

A mi dirección lerenda me llegan las habituales notificaciones de mis redes sociales. Extrañamente, apenas aterriza por allí ningún correo basura guarrón, a pesar de los temas que trato aquí. Casi parecería que gmail filtra bien. Pero si es así, por todos los diablos, ¿por qué en mi dirección personalísima se me cuelan a diario ofertas para alargarme el pene que no tengo?
Son promesas tentadoras las que hacen, lo reconozco. A veces lo son tanto que he salido corriendo a desnudarme frente al espejo a ver si me encuentro un miembro xy en alguna carnosa esquina, para alargármelo varias pulgadas a un precio irrisorio. Pero, ay, enseguida viene la decepción, el desconcierto y el enfado. No tengo pito. ¿Por qué no me ofrecen entonces un alargamiento de clítoris? No es que recuerde demasiado bien para qué sirve el que tengo, pero sé que existe y resiste ahí, olvidado y anhelante, esperando algún tipo de tratamiento. Él es el consumidor, maldita sea. Contestadme, empresas publicitarias, ¿qué mierda de spam maldirigido estoy recibiendo en mi correo privado, eh? ¿A qué pobre hombre envidioso del clítoris le estáis enviando mis ofertas de "ensanche/alargue/duplique/extreme su botón del amor"? 
Creativos, agencias, es cruel e inhumano lo que hacéis.

Y mientras, mi buzón lerendo acogiendo avisos discretos, tan neutros y corteses que hasta las más fachas ancianitas los encontrarían encantadores.
Y mi clítoris sin alargar. Penoso.

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Letrahenchida

>> 15 jun. 2010

- Leren, a ti lo que te pasa es que piensas demasiado, hablas demasiado, escribes demasiado...
- Es que follo poco.
- No follas nada.
- Pues eso, tengo todo libre.
- ¿Que te cabe tó?
- Si, eso, que me cabe y me sobra. Pero yo lo decía más lírico, cabrona.

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Prohibido enamorarse en la adolescencia, o de los riesgos del amor total

>> 5 jun. 2010

Hace años amé.

Enamorarse en la adolescencia es peligroso. Dos adolescentes lesbianas que se enamoran lo hacen con una intensidad tal que arrasa con su cordura. La pasión se rebela, asume riesgos, desafía prohibiciones. Pero, ¿y qué importa eso cuando se tiene el mundo?

Yo me enamoré. Ella se enamoró. Qué terrible mala suerte.
Enamorarse en la adolescencia es fatal. El amor correspondido toma el corazón joven y escribe en cada una de sus fibras “yo, el amor, soy así, y solo así”. Y el corazón latirá feliz y loco, creyendo intuir el secreto de la vida. Porque ama y es amado. Pobre.
Pero lo inconcebible sucede. El tiempo pasa al amor total: lo transmuta, lo diluye, lo acaba. A pesar de eso, el corazón queda atado por sus propias fibras, que le recuerdan que el amor, el amor verdadero, es así y solo así.
La amante seguirá intoxicada por la pasión. Se dejó clavar sus garras en el pecho y es llevada por los aires, sobrevolando tierras, personas, mujeres. Ve el mundo desde lejos y se abandona. No volverá a sentir por otra. En un corazón, se dice, solo cabe un amor total.
Ninguna otra agua apagará su sed.
Sea.

Pero no será.
La amante total vive; trabaja duro y se llena con cerveza, televisión y alguna lectura. A veces folla, con placer pero sin entrega. Escucha hablar a otras mujeres de amor y se siente por encima. No hablan de amor total. Y las conversaciones sobre el sexo le aburren, cuando no le molestan.
No siente que lo haya perdido todo. La vida ha llegado a ser agradable.
Una noche, en uno de los baretos de mujeres que frecuenta, se le acerca una morena algo mayor que ella. Es atractiva, aunque su cara delata lo mucho y malo vivido. Beben y hablan hasta el cierre del bar. La amante se extraña de cuánto vodka puede llegar a tomar sin perderse. Ya fuera, la morena le da un teléfono. “Llama cuando estés lista”, le dice, “Yo no sé si estaré, no siempre puedo”. Sus labios le sonríen, pero sus ojos son tan negros... Le devuelve el ligero beso y tiembla. “A casa”, se dice, “que hace mucho frío para andar de juerga”.

Un año después encuentra el teléfono en la chupa de cuero. Los cambios de estación y de ropa siempre le traen sorpresas. Como a veces toma las casualidades por mensajes, decide llamar. Le responde una voz dulce, que le dice que ha tenido suerte: en dos semanas habrá un encuentro. Apunta lugar, fecha y hora, divertida e intrigada.
Llega el día. No sabe mucho de ellas. La morena le dijo que era un club privado, solo para mujeres solitarias. No quiso decirle más. Ahora le cuentan que se reúnen en los solsticios, en una casa en lo alto de una montaña. En coche tardarán unas tres horas. Luego hay que andar casi una hora más desde la carretera.
Son unas quince mujeres, que caminan en absoluto silencio en la oscuridad. A la amante le asustan los sonidos del campo, que no reconoce. No se atreve a preguntar nada, aunque le calmaría una voz humana que tapara el sonido del viento, el crujir de las ramas secas, el ulular de los búhos, o de los mochuelos, o de lo que quiera que sea que las va siguiendo cuesta arriba. Se obliga a dominarse. Se ríe de sus debilidades de urbanita y se recuerda que le han prometido un encuentro especial. Tiene curiosidad. Y ya han llegado.

Se había dicho que estaría abierta en el encuentro, así que no pone trabas cuando la dueña de la casa, una anciana alemana que las recibe en la puerta, le pide que se desvista y se ponga una túnica blanca. Aunque teme que la cita derive en un rito espiritualoide, sigue empeñada en no cerrarse, así que deja su ropa secular y se cubre con la sobria prenda. El efecto es inmediato; ya se siente serena.
La mujer la conduce con las otras a una sala iluminada por gruesos cirios. Sus compañeras visten túnicas naranjas y rojas. Solo una viste una túnica carmesí. Es Greta, la anciana.

Suena una percusión grave, lenta. Cada mujer se dirige a un pequeño altar. Ella espera sin saber qué hacer. No está segura de si ha sido una buena idea venir, pero entonces Greta la toma de la mano y la lleva hacia una esquina. Señala el altar vacío. “Este será el tuyo”, le dice, “si pasas la prueba”. Antes de que pueda preguntarle, una mujer de túnica roja la conduce con las demás al círculo. Le sonríe y eso la tranquiliza de nuevo.
Están tomadas de las manos. Una mujer de naranja se sienta en el centro y empieza a hablar. Cuenta la historia de su amor, con pasión, con detalles. Todas parecen conocer cada palabra. Termina su letanía y muestra un amuleto extraño, que pasa de mano en mano. Cuando vuelve a ella, se yergue, se dirige a su altar y canturrea un mantra. El amuleto se une a las otras ofrendas. La mujer ha renovado su voto.
Una a una, de naranja a rojo, se cumple el rito. El color de la túnica parece señalar la duración y pasión del amor mantenido. Al fin, solo queda Greta. Ocupa el lugar. Cesa la percusión. Durante una hora las contempla en silencio. Las demás mujeres la miran y lloran. La mujer a la izquierda de la amante le aprieta demasiado fuerte la mano, pero no se atreve a romper ese momento de comunión.
El amor total de Greta debe de estar más allá de las palabras. Solo la amante no la oye.

La anciana se levanta y vuelve a su sitio. Desde allí, con un gesto suave le pide que se siente en el centro. Cuando la amante se ha sentado y está totalmente inmóvil, vuelve a sonar la percusión, más rápida. Tiene la boca seca. No quiere estar ahí.
“Habla”. No advierte quién da la orden. No se resiste y empieza a soltar palabras. No tiene que pensarlas. Lleva años diciéndose su amor total con las mismas palabras absolutas. Se las conoce de memoria. Y si no las recordara, no importaría: son las mismas que han ido diciendo las mujeres de naranja y de rojo. Todos los amores únicos, todos los amores totales. Todas las mismas palabras. Todas iguales.
Cuando termina de recitar su amor total siente alivio, pena o quizás vacío. Pero no le da tiempo a entender sus emociones, porque ya una de las mujeres de rojo le anuda la muñeca derecha con un lazo naranja, mientras Greta le hace una señal en la frente, al tiempo que todas dicen “Bienvenida, amante Lerendi”. Ha pasado la prueba.

Se rompe el círculo. Las mujeres salen de la sala y vuelven con ligeros futones para cubrir el suelo de madera. Ahora la música es penetrante y embriagadora.
Unas a otras, se van desnudando, tomando las túnicas para cubrir sus altares. Solo Greta y la amante permanecen cubiertas. Todas las miran. Greta se coloca junto a su altar, el mayor, y la amante es conducida a ella. La anciana toma sus manos y hace que coja su túnica carmesí, mientras empieza a despojarla de la leve tela blanca. La amante comprende que debe hacer lo mismo con Greta, pero no puede. El deseo de las mujeres está sobre ellas, la música la marea y esas manos ajadas y ese cuerpo viejo le producen repulsión. La aparta de sí con violencia y sale corriendo. Encuentra su ropa y la salida.
Por el camino, por el que corre aunque sabe que nadie la seguirá, va disfrutando del sonido del viento, del ulular de los búhos, del crujido de las ramas, del contacto de sus vaqueros y del peso de sus botas de trekking. Y sobre todo disfruta del grito de “¡hijaputa!”, que con un arrabalero acento alemán la sigue hasta la puerta y más allá, y que la saca del trance y la deja acá, curada de penas, espanto y amores totales.

Hace años amé, pero ya se me pasó.

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