Angustias y el secreto
>> 13 ago 2010
Tiene unas manos perfectas. Oh, qué bien las usa.
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Tiene unas manos perfectas. Oh, qué bien las usa.
- ¡No, por ahí no!
La he visto y -Garzón me perdone- he olvidado qué hago aquí.
Estoy entre amigos, gente humana y comprometida que me cree presente, pero no. Mis pensamientos han girado en su órbita. Estoy, pero con ella.
Nos separan varios metros, pero puedo verla con cierto detalle. Sus anchos hombros, sus brazos fibrosos no niegan lo delicado de su belleza, la esbeltez de una figura que me ha atrapado a primera vista. Hay una combinación magnética de fuerza y gracilidad en ella. Camuflada entre la multitud, me permito abandonarme a una contemplación que se va deslizando por segundos hacia la fascinación. No puedo dejar de mirarla. Nada ni nadie más me importa.
Antes de que me prendiera, había estado observado a los que me rodean. A las, para ser exacta. Es imposible no advertir que la concentración de lesbianas va mucho más allá de lo estadísticamente neutro. Reivindicamos aquí la memoria de las víctimas del franquismo, pedimos reparación y justicia. Al fin. Hay algo muy humano, muy conmovedor en esto. Es decente.
Pasan los minutos. Como una más, escucho, aplaudo, coreo. Y entonces se me cuela un sentimiento mixto: siento envidia de estas víctimas. Tienen nombre, personas vivas que los reivindican, que exigen, que los recuerdan y homenajean. Reconocimiento. Y aquí estamos tantas mujeres lesbianas, las que entregamos el corazón y la piel a otra causa humana más -otra causa nuestra más-, y que seguimos por siempre anónimas e invisibles, una legión de solidarias obreras, la sal de la tierra, la entrega callada y resignada. Por cada onza recibida, fanegas entregadas.
Nunca es suficiente.
Me pregunto si alguna vez nos llegará el turno. No es que quiera la categoría de víctima (¿alguien la quiere, de verdad?), sino el reconocimiento de tanto sufrimiento, tanto injusticia, tanto olvido. No hemos estado en campos de concentración, no se ha rapado nuestro pelo, no se nos ha violado, no se nos ha despreciado, ignorado, dominado, negado. Nada, nunca nos ha pasado nada. Nada nos sigue pasando. Somos para todos y, sin embargo, no somos de nadie.
Esto me digo, pensando si algún día futuro alguien nos dará voz, aprecio, reconocimiento: un lugar entre la gente. Si nuestra historia dejará de ser, también, un crimen sostenido de lesa humanidad.
Y ese sueño, esa esperanza, me llena de repente el pecho de calidez, en una inesperada comunión con las víctimas que aquí recordamos, con sus deudos, con nosotras, con la humanidad. Me ha dado un ataque de sororidad y fraternidad, me digo irónica, porque el sueño no dura. Muertas, enterradas, olvidadas. Quién habla de ellas. Quién hablará de nosotras cuando hayamos muerto.
Qué eslabón soy. De qué cadena.
Poco a poco, salgo de mí. Como la buena lesbiana que soy, me entrego de nuevo a mi misión de hoy aquí. Estas también son mis víctimas. Este es mi sitio. Me diluyo y abniego.
Pero la veo y me olvido. Se me impone el presente, la vida, el deseo. Porque no quiero más que mirarla. Con todos mis sentidos, sentirla.
No está sola, pero me da igual. Nos hemos encontrado hoy, en medio de esta energía que nos une y desborda, que nos acerca y eleva. Me seduce su gesto contenido y me pregunto qué emoción es la que está dominando. Quizás, como yo, es nieta de exiliados, o puede que de fusilados o de represaliados. No importa: ahora, aquí, todos somos hermanos, uno.
No lo pienso más. Me alejo de mis amigos y echo a andar hacia ella. Cuando quedan unos pasos me ve y me mira intrigada. Su gesto cambia. Sorpresa, alarma...
Repulsión.
- Vete a la mierda, roja machorra asquerosa.
Ni siquiera ha tenido que gritar para que sus palabras me atraviesen como una lanza. Nadie más la ha oído, porque ha esperado a que llegue a su altura y le tienda la octavilla que hemos hecho en la asociación y que nos ha quedado preciosa, con el lema contra la impunidad de los crímenes del franquismo resaltando en el fondo arcoiris.
Y entonces yo también veo: su ropa, su pulserita... tantas marcas ideológicas que he ignorado y que debían haberme señalado la que era, lo que hace hoy aquí.
Y me avergüenzo de mí misma y de mi mierda de gaydar.
No me despido de mis amigos. Me alejo de allí, dejando mis octavillas sobre la tapa de una sucia papelera.
Me queda bien el color naranja.
Avanzo.
Hum, preferiría que el mono fuera algo más ajustado en la cintura, y las esposas más sueltas. Arrastrar las cadenas de los pies con mis zapatillas de meditación tampoco es cómodo pero, tras un par de delicados tropiezos, me las arreglo para caminar con soltura.
"¡El Pueblo contra Lerendi Mendi!", truena una voz, y ya no distingo las palabras que emite alguien que no es dios, pero se le parece. Estoy en trance, más allá del temor, más allá del bien y del mal. Más allá, vamos. (Juana de Arco, aprende).
Respiro hondo, serena. Tengo mi defensa legal preparada. La ley es mi pastora, nada me falta. Sí, me abalancé sobre Megan Foxy. Sí, robé su contacto. Sí, le robé un beso (ha presentado cargos por 47 besos, pero solo fue un continuum, un beso feng-shui de tres minutos que buscaba el equilibrio espacial: no dejar zona alguna desatendida).
Es mi momento. ¿Tengo algo que alegar en mi defensa?, inquiere sub-dios ¡Pues claro! Pienso en el horror insuperable de mis más de 2500 días y noches de castidad y grito, tragiquísima:
- ¡Delito famélico! ¡Delito famélico, señor juez!
(Aprende, Nuria Espert).
Pero, ay, el orondo juez Straighton no entiende de tragedias. No entiende nada y de nada. Su rostro es severo.
- Señor juez, lo he leído en El Rincón del Vago (una fuente muy solvente en mi país): "En el hurto famélico no hay delito, porque el que estaba por morir por hambre hurta porque hay una necesidad extrema de sobrevivir. La violación de un derecho ajeno no es delito porque se justifica que con esa violación se salva otro bien más importante: la vida del ladrón". Yo, señoría, estaba en peligro de muerte.
Su rostro se endurece. Más. No empatiza. Su hambre solo es una. Insisto, plañidera, humilde. No las tengo todas conmigo.
- He robado, señor juez, pero ha sido por hambre.
"Tenía necesidad. Estaba en riesgo de extinción...", salgo lloriqueando en mis primeros pasos hacia la prisión de Butchland, donde he de cumplir una condena de 47 años en el corredor de la muerte de asco.
Mi mono naranja apesta. Me han despojado de mi moleskine y de mi vibrador de bolsillo (era de comercio justo, joder) y me han dado unas compresas ladypena y una biblia de los gedeones, algo manchada. No quiero pensar.
Llegamos bien entrada la noche. En los oscuros y estrechos pasillos distingo apenas a varias reclusas amenazantes, que se agarran a las rejas y ululan a mi paso. "¡Carne fresca!", aullan algunas. Son muy grandes, muy fuertes, muy velludas. Muy... famélicas.
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