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Telón

>> 15 nov 2010

Españolxs (1), Leren ha muerto.


Como albacea (2) de Lerendi Mendi, es mi triste deber comunicar esta noticia que, aunque alegrará a muchos, puede que entristezca a alguno. Lerendi, en fin, no ha remontado la cruel enfermedad mental que le sobrevino este verano y se ha quitado la vida por su propia mano. Aunque es incorrecto expresarlo así. Para ser exacta, diré que Lerendi se ha suicidado siguiendo el rito samurái. No creo que esté faltando a su privacidad al relatar sus últimos momentos. Hay algo de teatral en la manera en la que Lerendi ha dejado este mundo, por lo que imagino que ella no se opondría a que yo compartiera su escena final. Al cabo, es evidente que era una pobre mujer exhibicionista. Este blog es una muestra clara.

Por lo que hemos podido saber por las pesquisas de la policía y de la abajo firmante, Lerendi pasó su última tarde y noche bebiendo en el bar Curro. Allí ya les extrañó ligeramente verla entrar vestida de karateka pero, acostumbrados a su excentricidades y a su mala baba, se abstuvieron de preguntarle si estaba disfrazada para la noche de Halloween. Ella, sin embargo, alardeó de que se había levantado la equipación (tales fueron sus palabras) en el hipermercado de seis plantas que han abierto recientemente unos emprendedores chinos a las afueras de Remoria. Estaba eufórica, nos contaron los camareros, invitando a los parroquianos a mantecados y anís al grito de “¡que no falte de na!”. Según relató una amable y observadora viejecita, su semblante solo se ensombreció cuando un escolar de apenas diez años, señalando el cinturón amarillo que fajaba a Lerendi, le dijo que él ya iba por el naranja. Quizás aquello no fue delicado, pero era solo un chiquillo, dijo la anciana. A partir de ese momento, y agotado ya el anís, el pacharán y el licor de bellotas extremeñas (3) en el local, Lerendi se ajustó el karate-gi, localizó una de sus sandalias y haciendo acopio de un resto de dignidad, salió del bar sobre la medianoche, manteniendo una cierta verticalidad.

No sabemos lo que hizo entonces. La autopsia ha confirmado que pasaron varias horas hasta el momento de su muerte, sobre las seis de la mañana del día de los Fieles Difuntos. No hay que pensar demasiado para comprender por qué escogió ese día. Lerendi era algo peliculera y se las daba también de sensible y simbólica. Se creía una persona culta, la pobre (4). Quizás por ello la encontraron en su dormitorio -un lugar inusual para cometer haraquiri- aún aferrando en su mano derecha el jisei que había compuesto para la ocasión. No me lo pidan, por favor: no voy a hacer público aquí su poema de despedida. Al estar escrito con lo que el forense ha identificado como sangre menstrual (5) de la difunta, las letras, trazadas a dedo, son apenas legibles. Lo poco inteligible no tiene, por otra parte, valor literario o espiritual alguno. No podía ser de otra manera, conociendo a su autora.

Un suicidio ritual a la samurai no es una frivolidad. Hay que tener un motivo honorable, en primer lugar. Dudo de que Lerendi tuviera nada honorable, en ningún sentido. En mi opinión, se quitó la vida porque llegó a comprender con claridad que jamás saldría de su castidad. Su único consuelo, sus sueños de grandeza literaria, sufrieron un tremendo descalabro cuando Susi (6) resultó ser la elegida en el taller “Expresa a tu creadora interior” de Castos Anónimos. Tras ese golpe a su soberbia autoestima, la que se sentía un genio no reconocido apenas volvió a aparecer por la asociación. No es que la echaran de menos tampoco. Ahora reclaman sus cuotas impagadas (7). Qué insensibles.

No entraré demasiado en la cuestión equipación. No tengo tiempo (8) de entrar en Google Imágenes para comprobar hasta qué punto Lerendi fue fiel a la vestimenta ritual requerida. Sin embargo, estimo que Mishima, un suponer, no habría usado un karate-gi robado en una tienda de chinos del extrarradio. Pero no hemos de ser duros con Lerendi: los tiempos y estándares han cambiado.

Qué decir del arma... En consonancia con la calidad y heterodoxia de su atuendo, podríamos imaginar que la finada se abrió el abdomen con un cuchillo jamonero o similar. Pero no. Lerendi contaba desde el verano con el arma asesina suicida: su propio clítoris. La inflamación que siguió a su supuesta visión en la playa melonera nunca remitió. Según la reconstrucción del becario forense, Lerendi solo tuvo que sentarse sobre una ajada jarapa de ikea en la postura del loto (en la medida de sus rechonchas posibilidades) e inclinarse hacia delante, meneándose un poco hasta perder la consciencia y la vida. El acerado clítoris le atravesó útero, páncreas, hígado, vesícula, apéndice y ambos pulmones. La punta quedó finalmente alojada en el corazón de Lerendi, arrancándole su último aliento. La infortunada expiró atravesada como un pinchito moruno.

Por cierto, la decapitación final que ha de acompañar al seppuku no se llevó a cabo. Como he dicho, ha sido un ritual muy poco serio, cometido en plan amateur total. Pero, bah, qué otra cosa podía esperarse de la interfecta.

Lerendi ha muerto, en fin. Descanse en paz. Los de la funeraria Horizontes Cercanos están todavía confeccionándole un ataúd redondo a medida donde puedan caber ella y su clítoris interiorizado, por lo que aún no tenemos fecha para su entierro. De cualquier forma, como a nadie le importa demasiado, no se comunicará. Así es la vida.


Atentamente,

Catula Bermúdez
Albacea


________________________________________

(1) Lesbiañolas, lesbianoamericanas y simpatizantes.

(2) No he podido negarme a cumplir con este papel. Lerendi no tenía amigas y me ha tocado a mí, vieja conocida suya, hacerme cargo de este papel, que asumo resignada.

(3) La ignorancia de Lerendi queda patente en su elección de bebida: un seppuku como Dios manda solo puede ser precedido de sake.

 (4) Sé que hoy es el día de las alabanzas de Lerendi, pero ya hago un esfuerzo ingente para no escribir todo lo que pienso de ella. Y no puedo mentir por una persona así. Ruego me disculpen. Si alguien cree que lo puede hacer mejor, le paso la responsabilidad de albacea en este mismo momento. Tendrá todo mi agradecimiento.

(5)  El forense es un becario. La compresa evax super plus ultra con alas exprimida que encontró la policía en el dormitorio le ayudó a identificar la tinta, sin género de dudas.

(6) ¿Pesó acaso en el inconsciente de Lerendi el kimono ganador cuando eligió su oriental atuendo ritual? No es arriesgado suponer que sí.

(7) Lerendi ha dejado muchos papeles literarios póstumos, pero papeles de los útiles, ninguno. Su cuenta corriente en el banco estaba en números morados. Estoy intentando encontrar algún familiar que se haga cargo de los gastos fúnebres. Por el momento, solo he podido hablar con su abuela Pura, que se niega a colaborar. Si alguien conociera a algún deudo de la occisa, le agradecería que se pusiera en contacto conmigo. Vamos, que se lo agradecería muchísimo.

(8) La responsabilidad de albacea no conlleva sueldo alguno, para entendernos.


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Pabellón psiquiátrico núm. 13

>> 6 oct 2010

- Parece que van a dar de alta pronto a Lerendi.

- ¡Anda! ¿Ya está recuperada? Qué tía, todo el mundo habla de ella.
- Bueno, no sé si está recuperada o si sus médicos no pueden más. Pero lleva aquí bastante más de un mes y ya está bien, ¿no? Que no sabe más que dar por culo, la pobre.
- Eso es lo que quisiera ella.
Gómez se ríe de su propio comentario. Es una auxiliar de enfermería de corta estatura y mente, pero de brazos fornidos y escrúpulos escasos. Agarra por detrás a Saldaña, su compañera de turno y correrías, y se refriega contra ella mientras susurra “¡Más, más..!”, entre risas y jadeos. Saldaña la acompaña unos segundos en un grosero vaivén que acaba interrumpiendo con simulado pudor.
- Anda, deja, que como nos pille la supervisora...
- Como nos pille, se corre toa.
- Qué bestia eres.
- Bestia, pero a ti te gusta.
- Anda, déjame.
La joven auxiliar se intenta deshacer del abrazo. Gómez, repentinamente seria, la retiene con fuerza. Luego la mira, sonríe y la suelta.
- Uis, te dejo, te dejo, virgencita.
Saldaña le sonríe conciliadora.
- Es que aún me quedan cuatro del lesbiátrico por lavar. Y son las peores.
- Qué me vas a contar que yo no sepa. ¿También vas a lavar a la Lerendi?
- No, de esa se encarga la Bienpeiná.
- ¿La Bienpeiná? ¿La propia boss? ¡La leche! ¿Y eso?
- Le hace gracia. Dice que en todos los años que lleva en el 13, rodeada de salidas, nunca ha conocido una tan desesperada como esa. Por lo visto es un caso único.
- ¿Es verdad lo que se cuenta de su clítoris?
- Totalmente. Pero no debería contarte, ya conoces los derechos de las pacientes: su intimidad es secreto profesional.
Gómez suelta una carcajada y agarra a la desprevenida joven por un pezón. Se lo retuerce.
- ¿Quieres que le cuente a la boss un par de secretitos profesionales que compartimos tú y yo?
Saldaña la mira asustada.
- No.
- Pues habla, imbécil.
Saldaña se frota el pezón dolorido.
- Tiene una erección clitoridiana que no responde a  ningún tratamiento. Han tenido que llamar a una costurera para que le haga un ojal en las bragas, porque la mujer no soportaba la presión. Lo tenía en carne viva. Ahora lo sigue teniendo gordo, enhiesto y duro, pero menos morado, y al menos no lleva las bragas agujereadas de mala manera. La verdad es que la costurera ha hecho un trabajo primoroso, con una sencilla labor de punto de cruz alrededor del agujerito, que...
- ¿Me estás diciendo que esa tía está todo el día empalmá?
- Empalmada es poco, Gómez. Va todo el día como el acero. Con la medicación que le damos, que tendría que estar zombie, va tan estimulada como si se le hubiera aparecido la mismísima Angelina Jolie a comérselo gratis.
- Caramba, Saldi, que suelta te veo, con lo modosita que llegaste.
- Es que en ese pabellón se ve de todo. Pero yo soy la misma, ¿eh?
- La mismísima inocente corderita. Cuéntame más: ¿por qué la trajeron aquí, donde solo ingresan a las más tirás de las tirás?
- La encontraron vagando por las calles de un pueblecito almeriense, con la ropa casi arrancada, en un extraño estado alucinatorio. No conocía a nadie y apenas se entendía lo que hablaba. Babeaba muchísimo y ya entonces tenía esa gigantesca erección.
- ¿Y quién la trajo aquí?
- Unos policías locales jovencitos la ingresaron, después de rescatarla de manos de una pandilla de adolescentes que intentaron convencer a los polis de que se la regalaran. Querían montar un espectáculo con la que ellos ya llamaban la Superpipa. Le ofrecieron a los agentes compartir las ganancias, pero se ve que las nuevas promociones están formadas en derechos humanos y los policías se negaron. Se hicieron un vídeo con ella, lo colgaron en youtube y la dejaron en la puerta de la clínica una madrugada de agosto.
- Pues vaya ingreso.
- Se ve que estaban azorados. Y no era para menos. Aquello habría turbado hasta a la puta de Babilonia.
- Pero suelta que te veo, hija.
- Son referencias culturales, Gómez. Es que mi padre es muy de la biblia.
- Igualito que tú. Bueno, ¿por qué está así? ¿Esquizofrenia?
- No exactamente. Cuando llegó solo repetía, con una obsesiva cantinela, “sembrao de melones”.
- ¿”Sembrao de melones”?
- “Sembrao de melones”. Eso es todo lo que pudieron sacarle los médicos durante la primera semana. La tuvieron que tener atada todo ese tiempo, porque se estaba haciendo un destrozo en sus partes. No paraba de frotarse contra todo y meterse no te digo qué. Se ve que la pobre no tenía descanso, así que cuando la pillaron masturbándose con un consolador que se había hecho con un rodillo de amasar envuelto en varios estropajos de aluminio, hubo que pasar a aplicar las técnicas de contención más drásticas.
- ¿Medicación para elefantes, esparadrapo en boca, camisa de fuerza, manguerazos de agua helada y hostias a discreción?
- Entre otras cosas. Pero hasta la semana por lo menos no empezó a mejorar. A veces ya pasaban varios minutos antes de que repitiera “sembrao de melones”. Parecía reconocer a la gente. Más o menos al décimo día incluso sonrió.
- Joder, sí que estaba chunga.
- Por fin, con mucho esfuerzo y delicadeza, los médicos pudieron reconstruir el trauma que la postró en ese estado.
- ¿La muerte de un familiar agricultor, quizás?
- Qué graciosa, Gómez. Con lo mal que lo ha pasado la mujer... Pues no, no es eso. Parece que se había ido de vacaciones a la costa almeriense. Salió de la fonda en la que se alojaba y se fue a la playa. Se puso a andar por la orilla, sin agua, sin gafas de sol, a pleno mediodía...
- Y se insoló.
- No. Según cuenta, cuando llevaba ya más de una hora andando, se encontró sola en la playa ante una barrera hecha de cañizo en la que habían colocado un cartel muy raro.
- ¿Qué ponía en el cartel?
- Sembrao de melones. Prohibido hombres. Enter at your own risk.
- ¿Ein?
- Y ella pensó que había llegado a una comuna de feministas ecologistas extranjeras o algo así. Entró ligera, algo mareada por el sol, pero contenta. Y allí tuvo la visión. Ante sus ojos se extendían metros y metros de jóvenes mujeres desnudas, miles de ellas, con todas las alegrías al aire, en la mayor playa lesbonudista clandestina de toda la costa europea.
- ¡Hostias!
- Ella no sabe lo que le pasó. Dice que sintió como si el mundo entero girase a su alrededor, como si hubiese encontrado el sentido de la vida en un instante... Luego empezó a ahogarse y perdió la conciencia. Cuando se despertó, la erección ya estaba ahí.
- ¿Y dónde está esa playa? Podríamos darnos una vueltecita un finde de estos, Saldi. ¿Cómo lo ves?
- ¿La playa? Nadie ha podido encontrarla. Hemos llamado al ayuntamiento de Aguacaliente, pero dicen que en su municipio no hay playas nudistas, y menos de lesbianas.
- ¿Y los policías que la encontraron?
- No tienen ni idea. Los médicos, en su afán por ayudar a la paciente, hicieron una labor de investigación exhaustiva. Una comisión de cinco de ellos se trasladó al pueblecito a buscar la playa para conocer las circunstancias exactas que pudieron motivar el grave trastorno de Lerendi. Pero nada de nada. No hay rastro. Y eso que han alquilado un helicóptero, contratado guías locales, consultado google earth y  a reconocidas videntes...
- ¿Entonces?
- Han concluido que el delirio estuvo motivado por la visión de un puesto de melones especialmente lozanos en el mercadillo local del pueblo, en una paciente muy sugestionable porque llevaba años de castidad encima. No es que esa explicación convenza mucho, pero después de la visita al pueblo los médicos venían como muy frustrados y nadie ha querido preguntar más.
- ¿Y la van a soltar así?
- Dicen que ya no es un peligro para la sociedad ni para sí misma. Pero le han prohibido ir a la playa y entrar en fruterías. Y nada de mercadillos.
- Vaya.
- Bueno, le van a dejar llevarse las bragas bordadas.
Gómez mira lúbrica a su compañera. Susurra como una serpiente en celo.
- Hum, nena, ¿por qué no escamoteas una de esas braguitas y pillo yo un par de melones de la cocina?
Saldaña titubea.
- Pareces del 13, siempre pensando en lo único.
Gómez la mira, se relame despacio los labios y despide a Saldaña con un manotazo en el trasero y un “¡Hala, melona!”. 
La de esta noche va ser una guardia divertida.


***

Apenas a cien metros, en una estrecha habitación acolchada e insonorizada del pabellón 13, Leren piensa en la sección de frutería del Carrefour. Tiene la mirada ida y la sonrisa boba, pero se apresura a cambiar el gesto cada vez que oye pasos. De vez en cuando, se acaricia la entrepierna y susurra "mi tesoro".
Sabe que volverá.




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Penitente pubis

>> 12 abr 2010

Estoy semidesnuda.
Quieta.
La espero.

Mis piernas están abiertas para ella; mi rosada y suave vulva expuesta.
El corazón me late en la garganta. Siento que se me va a salir del pecho. Respiro entrecortada.
Mis manos en mis muslos, mis sentidos en mi sexo. Tiemblo.
Ella me mira y yo le sonrío, algo tímida, nerviosa. Me devuelve la sonrisa. Es una mujer serena, muy segura. Estoy en sus manos. Me dejo llevar.

"Así, así, eso, ponte así...", su voz es grave. Sus palabras me hacen estremecer. Respiro cada vez más agitada. Estoy esperándola, anticipando el momento en que entre en mí. No puedo apartar mis ojos de los suyos. Pero ella ya no me mira. Tiene sus fascinantes ojos de gata fijos en mi vagina. Ahora la siento. Sus manos son huesadas, fuertes y a la vez delicadas. Sus expertos dedos me rozan..., separa mis labios...

Y entra en mí.

- ¡Me cago en tó! ¡Sáqueme eso!
- ¿Señora Mendi?
- Pero, ¿que me ha metido, virgen santa?
- ¿Qué va a ser? El pato, bueno, el espéculo.
- ¿El pato? ¡Eso es un buitre por lo menos!
- Anda, aguante un poquito, que ya acabo.
- ¡Sáquemelo! ¡Yaaaa! ¡Que duele un montón, leches!
- Qué exageradita... Ea, ya está fuera.
- ¿Exageradita? Deje, deje que se lo meta yo a usted, ¿quiere? Joder, nunca me había dolido tanto.
- A ver, señora Mendi, ¿cuánto hace que no tiene relaciones?
- Hummm... siete años. Y llámeme Leren, por dios, que son ya lustros viéndome espatarrada.
- Vale... ¿Y cuánto hace que no viene a revisión?
- Pues, unos siete años, je. Es que he estado muy liada y eso.
- Claro, todo tiene consecuencias. Sin relaciones, sin revisiones... Leren, ha desarrollado un nuevo himen, un himen complaciente sobrevenido.
- ¿Yo, un himen? ¿Complaciente, además?
- Sí. Es un proceso que se da de forma natural en las lesbianas castas de larga duración. De la falta de uso, la vagina se desconcierta y experimenta una involución a estadíos anteriores. La suerte es que la suya se ha decantado por un himen complaciente, que deja pasar el flujo menstrual (y otras cosas...), sin grandes problemas.
- El buitre no...
- No, lo sé, ese espéculo es ahora demasiado en su situación actual. Antes, Leren, le cabía de todo, y ahora está como virginal. Quién la ha visto y quién la ve... Venga, no se preocupe, iré con cuidado.
- ¡No! ¡No venga! ¡No vaya!
- Ea, ea, si le voy a encajar un especulito SSX de nada. Respire...

Y la tía intenta entrar otra vez, con la mala fortuna de que sus guantes se derriten al contacto con mi vulva (debe de ser el extremo calor que irradia) y las gotitas de látex se enredan en mi... -¿cómo llamarla?- jungla vellida. La diligente Dra. Broca se apresura a retirar las gotas (que ya se han adherido a mis tristes pelínganos como si fueran superglue) y, en su fervor,  me arranca grandes tiras de vello y piel.

Aúllo.

Cuando me recupero de la anestesia general administrada de urgencia por cinco enfermeros y tres auxiliares, la galena matasexos me deja ir sin más exploraciones. Me ha destrozado por dentro y por fuera. Algo turbada, se disculpa  y me regala el buitre de recuerdo. Estoy tan perjudicada que ni protesto.

Algo es algo: jamás me tendré que volver a depilar. Al menos algunas zonas.

Me marcho del ambulatorio pensando en los seres humanos y sus vocaciones. Y concluyo que hay que ser cabrón para hacerse ginecólogo. Y para ser ginecóloga, sabiendo lo que se siente, hay que ser una verdadera sádica irredenta.

Cojeando lastimera, consigo llegar a casa. Hago acopio de valor y entro en la cocina. Quito el imán del frigorífico y tacho y retacho ginecóloga-penetración de mi lista de remedios extremos. La vuelvo a colocar en la puerta del congelador, de donde saco la bolsa de cubitos de hielo. Con cuidado, me la ajusto sobre el malherido pubis con unas bragas impermeables que heredé de mi abuela (el señor la tenga en su gloria).

De repente, me ataca la zozobra: no quiero ni pensar a qué ginecólogo fue ella para tener que haberse comprado unas bragas así. Me invade el pavor.

Mañana saco la ouija. Tengo que saber su apellido: esto tiene pinta de saga.

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Del delito famélico y la segunda muerte

>> 11 abr 2010

Me queda bien el color naranja.

Avanzo.
Hum, preferiría que el mono fuera algo más ajustado en la cintura, y las esposas más sueltas. Arrastrar las cadenas de los pies con mis zapatillas de meditación tampoco es cómodo pero, tras un par de delicados tropiezos, me las arreglo para caminar con soltura.

"¡El Pueblo contra Lerendi Mendi!", truena una voz, y ya no distingo las palabras que emite alguien que no es dios, pero se le parece. Estoy en trance, más allá del temor, más allá del bien y del mal. Más allá, vamos. (Juana de Arco, aprende).

Respiro hondo, serena. Tengo mi defensa legal preparada. La ley es mi pastora, nada me falta. Sí, me abalancé sobre Megan Foxy. Sí, robé su contacto. Sí, le robé un beso (ha presentado cargos por 47 besos, pero solo fue un continuum, un beso feng-shui de tres minutos que buscaba el equilibrio espacial: no dejar zona alguna desatendida).

Es mi momento. ¿Tengo algo que alegar en mi defensa?, inquiere sub-dios ¡Pues claro! Pienso en el horror insuperable de mis más de 2500 días y noches de castidad y grito, tragiquísima:
- ¡Delito famélico! ¡Delito famélico, señor juez!
(Aprende, Nuria Espert).

Pero, ay, el orondo juez Straighton no entiende de tragedias. No entiende nada y de nada. Su rostro es severo.
- Señor juez, lo he leído en El Rincón del Vago (una fuente muy solvente en mi país):  "En el hurto famélico no hay delito, porque el que estaba por morir por hambre hurta porque hay una necesidad extrema de sobrevivir. La violación de un derecho ajeno no es delito porque se justifica que con esa violación se salva otro bien más importante: la vida del ladrón". Yo, señoría, estaba en peligro de muerte.
Su rostro se endurece. Más. No empatiza. Su hambre solo es una. Insisto, plañidera, humilde. No las tengo todas conmigo.
- He robado, señor juez, pero ha sido por hambre.

"Tenía necesidad. Estaba en riesgo de extinción...", salgo lloriqueando en mis primeros pasos hacia la prisión de Butchland, donde he de cumplir una condena de 47 años en el corredor de la muerte de asco.
Mi mono naranja apesta. Me han despojado de mi moleskine y de mi vibrador de bolsillo (era de comercio justo, joder) y me han dado unas compresas ladypena y una biblia de los gedeones, algo manchada. No quiero pensar.

Llegamos bien entrada la noche. En los oscuros y estrechos pasillos distingo apenas a varias reclusas amenazantes, que se agarran a las rejas y ululan a mi paso. "¡Carne fresca!", aullan algunas. Son muy grandes, muy fuertes, muy velludas. Muy... famélicas.

No sé cómo me he colado en una pesadilla de san Juan de Patmos. Los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, y los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la segunda muerte. 

"Bienvenida a Butchland, Leren", me susurra al oído la carcelera del corredor Revelation 69. Su voz de orco en celo me deja paralizada. Recuerdo las ladypena y entiendo. Me tumbo en el catre. Acaricio a la cucaracha que se planta en mi pecho. Espero.

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De la malsana castidad y la perversión de la amistad

>> 27 feb 2010

Os he mentido. Ya nada más tengo que perder, así que mejor canto. Ha sido una mentira por omisión, pero mentira gorda, de todas maneras.
Os dije que iba al gimnasio, o a los gimnasios, y os dejé creer que era para conservarme en la línea y quizás para hacer amistades, relacionarme, bueno, para lo que va todo el mundo, ¿no?

Cada vez iba menos; cada vez lo necesitaba menos. No, no es que Castos Anónimos me esté robando todo mi tiempo o 'curándome', sino que ya estaba cosechando el esfuerzo empleado y no necesitaba más que darme una vueltecita de vez en cuando.


Ayer a mediodía me acerqué a Chica's Fitness; el otro gimnasio, Hermafrodity Center, es para ambos sexos, así que suelo ir más a aquel.
Entré en el vestuario, después de saludar a mi recepcionista preferida, Irma, que tiene una belleza a lo Queen Latifah que me... ejem, llama la atención. Pero esta vez captó más mi mirada su aspecto: ¿pero qué había sido de su escote? ¡Los escotes de Irma revivirían a una lesbiana moribunda! Su canalillo ruborizaría al delta del Nilo... ¡qué potencia, qué tono, qué lozanía! Cada vez que pasaba junto a su mostrador (el mueble de recepción, no sus tetas), me daban ganas de meter ambas manos en su escote y ver hasta dónde llegaba... Pero vuelvo a soñar, disculpadme, y no hay tiempo ahora.

Irma llevaba un forro polar dos o tres tallas mayores que la suya y en lugar de escote mostraba una bufanda abueliconfeccionada con tres vueltas al cuello y los metros sobrantes amurallando su superdotada pechera. Raro, raro... La saludé desconcertada y entré en el vestuario.
Me gusta ir a mediodía porque todo es más lento. Las chicas se recrean al vestirse y desvestirse y no hay tanta gente, por lo que se respira un cierto ambiente de intimidad. Se habla menos de dietas y estrías y más de sexo. Sí, sexo. Con quien sea, pero sexo.

[Excurso: lo de las estrías lo he usado como remedio moderado en ocasiones. Cuando una chica mona cruzada de líneas blancas y moradas se queja de sus estrías, puedo aprovechar para decirle "pero qué va, no se te nota nada. ¿Dónde dices?, ¿dónde?", a lo que ella responderá dándome acceso a algún muslo rayado, pero muslo al cabo. Tocaré la piel de arriba a abajo, con sutileza, y le diré que qué exagerada, para pasar luego a recomendarle alguna crema y justificar mis atenciones. No lo he hecho demasiadas veces porque me siento algo miserable, pero es que la castidad eónica es muy mala...].

Ayer el ambiente en el vestuario era gélido. Y no solo porque las cuatro coleguillas mías que allí estaban vistieran (¡todas estaban completamente vestidas!) chándales de franela, calentadores, sudaderas anchísimas y pasamontañas. Nadie hablaba. Alguna se contorsionaba en lo que tardé en entender que eran movimientos para ponerse/quitarse la ropa interior sin asomar ni un centímetro de piel. Algo me dijo que no fijara intensamente la vista en ninguna. Supongo que eso me salvó.

-Hola, chicas. ¿Qué pasa hoy aquí? ¿Dónde están Mariana y Rosi? Es su hora, ¿no?
-Hola, Leren-, contestó muy bajito Piluca.
Me extrañó su tono, pero antes de que pudiera preguntarle si estaba afónica, saltó la orden tensa de Ana:
-¡Quieta! ¡Ni se te ocurra!
- ¡Pero si no he hecho nada! -me defendí.
Ni que decir tiene que me temí lo peor. Quizás dos chicas estriadas habían cotejado experiencias o qué se yo, habían advertido lo prolongado de mis miradas hacia según qué músculos, no míos.
- ¡Ni se te ocurra desnudarte!
Intenté una broma:
-Pero, mujer, que no tengo tan mal tipo... ­-pero no las tenía todas conmigo, así que intenté sacar mi voz más normalita- ¿Qué os pasa hoy a todas?
- Nos ven.
-Sí, claro, dios nos ve, ¿y qué?
- Que no están grabando, Leren -me espetó pelín histérica Lola.
- ¿Que qué?- me quedé si más palabras que esa sílaba. Me temblaron las rodillas, se me nubló la vista, me quedé momentáneamente sin respiración, sin lucidez, sin ná.
-¿Que qué? -repetí ante el silencio común, cuando pude recuperarme.
- Dionisio, el de mantenimiento, ha encontrado una cámara y micrófonos en el vestuario.
- Y la dueña se teme que haya más -añadió leña Lola a las palabras de Ana.
- Chicas, no sé qué decir.
Mide cada palabra, Leren, cuídate, me gritaba mi cerebro reptiliano. Me senté en un banquillo, afectadísima.
- Así que ya ves, aquí nos tienes, sin saber qué decir y sin atrevernos a enseñar ni un dedo.
-Llevan dos días peinando cada hueco del gimnasio, buscando aparatos e información. Ya no creemos que tarden mucho en encontrar al culpable.
-¿El?
Maldita sea, la pregunta se me escapó sin pensar.
- ¿Qué pregunta es esa? El, claro, ¿quién va a ser si no, una tía?
- No, no -me repuse enseguida-. Me refiero a que si saben ya quién es, si es el culpable o un culpable.
- Mira que eres rebuscá, Leren. Quien sea, pero que lo pillen ya, que esto es incomodísimo.
-Pues lo mismo ya estamos subidas al youtube... -Lola siempre tan positiva. Menos mal que nadie le hacía mucho caso. Si lo llega a pensar Ana, la inquisidora...
-¿Y por qué no estamos unos días sin venir, hasta que se aclare esto y este lugar sea del todo seguro?
Mi propuesta era sensatísima, pero inoportuna.
- ¿Estás tonta? A mí no me cabe todavía la túnica de nazarena, así que no voy faltar ni un día hasta el Viernes de Dolores, me graben lo que me graben. Total, lo tengo todo precioso...
Bendita Piluca, relajó la tensión y me dio unos segundos para pensar.
- Chicas, pues yo no sé. No vengo preparada, así que mejor me voy.
- Anda ya, yo te dejo el chándal de mi Antonio y entre todas hacemos un corrillo, como en la playa, y te cambias.
Imaginar el olor de su Antonio me dio arcadas, pero conseguí contestar con amabilidad que prefería volver más preparada al día siguiente. Y me despedí con cierta naturalidad de mis queridas compañeras de infortunio. Inverso.


Al salir, he visto a Dionisio inspeccionando un conducto de aire acondicionado, el muy cínico. Al volverse, me ha visto y me ha dedicado una amplia sonrisa. La bilis me ha llegado hasta las cejas. Dionisio no hablará, por la cuenta que le trae. Pero debí tomarme en serio sus amenazas. Si lo hubiera resuelto con transferencias mensuales, como me pidió, no me habría retrasado en el pago de febrero. ¡Estúpida!


Queridas amigas, no sé si volveré a Chica's Fitness. Pero siempre os llevaré conmigo. Grabadas.

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Infinito placer

>> 15 feb 2010

Torcer una esquina. 
Cambiar el mundo.
Atisbar, bajo la lluvia, una figura lejana. Entornar los ojos. Distinguirla claramente mientras se acerca. Encogérseme las tripas, acelerárseme el corazón. Advertir los cambios: levantárseme una ceja. Seguir avanzando. Tenerla cada vez más cerca. Estremecerme. Y ver.
Ver su ropa. Ver su cuerpo. Ver su cara. Cutre, amorfa, triste.
Tiene el pelo grasiento, la ropa manchada, la sonrisa torcida. Hace un gesto, y mano y cuerpo quedan inmóviles en el aire, inclinados hacia mí, que la detengo con un levísimo adelantar de mi maletín y que sigo caminando, atractiva, segura, bendiciendo mi reciente dieta, mi exquisito traje, la peluquería del sábado, la serenidad que irradio.
Ah, aquella que daba vueltas a la daga en mi corazón con cuidado ademán, aquella que me vio arrastrarme, rogar y esperar desesperada, tanto y tanto y tanto..., aquella es esta. Y da asquito.

La justicia existe.


Encuentro extático. Felicidad de lunes.



[Sí, ha sido otra mierda de lunes. Pero esta fantasía me ha mantenido viva, a la espera de la próxima sesión de Castos Anónimos, donde solo te juzgan por tus días sin follar, no por la grasa de tu pelo].

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Vislumbre del abismo

>> 15 ene 2010

Me están desatascando las tuberías.
No, no es una metáfora. Solo hay que ver al espécimen fontanero para entender que es -¡puaj!- la dura realidad.
Calza un 55 de Chirucas, al menos; del modelo chiruco prefashion, claro, de antes de que las admitieran en El Corte Inglés. Con este frío, el ser viene en tirantas, el ombligo estallón al aire (no hay camiseta que contenga esa tripa hipertrofiada), el felpudo pectoral canoso derramándose viril bajo la papada, la sonrisa boba y superior. Ah!, una mujer sola...


Va a explorar mi fregadero. Me temo lo peor. Y llega: él se agacha, su camiseta se sube, su pantalón se tensa, la tirilla elástica se baja... A plena luz del día, queda desvelada la vertiginosa línea que se inicia en sus lumbares y que señala su sima. Espantada (¿pero cómo puede haber vello taaaaan arriba?), salto hacia atrás como un resorte y me clavo el pico del puto microondas. Salgo escopetada como alma que lleva Rouco.

No me atrevo a volver a la cocina. No es el terror anatómico lo que me mantiene lejos, sin embargo. Es que, pasado el primer impacto, he recordado el papel de los fontaneros en el imaginario doméstico, me he parado a contemplar mi miserable estado y, durante un segundo (buenos, unos minutos), he pensado que, total, cerrando los ojos...

No.
No, no, no.

No voy a volver a entrar allí. Me voy a hacer fuerte en el dormitorio, voy a decirle que se me ha declarado repentinamente una gonorrea complicada con viruela y que le pagaré por paypal.


Oigo al fin cerrarse la puerta, espero que por fuera. Salgo pusilánime. Todo en orden. Me dejo caer en el sillón junto al teléfono alámbrico y me pregunto en qué momento de estúpida arrogancia me deshice de la tarjeta de Castos Anónimos.
Páginas amarillas, ya.

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