Telón
>> 15 nov 2010
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- Parece que van a dar de alta pronto a Lerendi.
Estoy semidesnuda.
Quieta.
La espero.
Mis piernas están abiertas para ella; mi rosada y suave vulva expuesta.
El corazón me late en la garganta. Siento que se me va a salir del pecho. Respiro entrecortada.
Mis manos en mis muslos, mis sentidos en mi sexo. Tiemblo.
Ella me mira y yo le sonrío, algo tímida, nerviosa. Me devuelve la sonrisa. Es una mujer serena, muy segura. Estoy en sus manos. Me dejo llevar.
"Así, así, eso, ponte así...", su voz es grave. Sus palabras me hacen estremecer. Respiro cada vez más agitada. Estoy esperándola, anticipando el momento en que entre en mí. No puedo apartar mis ojos de los suyos. Pero ella ya no me mira. Tiene sus fascinantes ojos de gata fijos en mi vagina. Ahora la siento. Sus manos son huesadas, fuertes y a la vez delicadas. Sus expertos dedos me rozan..., separa mis labios...
Y entra en mí.
- ¡Me cago en tó! ¡Sáqueme eso!
- ¿Señora Mendi?
- Pero, ¿que me ha metido, virgen santa?
- ¿Qué va a ser? El pato, bueno, el espéculo.
- ¿El pato? ¡Eso es un buitre por lo menos!
- Anda, aguante un poquito, que ya acabo.
- ¡Sáquemelo! ¡Yaaaa! ¡Que duele un montón, leches!
- Qué exageradita... Ea, ya está fuera.
- ¿Exageradita? Deje, deje que se lo meta yo a usted, ¿quiere? Joder, nunca me había dolido tanto.
- A ver, señora Mendi, ¿cuánto hace que no tiene relaciones?
- Hummm... siete años. Y llámeme Leren, por dios, que son ya lustros viéndome espatarrada.
- Vale... ¿Y cuánto hace que no viene a revisión?
- Pues, unos siete años, je. Es que he estado muy liada y eso.
- Claro, todo tiene consecuencias. Sin relaciones, sin revisiones... Leren, ha desarrollado un nuevo himen, un himen complaciente sobrevenido.
- ¿Yo, un himen? ¿Complaciente, además?
- Sí. Es un proceso que se da de forma natural en las lesbianas castas de larga duración. De la falta de uso, la vagina se desconcierta y experimenta una involución a estadíos anteriores. La suerte es que la suya se ha decantado por un himen complaciente, que deja pasar el flujo menstrual (y otras cosas...), sin grandes problemas.
- El buitre no...
- No, lo sé, ese espéculo es ahora demasiado en su situación actual. Antes, Leren, le cabía de todo, y ahora está como virginal. Quién la ha visto y quién la ve... Venga, no se preocupe, iré con cuidado.
- ¡No! ¡No venga! ¡No vaya!
- Ea, ea, si le voy a encajar un especulito SSX de nada. Respire...
Y la tía intenta entrar otra vez, con la mala fortuna de que sus guantes se derriten al contacto con mi vulva (debe de ser el extremo calor que irradia) y las gotitas de látex se enredan en mi... -¿cómo llamarla?- jungla vellida. La diligente Dra. Broca se apresura a retirar las gotas (que ya se han adherido a mis tristes pelínganos como si fueran superglue) y, en su fervor, me arranca grandes tiras de vello y piel.
Aúllo.
Cuando me recupero de la anestesia general administrada de urgencia por cinco enfermeros y tres auxiliares, la galena matasexos me deja ir sin más exploraciones. Me ha destrozado por dentro y por fuera. Algo turbada, se disculpa y me regala el buitre de recuerdo. Estoy tan perjudicada que ni protesto.
Algo es algo: jamás me tendré que volver a depilar. Al menos algunas zonas.
Me marcho del ambulatorio pensando en los seres humanos y sus vocaciones. Y concluyo que hay que ser cabrón para hacerse ginecólogo. Y para ser ginecóloga, sabiendo lo que se siente, hay que ser una verdadera sádica irredenta.
Cojeando lastimera, consigo llegar a casa. Hago acopio de valor y entro en la cocina. Quito el imán del frigorífico y tacho y retacho ginecóloga-penetración de mi lista de remedios extremos. La vuelvo a colocar en la puerta del congelador, de donde saco la bolsa de cubitos de hielo. Con cuidado, me la ajusto sobre el malherido pubis con unas bragas impermeables que heredé de mi abuela (el señor la tenga en su gloria).
De repente, me ataca la zozobra: no quiero ni pensar a qué ginecólogo fue ella para tener que haberse comprado unas bragas así. Me invade el pavor.
Mañana saco la ouija. Tengo que saber su apellido: esto tiene pinta de saga.
Me queda bien el color naranja.
Avanzo.
Hum, preferiría que el mono fuera algo más ajustado en la cintura, y las esposas más sueltas. Arrastrar las cadenas de los pies con mis zapatillas de meditación tampoco es cómodo pero, tras un par de delicados tropiezos, me las arreglo para caminar con soltura.
"¡El Pueblo contra Lerendi Mendi!", truena una voz, y ya no distingo las palabras que emite alguien que no es dios, pero se le parece. Estoy en trance, más allá del temor, más allá del bien y del mal. Más allá, vamos. (Juana de Arco, aprende).
Respiro hondo, serena. Tengo mi defensa legal preparada. La ley es mi pastora, nada me falta. Sí, me abalancé sobre Megan Foxy. Sí, robé su contacto. Sí, le robé un beso (ha presentado cargos por 47 besos, pero solo fue un continuum, un beso feng-shui de tres minutos que buscaba el equilibrio espacial: no dejar zona alguna desatendida).
Es mi momento. ¿Tengo algo que alegar en mi defensa?, inquiere sub-dios ¡Pues claro! Pienso en el horror insuperable de mis más de 2500 días y noches de castidad y grito, tragiquísima:
- ¡Delito famélico! ¡Delito famélico, señor juez!
(Aprende, Nuria Espert).
Pero, ay, el orondo juez Straighton no entiende de tragedias. No entiende nada y de nada. Su rostro es severo.
- Señor juez, lo he leído en El Rincón del Vago (una fuente muy solvente en mi país): "En el hurto famélico no hay delito, porque el que estaba por morir por hambre hurta porque hay una necesidad extrema de sobrevivir. La violación de un derecho ajeno no es delito porque se justifica que con esa violación se salva otro bien más importante: la vida del ladrón". Yo, señoría, estaba en peligro de muerte.
Su rostro se endurece. Más. No empatiza. Su hambre solo es una. Insisto, plañidera, humilde. No las tengo todas conmigo.
- He robado, señor juez, pero ha sido por hambre.
"Tenía necesidad. Estaba en riesgo de extinción...", salgo lloriqueando en mis primeros pasos hacia la prisión de Butchland, donde he de cumplir una condena de 47 años en el corredor de la muerte de asco.
Mi mono naranja apesta. Me han despojado de mi moleskine y de mi vibrador de bolsillo (era de comercio justo, joder) y me han dado unas compresas ladypena y una biblia de los gedeones, algo manchada. No quiero pensar.
Llegamos bien entrada la noche. En los oscuros y estrechos pasillos distingo apenas a varias reclusas amenazantes, que se agarran a las rejas y ululan a mi paso. "¡Carne fresca!", aullan algunas. Son muy grandes, muy fuertes, muy velludas. Muy... famélicas.
Os he mentido. Ya nada más tengo que perder, así que mejor canto. Ha sido una mentira por omisión, pero mentira gorda, de todas maneras.
Os dije que iba al gimnasio, o a los gimnasios, y os dejé creer que era para conservarme en la línea y quizás para hacer amistades, relacionarme, bueno, para lo que va todo el mundo, ¿no?
Cada vez iba menos; cada vez lo necesitaba menos. No, no es que Castos Anónimos me esté robando todo mi tiempo o 'curándome', sino que ya estaba cosechando el esfuerzo empleado y no necesitaba más que darme una vueltecita de vez en cuando.
Ayer a mediodía me acerqué a Chica's Fitness; el otro gimnasio, Hermafrodity Center, es para ambos sexos, así que suelo ir más a aquel.
Entré en el vestuario, después de saludar a mi recepcionista preferida, Irma, que tiene una belleza a lo Queen Latifah que me... ejem, llama la atención. Pero esta vez captó más mi mirada su aspecto: ¿pero qué había sido de su escote? ¡Los escotes de Irma revivirían a una lesbiana moribunda! Su canalillo ruborizaría al delta del Nilo... ¡qué potencia, qué tono, qué lozanía! Cada vez que pasaba junto a su mostrador (el mueble de recepción, no sus tetas), me daban ganas de meter ambas manos en su escote y ver hasta dónde llegaba... Pero vuelvo a soñar, disculpadme, y no hay tiempo ahora.
Irma llevaba un forro polar dos o tres tallas mayores que la suya y en lugar de escote mostraba una bufanda abueliconfeccionada con tres vueltas al cuello y los metros sobrantes amurallando su superdotada pechera. Raro, raro... La saludé desconcertada y entré en el vestuario.
Me gusta ir a mediodía porque todo es más lento. Las chicas se recrean al vestirse y desvestirse y no hay tanta gente, por lo que se respira un cierto ambiente de intimidad. Se habla menos de dietas y estrías y más de sexo. Sí, sexo. Con quien sea, pero sexo.
[Excurso: lo de las estrías lo he usado como remedio moderado en ocasiones. Cuando una chica mona cruzada de líneas blancas y moradas se queja de sus estrías, puedo aprovechar para decirle "pero qué va, no se te nota nada. ¿Dónde dices?, ¿dónde?", a lo que ella responderá dándome acceso a algún muslo rayado, pero muslo al cabo. Tocaré la piel de arriba a abajo, con sutileza, y le diré que qué exagerada, para pasar luego a recomendarle alguna crema y justificar mis atenciones. No lo he hecho demasiadas veces porque me siento algo miserable, pero es que la castidad eónica es muy mala...].
Ayer el ambiente en el vestuario era gélido. Y no solo porque las cuatro coleguillas mías que allí estaban vistieran (¡todas estaban completamente vestidas!) chándales de franela, calentadores, sudaderas anchísimas y pasamontañas. Nadie hablaba. Alguna se contorsionaba en lo que tardé en entender que eran movimientos para ponerse/quitarse la ropa interior sin asomar ni un centímetro de piel. Algo me dijo que no fijara intensamente la vista en ninguna. Supongo que eso me salvó.
-Hola, chicas. ¿Qué pasa hoy aquí? ¿Dónde están Mariana y Rosi? Es su hora, ¿no?
-Hola, Leren-, contestó muy bajito Piluca.
Me extrañó su tono, pero antes de que pudiera preguntarle si estaba afónica, saltó la orden tensa de Ana:
-¡Quieta! ¡Ni se te ocurra!
- ¡Pero si no he hecho nada! -me defendí.
Ni que decir tiene que me temí lo peor. Quizás dos chicas estriadas habían cotejado experiencias o qué se yo, habían advertido lo prolongado de mis miradas hacia según qué músculos, no míos.
- ¡Ni se te ocurra desnudarte!
Intenté una broma:
-Pero, mujer, que no tengo tan mal tipo... -pero no las tenía todas conmigo, así que intenté sacar mi voz más normalita- ¿Qué os pasa hoy a todas?
- Nos ven.
-Sí, claro, dios nos ve, ¿y qué?
- Que no están grabando, Leren -me espetó pelín histérica Lola.
- ¿Que qué?- me quedé si más palabras que esa sílaba. Me temblaron las rodillas, se me nubló la vista, me quedé momentáneamente sin respiración, sin lucidez, sin ná.
-¿Que qué? -repetí ante el silencio común, cuando pude recuperarme.
- Dionisio, el de mantenimiento, ha encontrado una cámara y micrófonos en el vestuario.
- Y la dueña se teme que haya más -añadió leña Lola a las palabras de Ana.
- Chicas, no sé qué decir.
Mide cada palabra, Leren, cuídate, me gritaba mi cerebro reptiliano. Me senté en un banquillo, afectadísima.
- Así que ya ves, aquí nos tienes, sin saber qué decir y sin atrevernos a enseñar ni un dedo.
-Llevan dos días peinando cada hueco del gimnasio, buscando aparatos e información. Ya no creemos que tarden mucho en encontrar al culpable.
-¿El?
Maldita sea, la pregunta se me escapó sin pensar.
- ¿Qué pregunta es esa? El, claro, ¿quién va a ser si no, una tía?
- No, no -me repuse enseguida-. Me refiero a que si saben ya quién es, si es el culpable o un culpable.
- Mira que eres rebuscá, Leren. Quien sea, pero que lo pillen ya, que esto es incomodísimo.
-Pues lo mismo ya estamos subidas al youtube... -Lola siempre tan positiva. Menos mal que nadie le hacía mucho caso. Si lo llega a pensar Ana, la inquisidora...
-¿Y por qué no estamos unos días sin venir, hasta que se aclare esto y este lugar sea del todo seguro?
Mi propuesta era sensatísima, pero inoportuna.
- ¿Estás tonta? A mí no me cabe todavía la túnica de nazarena, así que no voy faltar ni un día hasta el Viernes de Dolores, me graben lo que me graben. Total, lo tengo todo precioso...
Bendita Piluca, relajó la tensión y me dio unos segundos para pensar.
- Chicas, pues yo no sé. No vengo preparada, así que mejor me voy.
- Anda ya, yo te dejo el chándal de mi Antonio y entre todas hacemos un corrillo, como en la playa, y te cambias.
Imaginar el olor de su Antonio me dio arcadas, pero conseguí contestar con amabilidad que prefería volver más preparada al día siguiente. Y me despedí con cierta naturalidad de mis queridas compañeras de infortunio. Inverso.
Al salir, he visto a Dionisio inspeccionando un conducto de aire acondicionado, el muy cínico. Al volverse, me ha visto y me ha dedicado una amplia sonrisa. La bilis me ha llegado hasta las cejas. Dionisio no hablará, por la cuenta que le trae. Pero debí tomarme en serio sus amenazas. Si lo hubiera resuelto con transferencias mensuales, como me pidió, no me habría retrasado en el pago de febrero. ¡Estúpida!
Queridas amigas, no sé si volveré a Chica's Fitness. Pero siempre os llevaré conmigo. Grabadas.
Torcer una esquina.
Cambiar el mundo.
Atisbar, bajo la lluvia, una figura lejana. Entornar los ojos. Distinguirla claramente mientras se acerca. Encogérseme las tripas, acelerárseme el corazón. Advertir los cambios: levantárseme una ceja. Seguir avanzando. Tenerla cada vez más cerca. Estremecerme. Y ver.
Ver su ropa. Ver su cuerpo. Ver su cara. Cutre, amorfa, triste.
Tiene el pelo grasiento, la ropa manchada, la sonrisa torcida. Hace un gesto, y mano y cuerpo quedan inmóviles en el aire, inclinados hacia mí, que la detengo con un levísimo adelantar de mi maletín y que sigo caminando, atractiva, segura, bendiciendo mi reciente dieta, mi exquisito traje, la peluquería del sábado, la serenidad que irradio.
Ah, aquella que daba vueltas a la daga en mi corazón con cuidado ademán, aquella que me vio arrastrarme, rogar y esperar desesperada, tanto y tanto y tanto..., aquella es esta. Y da asquito.
La justicia existe.
Encuentro extático. Felicidad de lunes.
[Sí, ha sido otra mierda de lunes. Pero esta fantasía me ha mantenido viva, a la espera de la próxima sesión de Castos Anónimos, donde solo te juzgan por tus días sin follar, no por la grasa de tu pelo].
Me están desatascando las tuberías.
No, no es una metáfora. Solo hay que ver al espécimen fontanero para entender que es -¡puaj!- la dura realidad.
Calza un 55 de Chirucas, al menos; del modelo chiruco prefashion, claro, de antes de que las admitieran en El Corte Inglés. Con este frío, el ser viene en tirantas, el ombligo estallón al aire (no hay camiseta que contenga esa tripa hipertrofiada), el felpudo pectoral canoso derramándose viril bajo la papada, la sonrisa boba y superior. Ah!, una mujer sola...
Va a explorar mi fregadero. Me temo lo peor. Y llega: él se agacha, su camiseta se sube, su pantalón se tensa, la tirilla elástica se baja... A plena luz del día, queda desvelada la vertiginosa línea que se inicia en sus lumbares y que señala su sima. Espantada (¿pero cómo puede haber vello taaaaan arriba?), salto hacia atrás como un resorte y me clavo el pico del puto microondas. Salgo escopetada como alma que lleva Rouco.
No me atrevo a volver a la cocina. No es el terror anatómico lo que me mantiene lejos, sin embargo. Es que, pasado el primer impacto, he recordado el papel de los fontaneros en el imaginario doméstico, me he parado a contemplar mi miserable estado y, durante un segundo (buenos, unos minutos), he pensado que, total, cerrando los ojos...
No.
No, no, no.
No voy a volver a entrar allí. Me voy a hacer fuerte en el dormitorio, voy a decirle que se me ha declarado repentinamente una gonorrea complicada con viruela y que le pagaré por paypal.
Oigo al fin cerrarse la puerta, espero que por fuera. Salgo pusilánime. Todo en orden. Me dejo caer en el sillón junto al teléfono alámbrico y me pregunto en qué momento de estúpida arrogancia me deshice de la tarjeta de Castos Anónimos.
Páginas amarillas, ya.
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